Se sienten cómplices de una astucia tan vieja como el mundo y pretenden firmar el catálogo de sus sentencias burlonas. Pero resulta que el refranero antioqueño está hecho de chispas ajenas y lejanas. Van algunos botones de muestra. En esas fábulas diminutas y filosas que son los refranes, la figura del caballo y otros cuadrúpedos menos nobles ocupa un lugar de privilegio, manadas de estribillos se refieren a los caballos, los asnos, sus patas, sus dientes y sus dueños. Y los autores no son propiamente arrieros soeces.
La perspicacia de mirarle el diente al caballo regalado está bien escrita en Gargantúa y Pantagruel. Así que ya se sabe quien reveló el secreto. Que "el ojo del amo engorda el caballo" es filosofía que se conoce desde Aristóteles. En un pasaje de su Economía, el personaje representado por un persa eleva la vista del dueño a pasto de lujo para los equinos. Y desde la labia del hambriento escudero de la Mancha, formada por un vasto repertorio de bastas verdades, ha quedado inscrito que "los cuidados ajenos, matan al asno". No sólo los numerosos borricos de las retahílas de Panza hacen parte de la recua de refranes que en Antioquia se considera sabiduría autóctona, también el Arcipreste de Hita, quien creyera, entregó sus lecciones para enmarcar: "Asno de muchos, lobos le comen".
Pero no "todo lo del pobre es robao". Un estudioso de los refranes sonados en Antioquia descubrió hace unos años que en su muestra de 436 decires había 55 que se podían considerar montañeros de cepa. En la lista de hijos legítimos aparece el zurriago contra negros e indios. "Negro, ni mi caballo, porque se pierde en la madrugada"; cuando faltan caballos para la comparación el genio paisa encuentra de donde agarrarse: "Negro, ni la cogedera". Y para las negras todo es agua de rosas: "No hay negra que mal no huela". En cuestión de indios la sabiduría popular previene sobre la calidad de su compañía. "El que va con indio va solo"; y para el anochecer del camino se pronostican dolores: "El indio al final da la patada". Y como los refranes son venganzas, un mestizo sultó su palabra y zanjó la discusión: "El que no tiene de inga tiene de mandinga".
Los refranes además de ser garrote viejo y advertencia sabida, son pañuelo para todas las resignaciones, versión ramplona del sermón para soportar las penas en este valle de lágrimas. Consuelo de rezanderos. "No hay mal que por bien no venga", "peores nalgas tiene mi suegra", "al mejor cazador se le va la guagua".
Pero en cuestiones matrimoniales el refrán no sirve para alivios ni mentiras piadosas. Los ya casados intentan una advertencia, "antes que te cases, mira lo que haces", para los sordos sigue el consejo de rigor, "la mujer casada, en la casa y preñada". Y en este punto adiós a la resignación: "casado, pero no capado". Tranquilas las damas que también tienen lo suyo: "Mejor vestir santos, que desvestir borrachos".
En tierra de culebreros es lógico que abunden los tatequietos para las cigarras y siriríes. El dicho escueto intenta vacunar contra los arrebatos de la lengua. Parece que a nada le teme tanto el coplero como a su propia elocuencia. "La palabra es playa, el silencio es oro", "el que mucho habla, mucho yerra", "por la boca muere el pez".
Así que va siendo hora de tomar consejo y cerrar con algunos anillos para el dedo de los políticos. Rían los inconstantes, los veleidosos, las plumas que lleva el viento de un bando a otro. Les ha llegado una defensa inmejorable: "El que no se voltea, no se asa". Y para nuestro refranero mayor, para el experto en tapar heridas con enjalmas, va un refrán de mando: "como es el alcalde son los policías".

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