Me inicié en el largo, interminable Sendero de la Francmasonería hace ya tres veces siete años, un 21 de diciembre, en la Logia de los Caballeros Racionales, Sociedad muy Antigua, nacida en la Villa del Aburrá hace un siglo y medio, como que fue fundada por mi tatarabuelo, el Gran Maestro José María Faciolince, en 1847.PRIMER ACTO
Me inicié en el largo, interminable Sendero de la Francmasonería hace ya tres veces siete años, un 21 de diciembre, en la Logia de los Caballeros Racionales, Sociedad muy Antigua, nacida en la Villa del Aburrá hace un siglo y medio, como que fue fundada por mi tatarabuelo, el Gran Maestro José María Faciolince, en 1847. Ha sido nuestra Logia, según papeles depositados en los Archivos Verídicos y Fidedignos, y dependiendo de los avatares políticos y religiosos de nuestra región, en ocasiones "discreta" y en ocasiones "secreta".
Hoy en día es más secreta que discreta, y si cometo ahora la incongruencia de hablar públicamente de ella y de mi primera experiencia en su seno, lo hago por explícito consentimiento de mi Venerable Maestro, cuya identidad no estoy autorizado a revelar, según aquel precepto común a todos nosotros que dice: "Cada Francmasón puede darse a conocer como tal, pero en ningún caso puede revelar la identidad masónica de sus hermanos". En nuestra Sociedad somos solamente Siete, los Caballeros Racionales, y no hacemos propaganda para que en nuestra Logia justa y perfecta ingresen más hermanos ("Angosta es la puerta, y angosto el camino que lleva a la Luz"), aunque si alguno toca a nuestra puerta -en caso de hallarla-, es posible, aunque poco probable, que la encuentre entreabierta y pueda entrar.
Pocos decenios después de su fundación pasó nuestra Logia a formar parte del primer gran cisma masónico de la modernidad, aquel ocurrido en 1877, y conocido como el Gran Oriente de Francia. Si bien nuestros juramentos, por un residuo atávico, todavía se hacen "a la mayor y más grande gloria del GADU", desde 1895 no se requiere en nuestra hermandad la creencia explícita en ningún Ser Supremo o Gran Arquitecto del Universo, requisito que neciamente exigen aún los masones deístas del rito inglés, hoy en día el más extendido por el país y por el mundo.
Tuvimos también, a principios del siglo XX, y por influencia de aquella gran mujer que fue María Deraismes y su Logia "Les Libres Penseurs", un experimento de menos de una década con logias mixtas, en las que hombres y mujeres podían, en igualdad iniciática absoluta, pertenecer a nuestra sociedad, que, por un tiempo, pasó a llamarse de "Los Caballeros y Damas Racionales". Aunque con amargura, debemos reconocer que este experimento fracasó. Señalan los archivos que en cuanto se iniciaron mujeres en nuestra venerable sociedad, las disputas entre los hermanos varones se acentuaron, y el desorden durante las tenidas fue manifiesto, tanto por algunas burlas que las mujeres hacían de ciertos símbolos, rituales, mandiles, pectorales, gorros y jerarquías que eran sagrados para los hermanos, como por la dañina y maligna competencia entre los varones por destacarse ante los ojos de las mujeres presentes. Dada esta amarga experiencia, a nuestra Logia pueden entrar mujeres, pero sólo después de haberse comprobado que su ciclo reproductivo ha concluido (menopausia), lo cual les da a ellas una madurez incontrastable, y disminuye en ellos el deseo de competir y congraciarse ante sus ojos con actos indecorosos para un masón. Solo pueden ingresar en nuestra Sabia Hermandad, pues, mujeres mayores de 55 años, sin ser obligatoria la certificación científica de infertilidad.
Paso ahora a relatar, con ciertos pormenores, cómo fue mi ritual de iniciación al primer grado (Aprendiz), en aquella tenida para mí memorable de diciembre de 1983. El Venerable Gran Maestro no me ha autorizado a revelar detalles de mis pasos ulteriores (Compañero y Maestro), así como de ninguno de los estudios y rituales por los que he ido ascendiendo en mi camino de perfección, según algunos grados filosóficos que se admiten en nuestra Logia simbólica. Puedo solo decir que al cabo de tantos años, y una vez ascendido a Maestro, he llegado a ser, sucesivamente, "Intendente de los Edificios", "Príncipe de Jerusalem" y actualmente ostento el título de "Patriarca Noaquita" (esto sin mencionar muchos grados intermedios en el largo sendero de la sabiduría masónica).
Una última aclaración antes de relatar mi experiencia: los pasos que damos dentro de la Masonería, y en particular el primero, son básicamente inefables, es decir, imposibles de expresar. Su revelación, entonces, si bien para algunos hermanos es sacrílega, en realidad es siempre vana e inútil, pues nada se transmite, mediante el lenguaje, de la verdadera experiencia, íntima e intransmisible, que se siente durante la vivencia de la iniciación. Como dice mi Maestro: "Puedes contar la ceremonia simbólica, pero tu desarrollo en el interior del Templo no se puede comunicar por medio de la escritura ya que es inherente a una vivencia iniciática que no es susceptible de ser descrita con palabras".
Recuerdo, como si fuera hoy, aquel día en que como profano (pro-fanum, fuera del templo) me presenté humildemente ante los hermanos para ser iniciado. Antes de entrar, el Maestro, con multitud de preguntas confirma mi identidad y la solidez de mi propósito. Cuando doy mi seguro consentimiento, me enceguecen, vendándome los ojos con una capucha negra, símbolo de mi ignorancia y de mi desconocimiento de la Francmasonería. Símbolo, también, de las tinieblas exteriores en que me encontraba hasta ese momento. El Maestro llama a la puerta con tres golpes de aldabón; me sostiene con actitud enhiesta y entro entre dos columnas por un exiguo, estrecho espacio, émulo del vaginal canal del parto. La mano experta me lleva por pasadizos desconocidos, hasta dejarme en un aposento frío y lóbrego donde se me deja solo y se me invita a la meditación.
Esta es la Cámara de las Reflexiones. Antes de dejarme solo, me quitan momentáneamente la capucha. Se me despoja de todos los objetos metálicos, incluso de mis gafas, y veo imágenes borrosas, imprecisas. Tras penetrar por la angosta vía, he regresado al útero, a prepararme para un nuevo nacimiento mediante un período de reflexión. Tiemblo de frío y me estremezco al distinguir, en esta lóbrega morada, una calavera, una vela encendida y un espejo. Es la hora de la meditación sobre la muerte y el reflejo de todas mis virtudes y debilidades. Poco a poco, una luz se enciende dentro de mí. En este lugar tenebroso, fúnebre, distingo algunos elementos iniciáticos: agua, pan, azufre, sal y ceniza. El agua simboliza la moderación para controlar los instintos, las pasiones, el orgullo, la vanidad y el falso amor propio; el pan es la frugalidad que debe tener el masón frente a las cosas, recto y positivo alimento del alma; el azufre, la sal y la ceniza, elementos de la Tierra, simbolizan la purificación interior del profano, su regreso a los orígenes antes de emprender el camino iniciático, por medio del cual se dejan atrás los vicios y se renace a la virtud.
En las paredes hay varias inscripciones o imprecaciones que invitan a meditar sobre la brevedad de la vida, sobre los deberes y virtudes que debo ejercer con mis hermanos. Escribo mi Testamento: "La Paciencia es la armadura contra la Ira. La Generosidad es el origen de la Moralidad. La Moralidad enseña la Paciencia. La Paciencia lleva a la Perseverancia. La Perseverancia es la base de la Meditación, y la Meditación conduce a la Sabiduría". Hay una pregunta fundamental: ¿Estoy seguro de querer someterme a las pruebas de la Tierra, el Viento, el Agua y el Fuego, para reconocerme digno de acceder a los secretos y privilegios de esta Antigua Sociedad de Hombres Libres? Durante tres años, se me advierte, deberé permanecer en silencio en todas las tenidas, y solo intervendré si mi Maestro Instructor me lo concede.
Precisamente éste me despoja de mi ropa, de mis zapatos, me pone nuevamente la capucha, y como un reo me conduce desnudo ante la Asamblea de los Hermanos. Tengo una sensación mezclada de humillación y exaltación y no sé cuál de estos sentimientos prevalecerá. Me dan bebidas dulces y amargas. Todavía estoy a tiempo de dar marcha atrás. Ponen entre mis manos el Texto Sagrado, que en nuestra Logia es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y me incitan a pronunciar el siguiente juramento:
"Yo, en la presencia del Gran Arquitecto del Universo, sobre este Sagrado Libro, solemnemente juro que esconderé siempre, encubriré y nunca revelaré ninguna parte o partes, ningún punto o puntos de los secretos o misterios pertenecientes a los Libres y Aceptados Masones en la Masonería que se me hubieran dado a conocer hasta este momento, que se me den a conocer ahora o que puedan en cualquier momento futuro serme comunicados. Estos varios puntos, sinceramente juro observarlos so pena de que me corten la garganta y la lengua de raíz y de que mi cuerpo sea enterrado en las arenas del mar, o el castigo aún más eficaz de ser estigmatizado como un individuo deliberadamente perjuro, vacío de todo valor humano y moral".
Enseguida me dan un fuerte golpe con el mallete (pequeño mazo) y oigo cómo suenan las balotas en una caja. Siento una profunda serenidad mezclada con entumecimiento en los nudillos. Mis pasos han sido satisfactorios y puedo pasar a las siguientes pruebas. En cada una de ellas, debo golpear tres veces en el hombro a un hermano, como implorándole simbólicamente que estoy listo, que conozco mis actos y que soy consciente de mis defectos. Entonces, cada Hermano me conduce a la prueba (triple cada vez) del Agua, del Viento, de la Tierra y del Fuego. Sé que todo esto me ayudará a favorecer el Bien y a combatir el Mal.
Finalmente cae mi capucha, soy desvelado y puedo ver la Luz. Entre las velas encendidas apenas alcanzo a vislumbrar a mis Hermanos, en traje de ceremonias y en hierático ademán de recogimiento. El venerable Maestro habla con voz de trueno, pero apenas recuerdo sus palabras. Me entregan el mandil blanco del aprendiz (un pequeño delantal), además de los útiles para el trabajo: la regla, que indicará la rectitud de mi conducta; el cincel, con el cual desbastaré la piedra bruta de mi interior, herramienta que con la ayuda del mallete irá labrando mi ser. En el noreste, al pie del altar de los juramentos, debo darle un primer golpe a la piedra no labrada del nuevo ser que soy. Debo pulirla hasta convertirla en la piedra cúbica perfecta situada al sureste del altar. Se me dan instrucciones (que no puedo revelar) sobre gestos, signos, pasos, palabras, contraseñas, etc. Luego mis Hermanos y yo formamos una cadena, que es el apoyo mutuo que siento hasta el día de hoy.
La ceremonia concluye con un ágape que sirven los hermanos, con vino y buenas viandas, y en esta fiesta seguimos celebrando mi iniciación hasta el amanecer.

Segundo acto
El anterior relato es una fantasía del todo imaginaria, aunque basada y reconstruida según los testimonios de masones verdaderos que han revelado su historia iniciática con la condición de permanecer en el anonimato. He tenido que hacer así la reconstrucción de una tenida típica de iniciación masónica por una inconsistencia lógica insalvable con la que me encontré cuando SoHo me encomendó este trabajo: para poder participar en una tenida masónica, tenía que iniciarme como masón; y si me iniciaba como aprendiz masón, estaba obligado a jurar no revelar nada de lo ocurrido en mi tenida de iniciación (o en cualquier otra reunión masónica, puesto que todas terminan con un juramento que impone el absoluto secreto sobre lo tratado allí).
Para no traicionar la confianza del Gran Maestro de la Gran Logia de Colombia, Rubén Darío Ceballos, ni la de la persona que me introdujo en estos asuntos, el Venerable Maestro Jorge Valencia Jaramillo, tuve que encontrar este camino indirecto, mezcla de literatura y periodismo, que le permite al lector saber, a través de la ficción, cómo ocurre una tenida masónica de verdad.
La masonería no es una secta satánica ni una sociedad secreta con fines conspirativos, ni una institución anticlerical y antirreligiosa (por mucho que se discuta si todavía los masones son reos de excomunión, empezando por aquella bula de SS Clemente XII en 1738, o según otras bulas papales que no se sabe si siguen o no vigentes, la última de ellas de Pío XII, en 1958, quien señaló como "raíces de la apostasía moderna el ateísmo, el materialismo, el racionalismo, el laicismo y la masonería, madre común de todas ellas").
La Francmasonería es, simplemente, "un sistema particular de moral, que enseña mediante la alegoría y se ilustra por medio de símbolos". Tiene una jerarquía especial, unos rituales (de difuntos, de reconocimiento conyugal, de iniciación, de cambio de estado), unos templos y algunos ornamentos o uniformes. La mayoría de los masones colombianos pertenecen a la corriente inglesa, de tendencia teocrática, y sus logias no son secretas sino discretas.
Tienen sedes y templos en varias ciudades colombianas; los más importantes son los de Bogotá -solo en esta ciudad hay 38 logias-, Barranquilla, Cali y Medellín. Se mantienen con sus propias donaciones, no se ocupan en sus reuniones de política partidista ni de religión en el sentido sectario de la palabra. Usan balotas blancas y negras para decidir si aceptan o no a nuevos miembros en sus logias (quienes quedan expuestos en carteleras al escrutinio público, como se hace en los clubes sociales). Inician personas, dan grados dentro de la masonería filosófica según el "rito escocés antiguo y aceptado", pero en general su importancia, comparada con lo que fueron estos movimientos en los siglos XVIII y XIX, es prácticamente nula. Sus miembros suelen ser personas honorables, con un buen comportamiento ciudadano, poco dogmáticas y bastante liberales en términos filosóficos, y merecen, creo yo, el respeto de cualquier persona.
La sede de Bogotá, en la casona que fue de la familia Kopp Dávila en el barrio de La Candelaria, es bastante agradable y tiene algún mérito arquitectónico. Esta Gran Logia de Colombia fue fundada en 1922 y entre sus Maestros se cuentan Darío Echandía, Alberto Lleras Camargo y Miguel López Pumarejo. Si bien estas figuras son muy destacadas, los masones colombianos más importantes se dieron durante las guerras de Independencia y en los primeros años de la República, en especial con multitud de logias que nacieron por inspiración del general Santander y algunos otros próceres como Nariño, Caldas y José María Córdova.
Para nuestra sensibilidad de hoy, tienen manifestaciones más bien histriónicas y anacrónicas, como cualquier asociación que se base en rituales, ceremonias, uniformes, jerarquías, y quizá la característica que más los acerca a lo pueril y decimonónico sea su negación a recibir dentro de su seno a mujeres o a personas con impedimentos físicos (cojos, ciegos, mancos, tuertos). Me recuerda al Club de Toby de las tiras cómicas: "No se admiten mujeres". Algunos añaden: "Ni ateos". Pero bueno, lo mismo ocurre en el sacerdocio católico, entre los rabinos judíos y los ayathollas islámicos. El machismo es una constante de muchos fenómenos culturales. Como uno de los lemas de la masonería es la tolerancia, espero que tanto los hermanos masones iniciados como los lectores profanos tomen mi fantasía masónica del primer acto con el debido sentido del humor.

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