Había escuchado un mito urbano que dice que al entrar a una sesión de Alcohólicos Anónimos se hace un test para confirmar si de veras uno es adicto. Pero a mí me sucedió todo lo contrario: la primera vez que asistí a una reunión, me devolví justo en la puerta, gracias a mi timidez, que en ocasiones suele ser apabullante; pero el coordinador del grupo, al sentir mi temor, salió en mi búsqueda y, casi cogido a mi mano, me instó a seguir sin practicarme el test. Se trataba de un hombre que bordeaba los cincuenta, con cara de bonachón y sonrisa de Navidad, que me indicó dónde sentarme mientras consumía uno de los tantísimos pocillos de café que le vi tomar en la sesión. Ya no es alcohólico, pero sí adicto a la cafeína. Me imagino que hacia algún lado debía encauzar la ansiedad.
El sitio está ubicado en plena carrera trece con calle sesenta, en Bogotá, en el segundo piso de un viejo edificio, de esos donde pululan oficinas de abogados de tercera y consultorios odontológicos de quinta. Es un espacio pequeño, extremadamente limpio (como muchas otras actividades, la limpieza es realizada por cualquier voluntario, desde barrer la alfombra o fregar los baños hasta coordinar la sesión. Nadie recibe emolumentos por esto). Y oloroso a tinto. Al lado de la puerta, sobre una mesa alta de madera, se dispone de una greca para quien quiera terminar de espabilarse. Es como la cruz de su religión. A esa hora, siete de la mañana, más de uno llega con los ojos todavía enlagañados aunque con el firme deseo de contar su carreta y escuchar la de otros. Pero ese día no hubo muchos a quienes oír. El coordinador fue quien tomó la palabra. Entre otras cosas, dijo que AA no es cosa nueva: data de una idea que surgió el 10 de junio de 1935 en la pequeña población de Akron, Ohio, y que no es más que "una comunidad de hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo, buscando hacerle frente a la enfermedad del alcoholismo". No se trata de un grupo religioso, aunque sin duda su esencia es espiritual y el coordinador se repite como un pastor, que era otra de las cosas que me preocupaban al visitar a AA: ya sabemos cómo las religiones hacen maravillas por violentar conciencias.
De resto, el lugar era más o menos como lo había imaginado: una veintena de Rimax blancas dispuestas contra la pared, una mesa rectangular con varias cocas de plástico (baratas, de esas compradas en El Tía) atiborradas de galletas María o papitas fritas, y afiches que prohíben la ingesta de licor. Es decir, nada de fotos de héroes caídos, como Liza Minelli o, mejor aún, Betty Ford; ni mucho menos publicidad creativa. Digamos, es un ejemplo, algo como Absolut Doble A. Lo que sí fue novedoso a mis ojos fue un sombrero vueltiao colgado de un gancho en la pared. Por supuesto, supuse que algún paisano lo había donado ahora que son Patrimonio Cultural, pero resultó ser el adminículo que se rotan entre los asistentes al final de cada sesión para depositar la donación que, según alcancé a constatar, no eran billetes muy grandes. De hecho, confieso que nunca dejé más de dos mil pesos. Esa primera vez, luego de escuchar variadas experiencias, me animé a hablar y contar algunos de mis temores alrededor del trago, en especial sabiendo que en una sociedad como la nuestra, tomar incluso es bien visto pues hace parte de la cultura del más macho. Eso sí, ese día no fui capaz de confesarme alcohólico.
Cuando me llamaron de SoHo para que escribiera un artículo contando cómo es por dentro un grupo de AA, pensé que no sería fácil encontrar alguno en la ciudad. Pero, como siempre sucede cuando existen prejuicios de por medio, pronto me encontré equivocado: resulta que mi amigo K, que con lo pinta que es trabaja como actor (actualmente hace de antagónico en una telenovela triple A) me confesó que en las tardes asiste al programa de doble A. Fue curioso: nos conocemos hace más de veinte años y nunca me había enterado de su adicción. Le conté que trabajaba en esta crónica, y que asistía cada mañana a la terapia de la calle sesenta. "¿Por qué vas tan lejos?", me preguntó, y fue cuando supe que AA está regado por toda la ciudad, y que prácticamente en cada barrio sesiona un grupo con alguna regularidad. Fue así como el lunes siguiente, luego de una borrachera que comenzó un viernes en Tantra y terminó el mediodía del domingo en Chelo's, asistí a una terapia a dos cuadras de mi casa.
Por esas casualidades de la vida (Dios me quiere, no lo niego), esa noche correspondía una reunión de "servicios", que es como designan el hablar de problemas internos. Y fue cuando me enteré en detalle del funcionamiento de estos grupos. Para comenzar, AA está montado sobre un trípode: los doce pasos, las doce tradiciones y los doce conceptos (como los diez mandamientos). Lo primero les corresponde a los alcohólicos: cada quien debe seguirlos según su propio tiempo hasta vencer el último. Para no olvidarlos al inicio de cada sesión, se leen en voz alta (1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables. 2. Llegamos al convencimiento de que un ser superior podría devolvernos al sano juicio.), pero son tan importantes que esa noche decidieron que a partir de enero siguiente le dedicarían un mes a cada uno. Lo segundo, es el trabajo que le corresponde al grupo, y lo último, lo de los conceptos, tiene que ver con Alcohólicos Anónimos en general. Como las sociedades secretas, como las iglesias, entre los diversos grupos que hay por toda la ciudad, y aun en el mundo, hay comunicación. De allí a que normalmente haya dos personas encargadas de esta interrelación: una, designada con las siglas casi siniestras RSG, o sea Representante de Servicios Generales; y otra, llamada simplemente Intergrupos. Ambos cargos son espontáneos: a nadie lo obligan a ir a la terapia o a hacer algún trabajo interno.
Pero voy muy rápido: al llegar a este nuevo grupo, que se reúne en horas vespertinas a lo largo de la semana, encontré la misma estética anterior: iguales sillas, semejantes afiches, similar sombrero. El café sabía mejor, no lo niego, y se congregaba más gente, también es cierto. Personas de edades variadas. Por lo general eran adultos, prevaleciendo el sexo fuerte, aunque jamás dejé de ver a una señora como de setenta que, como es usual, siempre iniciaba su charla con la consabida frase de "Me llamo fulana de tal, y soy alcohólica". Lo novedoso era que también decía "y adicta a la cocaína". De todas maneras, nadie imagine encontrar rostros desastrados ni personas "llevadas" por la enfermedad. Es gente común y corriente, que trabaja y duerme como cualquier mortal. En estas terapias todo el mundo es igual: médico distinguido, político importante, actriz reconocida o simple homeless, mueren en la puerta. Como esos apartamentos nuevos de los amigos donde hay que entrar descalzo para no ensuciar la alfombra.
En la primera sesión absolutamente todo el mundo se volteó a mirarme. Por supuesto, me sentí como mosco en leche. Una señora sentada justo frente a mí -que resultó ser una famosa política- no me despegó su mirada la hora y media que allí estuve. Me sentí reconocido, pero sostuve mis ojos contra los de ella. De resto, a pesar de la cordialidad que siempre recibí, jamás alguien me repitió este proceder o incluso me habló antes o después de la sesión. Es curioso: cada quien narra su carreta -unas más íntimas que otras, todas contadas con cierta culpa- pero al final es como si uno se conociera tan sólo mientras habla o escucha al otro. Eso sí, lo encontré mucho más organizado. No en vano sesiona desde hace veintitrés años, lo que se siente en la camaradería, falsa o no, con que se tratan los asistentes. De hecho, ahora que se aproxima Navidad, están organizado una Novena en la que cada quien llevará un regalo de un valor no superior a los diez mil pesos.
Una diferencia con el otro es lo que se conoce como el comité de recepción, que son los dos voluntarios que explican al recién llegado, en una salita contigua, toda inquietud angustiante, mientras el resto de los congregados permanecen en su terapia de siempre. Como la sección es conductista, le corresponde a un moderador designar los turnos de catarsis. A la voz de "Fulano, ¿quieres ayudarnos?" esa persona toma la palabra y cuenta la causa de su mortificación. Ciertamente, allá nadie está obligado a hablar. Sólo lo hace quien quiere, aunque hará un par de meses establecieron un lapso de hasta cinco minutos a las intervenciones, pues no faltaba el que, como si fuera congresista delante de una cámara de televisión, se eternizaba en la palabra. Claro que si alguien está inspirando, es decir, si la está soltando todita, hay que dejarlo que desahogue la herida.
Volviendo al tema, recordemos que esto de la catarsis no es cosa nueva: hace marras que la Iglesia católica descubrió que cuando el hombre habla de alguna manera expía las culpas. Ya se sabe: no es la bendición cural lo que nos hace sentir bien, sino la palabra propia. Pero no fueron los únicos: a lo mismo se la jugó Freud. Con el cuento de la psicoterapia nos acostó en un diván para obligarnos a hablar mierda sobre nosotros mismos. Y aquí surge una pregunta: ¿Por qué, en estos casos, funciona más la terapia grupal? Las respuestas son variadas. Primero, el solo hecho de tener que pagarle a un siquiatra por escuchar los problemas ya resulta sospechoso. ¿Qué le importa a él que uno mejore si al suceder pierde una fuente de ingresos? Además de ahorrarnos unos pesos, lo bueno de no tener que pagar en AA es que no se hace parte de un juego prostitutivo; lo otro es que, al entrar, se asigna un compañero a quien hay que recurrir en momentos de crisis. Cada uno es responsabilidad del otro. Es esa misma figura que en el ejército se conoce como "lanza": el apoyo incondicional del otro para enfrentar embestidas; y también, porque se entiende que no se está solo, que la enfermedad la padece mucha gente, y que a muchos otros también les resulta difícil desviarse del problema. Como quien dice, esa urgencia gregarista -más humana que ovejuna- a veces puede producir vainas buenas.
De todas las experiencias que escuché me quedó claro que quien llega allá no lo hace de chévere, ni como de "esta tarde no tengo nada que hacer". Por el contrario cuando alguien asiste a este programa, lo hace con el corazón destrozado o porque está muy vuelto mierda, aunque no falta quien asume el problema con humor, como un señor que comenzó su carreta algún día diciendo: "Soy un bebedor social. Socialmente peligroso". Es como dice el grupo Niche: "Cuando más oscura es la noche es porque ya va a amanecer", pero si no se busca ayuda, el amanecer nunca aparece. Normalmente, lo que lleva a cada quien a pensar que tocó fondo es algún tipo de catástrofe: quebró la empresa, lo abandonaron o, incluso, la policía le quitó el automóvil por la borrachera tan malparida en la que andaba.
Con todo el respeto que el tema merece, resumo algunas de las historias escuchadas, como el de la señora que abandonó el traguito hace seis años y justo el día anterior de la terapia se encontró con sus amigos de farra que la invitaron al bar de siempre. Fue duro: ver a sus amigos con la copita de guaro en la mano. Pero no trastabilló y salió indemne del lugar. O la de otro que llevaba poco tiempo con la terapia; su novia casi lo forzó a ir bajo la amenaza de acabar el noviazgo. Las cosas iban mejorando y ella misma asistía a una reunión de familiares de alcohólicos (existen dos: AL-Anon y Al-Ateen) poniendo su propio granito de arena en pro de la relación; un joven como de cuarenta contó avergonzado -la mirada siempre en el suelo-, cómo, literalmente, en medio de una borrachera se cagó en los pantalones en una parranda de amigos, y su novia tuvo que desnudarlo en el baño, lavarlo y buscarle una muda de ropa hasta llegar a su casa; o la historia de otro señor, cachaco prestante, que contó la humillación padecida el anterior fin de semana cuando, al despertarse con un guayabo que le machacaba la cabeza como una sierra eléctrica, recordó la orgía en la que terminó producto de la borrachera, llevándolo incluso a tener relaciones sexuales que conscientemente jamás practicaría.
Como me confió mi amigo K, la máquina del eterno movimiento de la adicción es la negación. Por eso, quien visita estos grupos se debate entre todo o nada, no hay términos medios. De lo contrario, caemos en esa rueda de Chicago de creer que no hay ningún problema, que puedo dejarlo cuando quiero, y con la mínima zancadilla que nos hace la vida, puaj, otra vez al suelo. Pero, como advirtiera un congregado, "el peor de los días sobrio, es mil veces mejor que una noche borracho", por lo que es preferible decir al final de la sesión grupal, la oración de la serenidad, antes que nos suceda lo de Noé. ¿Recuerdan aquel pasaje bíblico en que el patriarca se excedió tomando vino y al día siguiente andaba muerto de la vergüenza porque su hijo Cam se burló ante sus hermanos al verlo desnudo?
¿Cuánto dura la "limpia"?, que es como en argot interno se designa el dejar de tomar. Eso depende de la persona y de su capacidad para enfrentar la enfermedad. La mayoría de las veces, alguien que ha pasado por AA aprende a disfrutar la rumba -y la vida- de formas antes insospechadas, sin nunca más volver a consumir ni una gota de licor. Es el caso, permítanme un último ejemplo, de W, un paisa a morir que conocí alllá -de los que se cepillaban los dientes con aguardiente Antioqueño-, quien desde que conoció este programa, hace diecisiete años, jamás ha vuelto a oler un trago. Eso sí, asiste puntualmente a varias sesiones cada semana y tiene claro que cuando la tentación esté ahí, quemante, debe echar mano urgente del celular del parcero asignado (cosa curiosa: a mí nunca me fijaron uno). Hasta el momento, ha resistido las trampas de la vida, pero sabe que la carne es débil.
Una de esas noches confieso que sin darme cuenta terminé admitiendo ser alcohólico. Es cierto: fue doloroso, algo así como un calambrazo que me pegó al suelo. Conté varias anécdotas personales que sentí tan espontáneas que hasta me sorprendí. Incluso, después de ese día me ajuicié un buen tiempo, lo que aún medio subsiste. Mis amigos que conocen de este trabajo se sorprenden cuando me ven con un trago en la mano, y admito que un par de veces me ha pasado lo mismo. A veces extraño el café, la greca. Esas son las tristezas de un Doble AA.

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