En la búsqueda de un sentido a este desborde de curvas escultóricas y de carnosidades precisas en los labios lascivos, creo que tampoco ha triunfado el profesor Juan Diego Ramos. Con paciencia, este estudioso criollo de la belleza que nos enajena ha tratado de hilar la armonía con la hermosura con el deleite con la unidad con el balance con la simetría, y para hallar un sentido a todo eso junto ha caminado por calles y por libros. Lo debe haber cogido la noche por ahí, en el humero de la barra de un bar o en la estridencia de una discoteca, absorto mirando el agitar de cabelleras finas y de tetas firmes, provocativas y lejanas y casi siempre ajenas.
Porque la belleza aguanta teoría. Ramos -en un tratado que se mandó para aportarle sustancia a una realidad ingrávida-, se fue lejos: el arte y el erotismo que propone Adolfo Loos; la naturaleza incompleta que dijo Aristóteles; el sentido del orden del que habla Gombrich; el término medio entre la monotonía y la confusión según Birkhoff, quien ve la belleza desde sus matemáticas. Y así. Michel Serres, Kant, Platón, Vitruvio, Leonardo, Le Corbusier, Magritte, Dalí y un etcétera en el que está hasta Maturana, no el nuestro, el que pudiera haber dicho que es preferible ser feo que bello, sino Humberto, el biólogo chileno, quien cree que la belleza no se puede trivializar considerándola tan solo desde lo sensorial.
Creo lo mismo, claro, pero no importa aquí. Ni ahora. La belleza interior, la del espíritu; qué alma reluciente, qué corazón hermoso, qué sentimientos preciosos, todo eso pertenece a otra era como es de otro tiempo aquel bambuco que hablaba de la antioqueñita que tiene negros los ojos/el cabello rizado/los labios rojos, porque ahora lo que hay es un decorado de iguales ombligos.
De ese perfecto ombligo que aparece súbito en la mitad del valle del vientre; que limita por el norte con las simétricas costillas curvas arriba de las cuales está este par de montes de bronce. Todo en esos cuerpos es geometría y geografía: las planicies que se abren al sur de las clavículas, los ángulos del rostro, las esquinas de los pómulos y más al sur, de vuelta al sur, la crítica encrucijada que forman las redondeces y de viaje al sur el ombligo y más al sur de él la búsqueda y el hallazgo al fin del jardín en donde suceden las tempestades de nervios.
Todo eso. Todo eso para no hablar del resto de esa sensualidad que da tajada en una ciudad que está en la mira de amantes en trance y de novios postulantes. Esta Medellín en la que no hay ojos que alcancen para cubrir una oferta nutrida de los ombligos que dije y de las pelvis exhibidas con un desparpajo prometedor de perversiones que, sin embargo, se diluyen, casi siempre se diluyen, en el frente a frente cuando todo aquello se vuelve nada más que provocación. Digo yo. Digo que detrás de esa estética deslumbrante y esos trapitos encubridores, cuando corrés la cortina y esperás que la sexualidad te atrape, aparecen ellas como son casi todas ellas: muñequitas deliciosas y nada más; dominadas por un candor lejano muy lejano del bandidaje que te imaginás. Hablan contemplado y descubrís que todo ese esfuerzo de gimnasios y de dietas, esas cirugías que las han vuelto esculturas no son para los tipos, no, son para competir con el resto de las viejas en aquel concurso ancestral de espejito espejito dime quién es la más bella. Digo yo.
Y digo lo que dije de la paradoja que grita en las esquinas cuando pasan ellas. Y que grita aún más cuando -de pronto y por ejemplo- alguna de estas bellezas insustanciales, ligeritas de todo, alguna de esas que, como dice un poema de no recuerdo quién, cuando se desnudan quedan vestidas aunque sea de un concepto, cuando alguna de ellas mira un cuadro de Botero que retrata otra idea de belleza surgida en la misma Medellín.
Esa imagen: esas gordas desbordadas de Botero, desparramadas en sus grasas, felices de ser. Esas gordas que huelen y que saben, ahí, en el lienzo, rubicundas y contentas, miradas por estas bellezas de ahora, tan curvilíneas y tan provocativas. Y tan incoloras y tan inodoras.

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