Bajo la neblina helada que cubre las garitas de la cárcel de Cómbita y la laguna del Barne, a las siete y media de la mañana de un sábado de visitas, llegan las primeras mujeres. Algunas son ancianas, otras jóvenes o de mediana edad. Algunas vienen desde muy lejos: de Riohacha, Saravena, Mocoa o Florencia. Otras se mudaron a Tunja para estar cerca de sus maridos y tardaron solo 15 minutos en bus. Otras durmieron en los cuartos que se arriendan en las casas vecinas. En ellas también se alquilan lockers para que las visitantes dejen sus pertenencias y se cambien. Algunas llevan niños en brazos o de la mano. Son las que tienen visita familiar. Otras están solas. Se ven más tensas, más ansiosas, más incómodas. Van de visita conyugal. Pero todas visten falda corta y sandalias de caucho o cuero. Ninguna está maquillada ni perfumada, o lleva joyas, hombreras, brasieres de varillas y paquetes en la mano, solo la cédula y un papel blanco con sus datos. Así lo exigen en esta penitenciaria. Por las rodillas y los tobillos notan si quien ingresa es un hombre vestido de mujer que busca intercambiar vestimentas con un preso y entregar su libertad por el presidio. Para eso la falda. El resto es para evitar que escondan en una hombrera, tacón o brasier, algún objeto prohibido.
Desde un rincón, las veo pasar por el puesto de inmigración de este "país de restricciones". Un guardia, sentado tras la ventanilla, revisa que hayan sido inscritas por solicitud del interno y captura su imagen con una cámara digital. Una a una extienden su brazo derecho y otro guardián les pone un sello redondo con el nombre del ex ministro de Justicia Lara Bonilla. A las que van a cumplir con el sagrado débito conyugal les estampan otro rectangular. Van luego a la primera exclusa, un cilindro de vidrio detector de metales. Luego pasan sus sandalias por una máquina de rayos láser y esperan descalzas sobre el cemento helado a que constaten que no vaya nada encaletado.
La siguiente parada de este vía crucis es la silla turca, como le dicen acá. Las recibe una mujer uniformada, les pide que se sienten, cierra la puerta, corre una cortina de baño azul con caballitos de mar y las requisa exhaustivamente. No las desviste ni les hace tactos vaginales, como lo hacían antes, pues una tutela lo prohibió. Luego espera el veredicto de la máquina: si están libres de metales se prende un bombillo verde, de lo contrario, uno rojo. También, les pasa una papeleta por la ropa que detecta si han manipulado drogas o pólvora. Al salir de este control, otra requisa policiva y un sello más.
No se trata de medidas caprichosas. Esta no es una cárcel para ángeles y por eso la custodian alrededor de 400 dragoneantes. Muchas mujeres han intentado cruzar la frontera como mulas, cargando en el recto, la vagina o el estómago cápsulas de hasta media libra de estupefacientes del tamaño de una berenjena por sólo $100.000. A otras se les ha encontrado allí mismo un revolver 38 largo o un par de granadas y a una, que dijo no tener dónde más guardarlas, sus joyas y reloj. Una mujer gorda tenía una faja de bolsas de aguardiente apretada a la panza tan fuerte como el hilo negro dental que usaba. A todas las procesaron por tráfico de drogas o armas, menos a la última a la que solo le prohibieron la entrada.
El capitán Toledo, comandante de vigilancia de Cómbita y de la cárcel de mediana seguridad vecina del Barne, pasa por todos los controles. Lo saludo y empieza a explicarme el proceso, pero por un momento dudo de la seguridad de esta cárcel en la que hay 144 extraditables y en la que estuvieron recluidos el Caballista, los hermanos Rodríguez Orejuela y, por equivocación, Juan José Restrepo Gaviria, el homónimo de un narco, al que liberaron hace poco antes de que fuera extraditado por error. Veo un perro gosque blanco y negro en medio de la exclusa. Lleva un collar metálico, se abre la exclusa y entra como por su casa. El capitán me explica que el perro es Jonás, el mismo que una vez lo salvó de ser degollado por un recluso que pretendía fugarse. El mismo héroe canino que hace unos días encontró los explosivos en inmediaciones de la cárcel que los medios asociaron a un plan de la guerrilla para liberar a Simón Trinidad, el preso más vigilado de Cómbita. Este hombre, a una firma de ser extraditado, permanece encerrado en una celda día y noche, separado de los demás. Solo tres personas saben en qué celda está, entre ellos el capitán Toledo, que le entrega personalmente su comida para evitar que lo envenenen. Sale una o dos horas a tomar el sol y, hasta la fecha, nadie distinto a su abogado lo ha ido a visitar.
Sospecho que la aparición de Jonás es otro control migratorio de la visita. Él, que, según el Capitán, llora cuando lo ve deprimido, y otros perros antiexplosivos son los únicos animales que hay en Cómbita. No pasa lo de la Picota, en donde cuentan que hace dos años encontraron 4.000 animales, entre los que había perros y gallos de pelea, conejos, serpientes, babillas y hasta un tigrillo. Se dice que había celdas con puertas blindadas, enchapadas en mármol, que se hallaron una gallera y varias luces de discoteca, así como un arsenal de armas y explosivos. Eran tiempos de batallas campales en las cárceles entre paras y guerrillos, días en que los caciques de los patios cobraban por dormir en las celdas y utilizar colchón, torturaban y secuestraban a los recién llegados que no se sometían a su imperio de miedo y se hacían ricos vendiendo en los caspetes desde drogas hasta langosta. Pero llegó la nueva cultura penitenciaria y el Inpec eliminó la circulación de moneda en las cárceles, creó unas cuentas a nombre de los reclusos de las que pueden debitar $23.000 por día para gastar en su expendio y solo dejó a los condenados tener dos uniformes, una muda de civil y algunos libros. Así pasa, al menos, en las cárceles de alta seguridad como esta, donde ya no es común encontrar prostitutas infiltradas como esposas por la falta de dinero circulante. Lo que sí no han logrado aún es mezclar paramilitares con guerrilleros. Una vez lo hicieron, pero los noticieros empezaron a anunciar las muertes del día: "Hoy murieron siete guerrilleros", decía con una sonrisa un presentador y los paras celebraban como si hubieran ganado 7-0 un partido de fútbol.
Hoy el turno de visita lo tienen los paras del pabellón número 2. Cambian el uniforme por la muda de siempre y no más. No pueden usar colonia pues con ellas o con frutas se elaboran clandestinamente sustancias alcohólicas como el chamber, trago famoso entre los presos.
Al ingreso del patio de visitas, el radio de un guardia reproduce la voz de Tony Croatto: "Navidad que vuelve, tradición del año. Unos van alegres, otros van llorando...". Las mujeres se registran de nuevo y las marcan con un sello invisible que solo se ve con una lámpara ultravioleta a la salida. "Hay quien tiene todo, todo lo que quiere y sus navidades siempre son alegres", sigue repitiendo la salsa, mientras una mujer pasa por la última exclusa, dentro de la que suena una melodía navideña de dentistería, que pretende darle un poco de color a esta ciudad opaca, en forma de octaedro, de 110.000 metros cuadrados, capacidad para 1.620 internos, bloques de cemento y cielo cobalto.
El sol se asoma, el clima se calienta y las mujeres van ingresando al patio de visitas. El lugar es del tamaño de dos canchas de baloncesto, tiene dos rodaderos, tres columpios, tres balancines, algo de pasto, sillas plásticas Rimax, piso y cubos de concreto para sentarse. Está vigilado desde una garita por un centinela armado y una cámara. Un sargento, un "distinguido" y dos dragoneantes recorren el patio, cada uno armado sólo con un bastón de mando, pues adentro nadie puede portar armas de fuego.
Oigo a lo lejos las voces de los reclusos que celebran la llegada de las mujeres y los gritos de los que juegan fútbol porque no tienen turno de visita o porque hace ya cierto tiempo que nadie pasa a verlos. De dos en dos, los guardias los van llevando por el corredor y, antes de ingresar al patio, los liberan de las esposas.
Cuando entro al patio de visitas íntimas ya todo es silencio, nerviosismo y ansiedad. Tras una reja, unas doce o trece parejas, con sábanas y cobijas bajo el brazo, hacen fila y otras se recuestan sobre las cobijas extendidas en el piso, ya aliviadas por haber saciado su deseo, esperando a que llegue la lasaña de $6.000 que encargaron en el expendio y que dedujeron de su cuenta. Al frente, en un patio exacto, es la visita familiar. Allí sí se oye el vaivén sonoro de las conversaciones y gritos de los niños en los columpios.
En el segundo piso, donde están los cuartos, un guardia atraviesa el corredor pitando y anunciando que ha finalizado la hora y media y deben vestirse para salir. Uno por uno abre con la misma llave los cerrojos de las puertas blancas que a la entrada de cada pareja cerró. Los de la fila se inquietan y, por fin, luego de que una brigada de limpieza pasa por los cuartos rápidamente, pueden subir. Un guardián lee el nombre de las parejas y por orden de llamado suben los 18 peldaños para tomar alguna de las habitaciones, numeradas de la 201 a la 226, como cualquier hotel.
Me quedo abajo esperando. Hace una semana conocí los cuartos y encontré escrita sobre una de sus puertas una amenaza de los paras que declaraba objetivo militar a un tal Bermúdez por sapo, pero ahora tengo prohibido subir para no molestar a las parejas. Tampoco insisto. Una mirada de más a la mujer de algún paramilitar sería suficiente para temer por mi pellejo. Cuando se está encerrado, los celos se multiplican como conejos salvajes en la cabeza, y alborotarlos no sería saludable.
Sé que los 26 cuartos son de bloques de cemento desprovistos de pintura. No tienen más de 2,5 metros cuadrados de área y 3,5 de alto. Cuentan con un sanitario, una ventana diminuta, una lámpara de neón que prenden sin importar que los amantes prefieran la oscuridad y una cama doble de concreto, sobre la que hay una almohada y un colchón grueso y cómodo, cubierto por un forro plástico del mismo gris mustio de las garitas, los muros, las mallas de seguridad que rodean la prisión y los alambres circulares, que con sus chuzos afilados amenazan con clavarse en la carne de cualquiera de los 1.531 reclusos que intente fugarse. Del mismo gris lánguido de la ducha y el lavadero con que, también, está dotado cada cuarto. Son fríos y desapacibles como toda esta ciudadela de sombras. Pero de qué quejarse si en las viejas cárceles la visita íntima es en la celda, junto a los demás compañeros y separados, no por muros incoloros, sino por sábanas de todos los colores. Es el hacinamiento que impide que todos gocen de un lugar apto para reunirse con su pareja, pero que hace que la visita familiar se mezcle con la conyugal y los presos puedan acostarse indistintamente con su pareja, con prostitutas o con cualquier amiguita cada ocho días y no cada mes. Según el Inpec, hay capacidad para 40.000 reclusos y existen 69.000; se han construido cinco cárceles en los últimos diez años y se esperan crear 24.000 nuevos cupos, con la construcción de quince centros de alta seguridad iguales a Cómbita, que fue inaugurada en el 2002, y costó más de 30.000 millones de pesos. Todos tendrán la misma galería de visitas.
Algunas parejas se quejan. Quieren más tiempo y eso que a todos se les prolongó 45 minutos más su paso por el cuarto, pues decidieron sacrificar la visita de hombres de los sábados para que todo el fin de semana fuera de visitas femeninas. Una mujer le dijo al director de la cárcel que necesitaba por lo menos tres horas para poder hablar en privado de los problemas con su marido. No le hicieron caso, pues a esos cuartos se va a lo que se va y nadie pierde el tiempo con charlas innecesarias. Otro preso pidió más tiempo, pues se las daba de ser un gran semental. Un compañero le dijo al director: "No le pare bolas, ¿no ve que ese en cinco minutos está listo?".
No está permitido llevar flores, ayudas ni juguetes sexuales. Cada uno tiene lo que le dio la naturaleza y punto. Eso sí, se patrocina la salud sexual y a la entrada de los cuartos, se les entregan condones a quienes los soliciten. No hay lugar para el romanticismo o las fantasías eróticas, claro que hay quienes han conocido mujeres en la visita familiar, se enamoran y allí mismo se casan. En el caso de las visitas del Buen Pastor de Medellín y Bogotá (que más parecen colegios de mujeres abandonadas que cárceles como Cómbita o la Modelo) son pocas las mujeres que reciben visitas. Muchas terminan enamoradas de los "chachos", como les dicen a las marimachas, y las que ven a sus maridos intentan cambiar el tendido de su cama y meterle un poco de romanticismo femenino al asunto. Tienen una ventaja sobre los hombres: si quedan embarazadas podrán pedir que las dejen libres por un tiempo (desde dos meses antes del parto hasta seis meses después de dar a luz).
Aunque los muros de Cómbita son gruesos, a veces se escuchan por el pasillo los ecos de gozo y salen las parejitas con una sonrisa tímida de satisfacción. Otras rompen en llanto. Saben que deberán esperar treinta largos días con sus noches para volver a olvidar que son prisioneros durante los breves segundos del éxtasis sexual.
Lo que ocurre en cada cuarto solo lo saben el recluso y su mujer. Pueden haberla pasado como en su noche de bodas o haber peleado porque alguno tuvo un ataque de celos, porque ella solo quería hablar o tenía dolor de cabeza, porque él le reclamó no venir más a menudo y estar a punto de "coger la curva" (dejarlo). Pueden haber perdido la ocasión por una precipitada exaltación o un episodio de impotencia o haberse comportado como fieras. Solo ellos lo saben. Durante hora y media ningún ojo ni cámara los vigila. Pueden dedicarse a una operación prohibida y en vez de intercambiar caricias y besos reprimidos, liberarse ella de un paquete que lleve en su interior y entregárselo a él para que lo camufle en su cuerpo, lo venda y multiplique su valor en un quinientos por ciento. Pueden intercambiarse la ropa o intentar fundirse en uno solo para escapar, pero será en vano. A la salida caerían cuando cotejen la huella digital del que sale con la de la mujer que entró y noten la ausencia de los sellos con que queda marcada cada mujer por su visita. Aunque durante unos segundos los reclusos logren fugarse dentro del cuerpo de su mujer, no podrán abandonar este "país" desolado y frío como el hielo. A no ser que cumplan su condena, sean trasladados o extraditados. Si se los llevan a una cárcel norteamericana de por vida, estarán condenados al celibato vitalicio y esa hora y media en los cuartos de Cómbita habrá sido la última vez que hagan el amor con una mujer. En el país de las libertades no están permitidas las visitas conyugales. Allí, solo pueden sentarse frente a una mesa con su mujer, tomarle las manos y charlar mientras un guardia los vigila o conformarse con estrellar su dedo índice contra el vidrio del locutorio, sosteniendo con la otra mano el auricular, al estilo del saludo E.T.
Son las tres de la tarde. Anoche llovió y, pese al calor, aún el suelo está húmedo. Las señoras de los paramilitares se han ido y mañana estos cuartos serán testigos del amor entre cuarenta guerrilleros y cuarenta mujeres.

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