El primero en entrar viene untado de barro hasta las pestañas y el número de la camiseta no se le ve, pero se le ve en el muslo derecho de la pantaloneta. El primero en entrar es Jair Benítez a quien le dicen Chigüiro. Después del Chigüiro entra el Escamoso, por la misma puerta por donde pasa Pelusa, tres de los apodos que les han chantado a estos futbolistas como si los necesitaran (los apodos), porque para qué apodo cuando te llamás Arnobis, Lubián, Danilson, Cléider, Néider, Styven, Jackson, Darlin, Jamell, que es como se llaman algunos de quienes acaban de pasar por este túnel rumbo a este camerino que huele a lluvia, a barro, a veladora encendida debajo de un crucificado patético, con heridas patéticas y corona de espinas patética y huele también a linimento, a voltarén y a dicloflenaco, los ungüentos contra los tropezones, las fisuras y las torceduras que ahora les están ofreciendo.
Les ofrecen también bebidas energizantes en vasos de plástico de cerveza, que toman como si fueran las últimas bebidas en el desierto, mientras se dejan caer (literalmente se dejan caer) sobre el piso, que es de baldosa grande y ¿habrá que decir fría? Se quitan guayos, espinilleras, protectores de tobillos. Se quitan camisetas y pantalonetas y hay uno que se quita todo, John Alexander Jaramillo, a quien le dicen el Conejo, el Conejo Jaramillo, para someterse a una ducha que para él es ritual en el entretiempo del partido.
Abro paréntesis: en un camerino como este, que es el camerino del Deportivo Independiente Medellín, pero que puede ser cualquier otro camerino, hay una obvia libertad corporal, casi un desparpajo de cuerpos que van por ahí todos desnudos y entonces -debes saberlo- disfrutarían tus ojos y se crisparían tus instintos si vieras el culo del Conejo Jaramillo, quien se ha metido a la ducha mientras sus compañeros descansan tendidos en el piso; cuerpazos macizos como el que dije y como el que había visto antes, en el calentamiento, el del portero Juan David González, que con razón es el sueño erótico de una amiga mía. Y así: cuerpos enérgicos, cuerpos sudorosos, cuerpos negros, cuerpos cobrizos, cuerpos varoniles como los que con razón alborotarían tanto a un amigo mío. Cierro paréntesis.
Este es el camerino del Medellín después de 45 minutos de charcos y de un cero-a-cero contra su rival de plaza, el Atlético Nacional, en una tarde de noviembre en la que han caído baldados de agua desde cuando el cielo se abrió, crujió y se vino íntegro. Aún caen goteras que son nada, que son plumitas cándidas comparadas con aquellos goteronones que parecían pedradas y que anegaron la cancha rodeada de 30 mil fanáticos.
Debajo de la tribuna principal del estadio Atanasio Girardot, en la zona norte, queda este ámbito de espacios irregulares: hay un parqueadero hasta donde llega el bus con el equipo; hay una sala con aparatos para fisioterapia que maneja la única mujer posible en este lugar que se llama Mercedes Loyza, y hay una oficina, una especie de oficina con escritorio y todo, a donde llega el director técnico mientras llega la hora y mientras llega la hora hace crucigramas y conversa bajito con sus asesores. Hay una salita a la que acuden los que quieren o los que necesitan masaje, y está colgada en la pared una cartelera de esas donde se proclaman los beneficios de quererse, de quererse mucho, de que todo es posible si te lo propones. Carteleras de esas donde grita la autoestima y donde, también, se cuenta a quién hay que felicitar por su cumpleaños o a quien expresar una condolencia por la muerte de la abuelita.
Es un vestuario normal -normal y modesto puedo decir- que se abre a la sala más grande donde están las duchas, donde están los uniformes, donde están los baños y donde están los futbolistas que tienen, cada uno, un sitio y a cada uno le entregan una canastilla de esas que se usan en las compras de urgencia en el supermercado, para que pongan lo que quieran poner, que es muy poco, porque todos vienen vestidos con sudaderas desde el hotel donde estuvieron concentrados desde anoche.
Dije camerino normal y dije vestuario modesto, porque es normal y modesto comparado. Comparado con el del Real Madrid en el estadio Santiago Bernabeu, en el que estuve en una tarde de gloria, y que tiene una sala de jacuzzi, por ejemplo. Y por ejemplo tiene un ropero asignado y marcado para cada uno de los Robertos Carlos que allí se alistan, se acicalan, se emperifollan, se engominan, se adornan, se engalanan, se ornamentan y salen a encontrarse con un montón de aplausos y de reflectores.
Afuera de este camerino húmedo y embarrado, ellos, los hinchas del Medellín, murmullan el gol que no fue, el fuera de lugar que no existió, el balón en el travesaño que pudo ser. Aquí adentro, los deportistas reposan y al minuto de quietud y de un silencio sorprendente que sale de los ojos que no miran nada, al minuto siguiente del minuto 45, las pulsaciones del corazón han pasado de las 180 por minuto a las 120 normales, que son las que vos debés tener en este momento de lectura quieta, porque si son más, preocúpate, y si son menos, preocúpate también.
Conté que el silencio sorprende a quien esperaba oír una algarabía de opiniones y de recuerdos y de discusiones sobre jugadas vividas en el primer tiempo que acaba de pasar. Pero conté que no, que solo suena la ducha abierta de quien dije; suena el trabajo veloz de los utileros que les quitan el barro a los guayos, un barro denso pegado a los 6 ó 7 taches largos que deben tener estos zapatos, cuando la grama está encharcada; suenan las preguntas de quien ofrece a quien quiera nuevas medias, quién quiere cambiarse de camiseta, quién de pantaloneta, y suena la voz gruesa y tranquila de Pedro Sarmiento, el director técnico que se para frente a los muchachos ya liberados de respiraciones agitadas, ya con los corazones en tregua.
A Sarmiento, quien fue un volante de marca patadura y todoterreno de esos que hierven por dentro y son como locomotoras por fuera y que echan humo y todo, a Sarmiento lo miran de abajo para arriba y le miran, sobre todo, la expresividad de las manos abiertas, tan abiertas que se le pueden contar los dedos uno por uno hasta diez. Los deportistas oyen que les dicen que solo ha hecho falta el gol para el juego perfecto; ven/oyen que les piden insistir en seguir agrupados (dedos cerrados) como hasta ahora; que la mala condición de la cancha los obliga a jugar muy juntos atrás (dedos que se vuelven manos que se vuelven puños); que el gol que falta para la perfección llegará cuando todos acompañen con convicción las salidas y encuentren a Diego, el delantero de punta (manos con dedos abiertos).
Tono sereno, palabras claras, imágenes rotundas que todos entienden. Les pide que hay que olvidarse de la falta que fue penalti y que el árbitro no concedió, porque ese recuerdo convertido en piedra desconcentra y de la desconcentración puede generarse una nueva actitud que los lleve a cambiar el ritmo del partido y hacer un segundo tiempo distinto al primero y eso sí que no. Lo ratifica el capitán del equipo, Néider Morantes, el único que habla en estos diez minutos de descanso, que ya van por los siete. Habla para pedir eso, para insistir en eso: no vamos a hacer lo de tantos equipos que llega el segundo tiempo y ¡pum! se van al suelo. Dice. Y es el único que dice distinto al director técnico no solo por jerarquía, sino porque no hay mucha más gente en el camerino: los que jugaron, dos médicos, los utileros que ya han acabado de limpiar zapatos y de ofrecer uniformes y un asesor del técnico que ha visto el primer tiempo desde la tribuna, porque el resto del plantel, los suplentes y el preparador físico, trabajan en calentar y estirar músculos y estar listos por si los necesitan.
Abro paréntesis. La serenidad y el sosiego transmitidos por el técnico en este entretiempo son distintos al ambiente que hubieran marcado los diez minutos de descanso en otras circunstancias. Obvio. Un cero-a-cero de un primer tiempo bien jugado, donde solo faltó el gol para ser perfectos, es distinto a un 0-1, a un 0-2 o a un 1-4 como fue, según recuerdan los ancianos de la tribu, el histórico Rusia−Colombia en el mundial de fútbol de Chile en 1962. Cuentan de ese entretiempo, con detalles, la puteada que les pegó a los colombianos el director técnico, que era Adolfo Pedernera, un argentino mucho más histórico que todos ellos. Ridículos, les dijo. Payasos, les hirió. Y les recitó claritico que iban a morir de anónimos y que nadie se acordaría de ellos cuando estuvieran muertos. Más o menos eso les dijo. Los colombianos reconstruyeron la hombría herida y empinaron la autoestima y llevaron el partido hasta ese 4-4 famoso que aún nos persigue como una sombra, con gol olímpico del olímpico Marquitos Coll, gloria de Barranquilla y de Soledad también. Cierro paréntesis.
Diez minutos han pasado desde cuando ingresó el Chigüiro con barro hasta en las pestañas. Entonces, se oye desde el camerino una señal inequívoca de que el descanso ha terminado. No es un timbre. No es una voz disciplinada. No es una orden. Es una rechifla que llega hasta el camerino de manera nítida, surgida de la tribuna y cuyo origen confirma alguien: eso fue que ya salió el árbitro. Alguien del cuerpo técnico les recuerda que hay doping, para que no se deshagan de las bebidas consumidas, pues cuando el partido termine tres de ellos serán escogidos para un examen de orina, y entonces ahí sí los jugadores empiezan a descender por unas escaleras breves, algunos de ellos se dan bendiciones, uno de los futbolistas pone la mano derecha en las llagas de las rodillas del Jesucristo crucificado y mira hacia el techo y algunos vuelven a la cancha tal y como entraron de ella, pero descansados. Vuelven a la cancha con la misma ropa enfangada y sudorosa de sudor frío ya porque tienen en esa costumbre del no cambio una cábala, una de las tantas cábalas con las cuales los futbolistas van por los campeonatos encontrando motivos para creer en milagros cuando llegan las victorias o para atribuirles a la falta de rezos, de velas y de agüeros sus calamidades.
Se van, pues, por el mismo túnel por donde entraron, por el mismo por donde salieron cuando iba a comenzar el juego. Y no hacen esta vez, esta vez no, el círculo de oración que formaron antes del partido. Ese círculo de abrazos colectivos de todos los involucrados en el juego, titulares, suplentes, kinesiólogos, médicos y colados, directivas, que terminó con el rezo de un Padrenuestro y que a mí me deprimió y hasta me asustó porque me pareció más un canto hacia la muerte que una proclama hacia la victoria. Lo que sí repiten ahora que van hacia los últimos 45 minutos a ver si llegan al gol, a ver si alcanzan la conquista para el juego perfecto de que les hablaron en el camerino, es un apretón de manos solo entre los jugadores y unas frases de ánimo, de amistad, de fe, de confianza, que les dice el capitán en voz queda.
Y así regresan al partido. Impecables algunos que se han cambiado, purísimo otro que se ha bañado, iguales los otros, fieles al agüero. Salen por la boca del túnel y los recibe un aplauso tibio, un aplauso de la misma temperatura que el sol, que también está de vuelta, le pone a la tarde. Una tarde que siguió, un partido que también siguió después de 10 minutos de descanso y de instrucciones precisas que vamos a ver para qué sirvieron ahora que el balón está rodando y el tiempo va pasando.

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