Si Un tal Simón fue reclutado contra su voluntad y decidió un buen día escaparse del regimiento en compañía de un "indio boyacense". Después de caminar una semana, los fugitivos llegaron hasta una mina escondida situada a la orilla del río Cauca. Del otro lado del gran río, el operador de la tarabita (creo que ese era el nombre de la silla colgante que servía de puente improvisado) les anunció a los recién aparecidos que no necesitaban peones; que solamente estaban contratando aserradores. El boyacense bajó la cabeza y siguió su camino (murió de hambre, aparentemente), mientras el paisa fingió de aserrador, encantó a los dueños de la mina, preñó a la empleada, amasó una pequeña fortuna y terminó su aventura como capataz satisfecho.
Leí el mismo cuento unas cuatro veces, instigado por varios profesores de español, pero encantado (al mismo tiempo) de sentirme miembro de una estirpe superior. El regionalismo con sangre entra. De la misma época escolar recuerdo con rubor una rima orgullosa, declamada tantas veces que no he podido, a pesar de varios intentos, reprimirla para siempre. Dice así: Hay un pueblo orgulloso y altanero/ que en sus montañas soliloquia/ pueblo de mercaderes el de Antioquia / que quiere ser de todos el primero. Y entre los mercaderes, por supuesto, sobresalían los culebreros, cuyas retahílas eran celebradas mancomunadamente como gestas heroicas. "¿Y cuánto te voy a cobrar por esto? Ni cien pesos, ni noventa, ni ochenta, ni setenta, ni sesenta, ni cincuenta, ni cuarenta, ni treinta, ni veinte. Yo solo te voy a cobrar una suma baladí, prismática, insignificante, pueril, ridícula. Una suma que ni empobrece, ni enriquece a nadie. Que te la tomas en un trago. Que se la das al primer pobre que halláis en el camino. La módica suma de diez pesos".
Pero el aserrador y los culebreros son solo asomos costumbristas de un inmenso iceberg de avispados. Los antioqueños "conservan una tradición de honradez pero son ambiciosos y tahúres en los negocios", escribió un sociólogo de antaño, quizás sin percatarse de la contradicción en los términos. "Aislados en tales desfiladeros y secuestrados del mundo por selvas y lomas", mis ilustres ancestros se dedicaron por muchos años a mercadear chucherías. A vender lo invendible con base en la magia engañosa de las palabras. "Vinieron las explicaciones indispensables, para las cuales resulté Víctor Hugo", dice el aserrador del cuento en un ataque de modestia.
Pero, cabe decirlo de una vez, los paisas son victimarios y víctimas al mismo tiempo. Los vivos, como dicen por allá, viven de los bobos. Pero ambos viven en la misma comarca. Los rebuscadores nunca han tenido que viajar muy lejos, pues siempre han encontrado víctimas propicias entre sus vecinos. Mejor dicho, si quisiéramos hacer más realistas los chistes de paisas y pastusos, tendríamos que convertir a los protagonistas desgraciados en otros paisas. Los primeros compran barato y venden caro. Los segundos compran caro y no se dan cuenta. Pero ambos comparten la misma patria chica.
Y todo este enredo nos lleva de la sociología a la política. Los políticos paisas (alcaldes y gobernadores) hacen y deshacen, dicen y desdicen, gobiernan y desgobiernan, y siempre son populares. La aprobación nunca cae del 70 por ciento. En la política antioqueña, los vendedores de pomadas cuentan con clientela cautiva, los aserradores de mentiras encuentran incautos de verdad, y los marrulleros hacen sus negocios con absoluta impunidad. Pensándolo bien, esa paradoja que llaman ahora el efecto teflón parece otro más de los inventos paisas: una manifestación corriente de la coexistencia pasiva de los vivos y los bobos.
Cabe preguntar entonces: ¿qué pasará después de que haya pasado el aserrador?

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