No importa. Lo único que sé es que este libro escrito por un tal John Bridges -un profeta del buen gusto que, según la contraportada, es también autor de un tratado sobre blazers y otro sobre la historia del té helado- me ha enseñado todo lo que necesito saber sobre el comportamiento humano.
El libro está dividido en diez capítulos cortos que abarcan los conocimientos básicos de cualquier "caballero" -como Bridges se refiere a sus lectores--. Los primeros capítulos anuncian actividades simples como vestirse, hablar, comer en una mesa con otras personas, y algunas no tan evidentes como saludar o dar las gracias. Pero poco a poco la cosa se va complicando hasta llegar al inolvidable capítulo final: el de la etiqueta extrema.
El texto de Bridges me reveló discretamente algunas cosas que jamás se me hubieran ocurrido: por ejemplo, que es de muy mal gusto gritarles a los sordos o a los ciegos, que es fundamental poder hacer una omelette con champiñones a las dos de la mañana, que los besos en la mejilla no son "experiencias eróticas" o que las únicas razones válidas para faltar a una cita son la muerte o un desastre natural. También me dio pistas sobre el contacto con otros seres vivos: "Nunca debe tocar a los niños de otras personas, a menos de que sus padres lo permitan. Tampoco debe sentirse obligado a consentir sus mascotas o a invitarlas a su casa". Este breve curso de modales va más allá de las banalidades y enseña que "debe mantenerse alejado de temas sórdidos y en lo posible hacer comentarios agradables".
Recibí además consejos invaluables sobre la forma de vestir. Antes no tenía idea de cómo combinar los colores, vestirme para ir a un derby y, mucho menos, cómo hacer el nudo de un corbatín. Me perdí horas en la deliciosa lectura del capítulo titulado Cuándo está bien vestir zapatos cafés y también me quedó claro que nunca debo "vestir un esmoquin antes de las seis de la tarde, no importa que los demás lo hagan".
Después de los primeros capítulos ya estaba listo para afrontar grandes retos: ir a eventos sociales. Esta es la razón de ser de la etiqueta y por eso el libro es muy específico sobre esta clase de situaciones. Lo importante es empezar con mucho cuidado: de hecho cuando uno recibe varias invitaciones en su contestador está moralmente obligado a aceptar la primera. No importa que prefiera ir a otra, debe ir a la primera: en el mundo de la etiqueta no hay espacio para la diversión.
Una vez en el evento se debe seguir un estricto código: no hacer chistes de mal gusto -es más: ni siquiera reírse de ellos-, no hacer un escándalo si los cubiertos están mal dispuestos o si el anfitrión olvidó poner un tenedor especial para la entrada. Si uno llega a tomarse un trago de más -dios quiera que esta desagradable situación no ocurra- debe saber en qué momento irse sin hacer una escena y si por alguna razón pierde el equilibrio y rompe un florero, al otro día debe llevar una réplica idéntica, acompañada de una nota perfumada. Ahora, si llega el momento de bailar debe tener muy presente el siguiente consejo: "Nunca baile ritmos exóticos como samba o lambada, escoja el fox trot que es casi como no bailar". También aprendí que a la hora de brindar, un momento cumbre de la rutina social, hay que cuidarse de "no dar un pequeño discurso o hacer una desagradable rutina cómica".
Aún no he tenido la oportunidad de experimentar la etiqueta extrema. Aunque estoy preparado para tener una audiencia con el Papa o con la reina Isabel en cualquier momento. En fin, gracias a este admirable manual me siento más cómodo en el mundo real, más preparado para tomar un trago de martini, ajustar el nudo de mi corbatín y lanzarme, con los ojos cerrados, al fascinante mundo de la etiqueta.

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