El placer de no tener finca
Por Camilo Durán / Foto: Andrés Gómez

Uno de los grandes placeres negativos que contribuyen eficazmente a mi dosis diaria (es decir, nocturna) de sueño, o a reiniciarla cuando en mitad de la noche me despiertan los fantasmas del desvelo, es constatar que no soy uno de aquellos ‘felices’ propietarios de una finca, especialmente de aquellos primíparos que a partir de los 35 años resuelven que la paz y la felicidad solamente puede conseguirse en el campo. Para aquellos que, como yo, somos más urbanos que una buseta, la ciudad, a cambio de repelernos, nos atrae cada vez más. De manera que si algo me produce un inmenso placer negativo es no haber sucumbido a la compra de una propiedad en el campo, sobre todo, si está ubicada en lugares como Melgar, Cáqueza o, en el peor de los casos, en cualquier población terminada en ‘aima’, ‘oima’, o ‘irá’. El principal problema de tener o aprender a tener una finca, es el hecho de acostumbrarse a compartirla con el mayordomo, su mujer y sus hijos. Estos curiosos personajes suelen tener nombres vernáculos, es decir, de la tierra. Melquisedec, en tierra fría; Cástulo, en tierras templadas, y Vitelio, en tierras calientes o ardientes. Sus consortes tienen por lo general nombres neutrales como Sara o Plácida, y casi siempre son padres de tres niños panzones que parecen siempre de la misma edad y a quienes es imposible
distinguir por sus nombres.
Los mayordomos son aves de mal agüero. Nada les produce mayor placer que ser portadores de malas noticias. Por el contrario, una tenue y sutil sonrisa de satisfacción se esconde en sus rostros cuando ven llegar de lejos al flamante dueño, cargado de familia, triciclos y mercado. El momento que normalmente escogen para informarle que la bomba de agua se dañó, que la vaca que compró en un almuerzo de la Asociación Holstein por el doble de su valor está renqueando por el mal de tierra, o que ‘Relámpago’, un caballo negro que le embutió un ex amigo de colegio en la pasada feria del tamarindo está con lumbago (porque a los caballos les dan más cosas que a uno), es precisamente ese momento en el cual el atribulado viajero cierra la puerta de su carro, mira con orgullo su posesión, respira el aire puro y lo golpea la tierra caliente en el rostro y en la espalda de la camisa. Es en ese instante cuando irrumpe Cástulo, seguido de sus críos, y le dice en tono admonitorio: “Lo que sí no hay es agua, doctor”. Un latigazo de estupor y rabia le cruza la cara. Siendo la única aspiración del infeliz servirse un whisky con hielo y sentarse en la terraza a mirar los cámbulos, los gualandayes o como se llamen esos árboles, resulta que no hay agua, y hielo, pues… ni hablar.
Si a eso le añadimos la desgracia de tener piscina en la propiedad, el cúmulo de posibles problemas crece geométricamente. Se acabó el cloro (se habían comprado siete bultos por 960 mil pesos, nueve días antes), se está saliendo el agua por una de las esquinas o simplemente “agua hay, pero no está saliendo”.
Otra de las vicisitudes que acosan al novato tenedor, es la obligación de soportar con estoicismo las visitas de sus amigos o conocidos. “Allá les caemos”, suele oírse en los días que preceden a un puente o a una temporada de vacaciones. Y lo peor es que caen. Generalmente llegan muy temprano (12:21 p.m.), hora en la cual uno no ha logrado salir del desayuno, o muy tarde (3:34 p.m.), cuando lo único que el dueño espera es poder dormir la siesta hasta la noche. En ambos casos llegan a almorzar y a no irse, porque como suele decir en esos casos el invitado: “¡Qué
maravilla de finca!”
Con razón alguien decía que el hombre gasta la mitad de su vida tratando de comprar finca y la otra mitad ¡tratando de venderla!

Los diez mandamientos de la felicidad
1. No tendrás finca. Pero en caso de extrema necesidad, alquílala por seis meses. Jamás compres, especialmente en Cáqueza, ni en ninguna población terminada en ‘aima’, ‘oima’, o ‘irá’.
2. No construirás tu casa o apartamento. Tampoco comprarás en obra gris. Para eso existen los arquitectos.
3. No practicarás deportes que no sean propios de tu edad. No torearás en la becerrada de tu hijo, ni le pedirás prestado el monomotor al novio de tu hija, ni aprenderás a manejar motocicleta después de los 40.
4. No aceptarás invitaciones a donde sea necesario comer de pie ni tener que poner en las rodillas el plato, la servilleta, la copa de vino, los cubiertos, y además hacerle un campo a tu acompañante.
5. No serás miembro de la Junta de Administración de tu edificio, ni mucho menos el Presidente. No serás Representante del curso en el Colegio de tus hijos.
6. No asistirás a matrimonios de tus empleados. No serás padrino.
7. No volverás a Disney World. Si nunca has ido, te será perdonado siempre y cuando sea la primera y única vez.
8. No harás encargos ni te comprometerás a traerle nada a nadie en tus viajes. La única excepción a este precepto es una droga para la mamá.
9. No comprarás enciclopedias, libros de historia, ni colecciones de literatura para pagarlas mensualmente. Si no las puedes comprar de contado, abstente.
10. No comprarás carros de segunda mano. La mejor marca de carro es carro nuevo.


La miseria de ir al gimnasio
Por Antonio García / Foto: León Darío Pelaéz
Siempre detesté los gimnasios. Al principio por el resentimiento que da haber sido toda la vida enclenque, estar negado para cualquier tipo de deporte, tener una dieta compuesta de comida chatarra que difícilmente puede asociarse a los rituales del desayuno, el almuerzo y la comida, ser más proclive a la rumba y sus derivados que a la comida sana y estar convencido de que en un gimnasio se gasta demasiado esfuerzo gratuito (corro cuando tengo que alcanzar una buseta, hago fuerza cuando necesito darle vuelta al colchón para que no se dañen los resortes). Pero luego lo odié con conocimiento de causa, cuando la cercanía de los 30 y los excesos —cercanos desde mucho antes—, vinieron escoltando un tropel de culpas que, pensé, podía expiar con el ejercicio físico y un cambio radical en mi vida cotidiana.
Mi primera desilusión vino al descubrir que el gimnasio, en lo que respecta a los atuendos, no tiene ningún parecido con las clases de educación física del colegio —última oportunidad que tuve de hacer ejercicio, porque era obligatorio—, en las cuales uno empacaba cualquier pantaloneta sin importar cómo se viera: el gimnasio parecía un desfile de moda deportiva. Es tal la cosa, que algunos tienen boutiques donde un pantalón de sudadera —bota campana, porque el gimnasio admite esos barroquismos— cuesta 70 mil pesos. A la semana terminé acomplejándome de los dos pantalones de sudadera que usaba como piyama —el presentable con manchas de pintura y un hueco de cigarrillo y el impresentable me da vergüenza describirlo— y me compré uno en la boutique. Ahora tengo tres pantalones de piyama.
Primero estuve en una etapa que se llamaba ‘acondicionamiento físico’, 15 días de ejercicio básico y ‘suave’, según los instructores, que me dejaban al borde del infarto. Luego vino la valoración física, por parte de un nazi con cartón de médico —con cara de expectativa—: “¿Ha practicado algún tipo de deporte?”, no; —un poco decepcionado— “¿¡nunca!?”, no; —a la decepción se ha sumado la desconfianza— “¿fuma?”, sí; —ahora decepción, desconfianza y desprecio— “¿hace cuánto?”, 13 años; —lo anterior más odio— “...me imagino que bebe”, sí; y un largo etcétera que casi termina conmigo pidiéndole perdón; me sentí como si el personaje del señor Burns, de Los Simpsons, estuviera basado en mí.
La autoestima, golpeada por la valoración física, se acaba del todo cuando uno descubre que puede levantar tan sólo dos laminitas de diez libras mientras el resto, hasta las niñas flaquitas de colegio, levantan el doble sin pestañear. Aparte, uno nunca se aprende del todo los nombres de los ejercicios, calves, pull over, back extention, curl, peck–deck, en fin, y siempre deambula como un bobo por todo lado, leyendo las etiquetas de las máquinas a ver si encuentra la que es, con vergüenza de preguntarle al instructor, una vez más, dónde está tal o cual aparato.
La siguiente desilusión viene en cuanto al personal. Uno entra pensando que el gimnasio es el epicentro mismo de las mamacitas y sólo encuentra señoras, gordas y ancianas. Las mamacitas son escasas porque la naturaleza, además de sabia es persistente.
Otro dolor de cabeza son las clases de aeróbicos, en las que a la par de resistencia física se debe tener coordinación. Atributo por demás escaso en una motricidad comparable a mi estado físico.
Después de tres meses, sin mejora alguna —ni en estado físico, ni en elasticidad, ni en volumen—, adolorido todos los días por el ejercicio, me dije que no pertenecía a un sitio absurdo donde las bicicletas no van a ningún lado, se baila salsa sin tomar trago, se toma tinto sin cigarrillo y cuando uno corre no está huyendo de nadie ni tratando de alcanzar la buseta. Pertenezco tanto a un gimnasio como Ozzy Osbourne a las Carmelitas Descalzas, no estoy dispuesto a tomar esteroides porque encogen el pito, el ejercicio que hago es suficiente para sobrevivir en los dominios de mi apartamento y los pulmones y el corazón me alcanzan para correr una cuadra, que es el estándar de emergencia. He dicho.

El mejor amigo de mi novia es mi enemigo
Por Andrés López / Foto: Andrés Gómez
ace algún tiempo vengo sintiendo el placer de odiar, y me he dado cuenta de que soy afortunado: odio más cosas de las que amo. Odio a los grupos de música juveniles, que atraen a las adolescentes pseudopervertidas de todas las épocas. Odio a Menudo y a sus clones futuros. Odio la compra de éxitos prehechos, y no puedo con los machos que muestran su imagen de Adonis. Odio la música pop y todo lo que se deba ‘ver’ y ‘oír’ a la fuerza. No puedo con un país donde lo único son las telenovelas y los noticieros, y en donde mi única opción sea actuar como la parte chistosa de una telenovela o como ‘guiso’ creativo en cualquier empresa.
Odio a Christian Castro, el hijo de una llorona, cantando su jingle de champú llamado Azul; odio al grupo llamado Chocolate con sus éxitos Mayonesa y Gelatina, que ponen a sudar cuco a las mujeres que rumbean para contar, el lunes, que algo alcohólico y pepero les pasó el fin de semana en sus vidas llenas de ex novios y de amiguitos con ganas de copularlas. Odio a los dulzones, a los Alejandros Sanz, a los Luis Migueles y a cualquier artista que aparezca en la portada de un disco mirando triste hacia el piso (o mirando a lontananza, o con los ojos cerrados), con esa falsa humildad de cantante romántico.
Odio el humor político, el humor popular, los chistes de gays, los imitadores de boyacos, de pastusos, de tolimenses, de costeños pobres y de ñeros. Y más odio que me toque hacerlo, porque, si no, no hay con qué pagar el arriendo.
Odio a quien se las da de docto. Odio a Shakira porque cada vez que responde una pregunta cree que está haciendo historia (Deepak Chopra’s Lookalike), como si quisiera aparecer citada en libros. Y respeto su éxito como respeto el fracaso de las personas. Por eso odio a quien le da estrellas a las películas.
Odio los talleres de cine, odio a los fanáticos de cualquier cosa, odio a los coleccionistas, odio a cualquier político, pues nada tiene solución.
Odio a los que hacen libros de autoayuda y superación; a Paulo Coelho y a Harry Potter, literatura de moda para los que no quieren leer un clásico o para niñas confundidas. Odio a quien mide el éxito monetariamente; odio al que se siente exitoso o especial en un planeta de ocho mil millones de habitantes. Me odio a mí mismo, y los odio a todos.
Pero, sobre todas las cosas, odio a los amigos de mi novia. Los amigos de mi novia son mis enemigos. Y los odio porque así como un hombres jamás da una relación por terminada (somos cazadores, observamos el campo, sabemos que algún día volveremos a ver un ciervo qué cazar), las mujeres nunca consideran que un tipo está agotado, y saben que de él siempre podrán sacar nuevos frutos: tú las cazas y ellas te recolectan, y cuando se acaba el producto que ellas buscaban (llámese tu billetera, labia o pinta), entonces buscarán lo que habían recolectado para satisfacer sus vanidades.
Odio a los amigos de mis novias. Y los odio porque, incluso, se podrían clasificar, como si se pudiera hacer con ellos un diccionario.
Odio al típico ex novio. El ex novio o Carnivurus vulgaris. Este macho esperará pacientemente el retorno de la víctima, la llamará y buscará en frases como: “¿Por qué no podemos ser amigos?” Erosionará cualquier relación que tu mujer tenga contigo. Su técnica es la de la gota de la estalactita: gotea con llamadas, recordando fechas o apareciendo de la nada de una manera inoportuna. La llegada al letal ‘repaso’ o ‘cangrejeo’ se dará cuando ella esté débil o haya algo qué recordar. Entonces ella te dirá que salió con unas amigas y tú no tendrás nada qué decir. Mira al tipo que abraza a tu novia cuando llegan a rumbear. Es el ex novio. O puede ser peor: es el mejor amigo.
Porque también odio esa figura: la del mejor amigo de mi novia. El mejor amigo o Hipocritus pacientis. Lo odio porque este personaje es el más difícil. Partamos de una premisa: “la amistad entre hombre y mujer no es posible”. Y deduzcamos, de ahí, que a tu novia se la comerá el mejor amigo. Sólo es cuestión de tiempo.
El mejor amigo de tu novia es el típico que alguna vez estuvo involucrado con ella pero las cosas no se dieron. Por lo general, siempre empieza con un rumbeo o una tirada de perros, y termina en ‘amistad de prepolvo’. Con tu novia él tiene lo que llamaríamos “un polvo aplazado”. Lo odio. Lo detesto. Trabaja con el tiempo a su favor y con la confianza (no tan ingenua) de tu novia, pero su ética femenina (la de ella, quiero decir) hace que en un momento de debilidad ceda ante el impulso de un ‘amigo’ que ha planeado todo desde mucho tiempo atrás.
Unos cazan con flecha, otros con red, y otros con trampa. Y el mejor amigo de la novia siempre caza con trampa. Y lo odio por eso.
Odio al amigo de mi novia. A ese cazador hipócrita que tarde o temprano mostrará su verdadera cara. Odio ir a una rumba y ver que las mujeres se paran frente a la barra para exhibirse, para que las cacen. Odio eso de que unos cacen con flechas, otros con trampas y otros con redes. Y también odio que en este mundo el odio sea un arte, igual que la cacería.

¿Qué es la risa?
Por Julián Arango / Foto: Andrés Gómez
Lo primero que me dio cuando me invitaron a escribir este artículo fue risa. Una risa nerviosa, que es una de las tantas clases de risa que existen; como la risa nerviosa, la fingida, la ‘sin ganas’, la orgásmica, la ‘porque sí’, la que rompe el hielo… Y pensé que sería un buen artículo si definía cada clase con comparaciones chistosas que hicieran reír a la gente, por ejemplo, la ‘risa Noemí’, que es en la que uno se ríe hasta desmayarse. Pero no, ninguna me pareció como para ‘pipisiarse’.
Entonces, preferí preguntarle al señor Alfredo Iriarte, maestro del humor fino y negro en Colombia, ¿qué es la risa?, y con su exquisito lenguaje me explicó biológica, histórica y etimológicamente su significado y las repercusiones en la sociedad.
Después de haber atropellado y dejado perdida mi ignorancia, me dijo: “Aquel ser humano que no practique la risa como forma de vida, es capaz de matar a la mamá con severos y lentos estrangulamientos, acompañados de inclementes puñaladas en el bajo vientre”. Sí, yo sé, algo fuertes las palabras de don Alfredo, pero si uno se pone a pensar, tiene toda la razón.
Sin embargo, me atrevería a decir que son peores las personas que viven con una sonrisita permanente en la cara. No son gente de fiar. Dan la sensación de estar tramando algo o que acaban de hacerle daño sicológico a alguien, como el tal Osama. La primera vez que lo vi por televisión no sólo dije, “¡de qué se ríe ese imbécil”, sino que pensé, “yo a este tipo lo conozco”.
Bueno, pasaron los días y a mí se me olvidó la cosa, pero como se volvió famoso el talibán este y lo empecé a ver en todas partes, me comenzó una paranoia con ‘Osamas’ por todos lados. No dormía bien, me despertaba con ‘orientales’ pesadillas en las que Osama no me hacía nada, sólo miraba, con esa miradita de “yo no fui, pero quién quita”, y con esa sonrisita, como diciendo “pilas que yo a usted lo conozco”.
Hablé con todos mis amigos para ver si lo conocíamos, pero a ninguno le parecía familiar. Hablé con mi familia, contándoles acerca de mi obsesión, y me dijeron que me olvidara de todo, que eso era producto de la frecuencia del mensaje (trabajaron en publicidad), y que era mejor olvidarme del tema para evitar problemas.
Les hice caso. Me olvidé del asunto. Cuando las fotos del árabe aparecían en los noticieros, o cuando lo pasaban echando té, acurrucado en un desierto, cambiaba de canal. Todo estaba normal, con una leve conciencia de que hay mucho loco suelto por ahí, pero normal.
Hasta que llegó el día de mi cumpleaños y recibí la llamada de Arias, un amigo del colegio que no veía hacía rato y con quien nos tiramos dos veces segundo bachillerato. Obviamente, lo invité a mi casa a celebrar mis 33 años. El tipo me dijo que no sólo iría, sino que tenía una sorpresita de regalo.
Arias llegó con todos los anuarios del colegio desde el 78 hasta el 84. Nos acordamos, nos burlamos y, sobre todo, nos reímos mucho. Al final de la fiesta nos pusimos a ver los anuarios. En el del 82, yo salía con un peinado de Gee–gee, que hoy en día no entiendo cuál era la criticadera: sólo me faltaban unos chacos y quedaba igualito a los
‘coyos’ de Unicentro de esa época.
Seguí mirando, y de golpe Arias me preguntó: ¿A quién se le parece el profesor de español? Y, oh sorpresa, Osama Bin Laden era igualito al doctor Ovalle, nuestro profesor de español y dueño —mejor dicho, amo y señor— del curso. Ovalle no sólo se parecía a Osama sino que se comportaba igualito: de sangre fría, caminadito lento típico de tierra caliente… Ovalle hablaba despacio, mirando fijamente a los ojos, y tenía el poder de que, sin decir una sola palabra, lograba que uno confesara todo, hasta lo que se había robado el sábado anterior en la Gran Piñata. Creaba pánico, inseguridad, intranquilidad.
Me acuerdo que una vez, después de salir de una de sus clases donde lo último que dijo fue: “Cuídense y cuiden a los suyos”, salí corriendo a llamar a mi casa de un teléfono público para ver si todos estaban bien. Me dijeron que mi hermano no había dormido en la casa, cosa que me tranquilizó porque quería decir que todo estaba en orden.
Osama y Ovalle, como lo quieran llamar, me mantuvo en constante desconfianza. Yo era un tipo inseguro, tenía problemas en el equipo de fútbol, más que todo definiendo: me sacaba tres, el arco solo… y lo botaba a lo Ángel o Aristi.
Ahora entiendo porque Colombia nunca va a ser Campeón Mundial, y es muy sencillo: todos los colombianos hemos tenido una risita de Ovalle en la vida, una risita que nos ha creado todos los traumas y taras que tenemos.
Por eso, la próxima vez que vean a alguien con una risita sospechosa en la cara, primero pregúntenle: ¿qué es la risa?, y segundo: llamen inmediatamente a la policía para que encierren a ese delincuente sicológico por ser portador de una risa injustificada. Si no lo hace, usted podrá ser la próxima víctima.

Por qué odio las tetas con silicona
Por Efraím Medina / Foto Felipe Londoño
De una mujer lo que más me gusta son las tetas, soy un incansable fisgón de tetas. Busco tetas en las revistas, los estadios, los bares, el cine o las frías calles bogotanas. Me asomo en cuanto escote encuentro y cuando no puedo o no me dejan verlas, me las imagino. Sé que hay miles de trucos para aparentar unas tetas grandes y firmes (que es lo que toda mujer quiere y lo que todo hombre sueña), puedo aceptar la mayoría de esos trucos porque me gustan de verdad las tetas y he tenido contacto con cientos de ellas: tetas enormes, pequeñas, diminutas, nada de tetas, medianas (muchas medianas), largas, separadas, altas, resecas, fuera de servicio, de pezón mínimo o enlunado, con pelos, puntiagudas, chatas, planas, duras, distintas entre sí, desniveladas, con cirugía, atacadas de cáncer o acné, pegadas al pecho, colgando como berenjenas...
Por eso, porque amo las tetas y he disfrutado el esplendor y soportado la desgracia de muchas de ellas, por eso odio la SILICONA. No la silicona en general sino en las tetas. No me opongo a que una mujer se llene el trasero o los labios de plástico, mientras deje a sus tetas en paz. La silicona en las tetas no sólo me desorienta y produce melancolía sino que me pasma. Uno sabe que en las tetas está parte de la sintonía del sexo y por ello es un gusto apretar los pezones entre los labios y mover el dial hasta encontrar la estación correcta, pero con la silicona esto no es posible: las tetas de silicona están duras de antemano, no necesitan tus manos o boca, no suben o bajan de tamaño, siempre están allí erguidas y monótonas como dos sapos de yeso. Si pones el trasero sobre ellas sentirás el mismo helaje que produce el inodoro de un motel a medianoche. Además, con las tetas de silicona, hay que estar atentos porque si no mides la distancia o aprietas demasiado el interruptor puedes partirte la cara o perder un diente.
No puedo imaginarme algo más triste que un bebé tratando de sacar algo de esa montaña de mármol transparente y el sabor que tendrá, muy parecido, supongo, al de la leche ‘larga vida’. Las tetas de silicona están llenas de vacío, la sensación y el miedo huyó de ellas, nunca piden tiempo, música o un ambiente a media luz, no tienen nada qué ocultar, no hay caída y por ello carecen de pudor y sin pudor la belleza es como el discurso de un conocido presidente: todo parece estar bien, muy bien, pero nadie puede creerlo. Y nadie lo cree.
Sé que unas tetas caídas son un espectáculo lamentable pero aun en las peores, esas de las que Vallejo (el poeta peruano) escribió: “Unas tetas de mujer ante las cuales la lengua de una vaca resultaría un órgano violento”, se puede encontrar una tibia reacción, algo que nos hace recordar que, aunque por lo feas e inexpresivas se parezcan a Jorge Barón, todavía son humanas.

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