los merenderos de Envigado que tocaban boleros destemplados, los vendedores de "solteritas" y de mangos, los bobos maliciosos de la estirpe de "Majija" o del loco de la mejilla quemada que presumía de ser Gardel -decía vivir de incógnito tras el suceso del avión funerario-, de toda esa legión de personajes delirantes, repito, nadie más fascinante que el culebrero.
La ciudad tenía forma de esqueleto de pescado: una larga calle como espina dorsal y pequeñas callejuelas saliendo hacia los montes. El tren cruzaba a cada tanto por Otrabanda y partía la ciudad en dos tajos de silencio. Lo mismo hacía a todas horas el río, ese río sin el abolengo del Rhin o del Támesis, al que Tomás Carrasquilla veía hacia 1919 como "manso y hospitalario", antes de que la urbe lo enturbiara tanto que fuera necesario lavarle el agua.
Cuando podía, con el pretexto de ir a la Plaza de Mercado de Guayaco, un barrio que alternaba un bar y una prendería durante varias calles y manzanas, en dos rasgos de eso que han llamado con espantosa pompa "la antioqueñidad" (la bebedera de aguardiente y el agio al mismo tiempo), le proponía a mi amigo Álvaro García que nos quedáramos en cercanías de la estatua del cubano Cisneros, el ingeniero que tendió los rieles del ferrocarril en Antioquia, porque allí llegaba el 'Indio' Zaragoza, que de tantos hombres que decía ser: buhonero en Quibdó, estafeta en Cimitarra, amansador de caballos en no se dónde, ya no sabía bien quién era.
De pronto, entre la marejada de las vendedoras de pescado, entre el humo de los tabacos de los bulteadores y el olor a frutas mezclado con tufaradas de humo y aroma de tamarindo, aparecía el culebrero:
-Caballero mirador, caballero observador, haga rueda, círculo concéntrico, esfera o esferoide para que pueda apreciar las bondades de este polvo de oso enamorado traído de las selvas de Caquetá. Este polvo no cura pero tiene el deber de curarle todas sus grietas, asperezas de piel, espinillas, acné juvenil y acné rosácea. No cura, pero tiene el deber de curarle las pústulas y ulceraciones y demás molestias ulcerativas. Caballero mirador, caballero observador, abra más la rueda que mientras más grande sea el círculo más pandequeso nos toca.
Era una monserga que de tanto oírla ya podía repetir sin equivocarme, como un padrenuestro. He oído y visto a otros culebreros antioqueños, como uno de apellido Correa, muy blanco y de ojos azulencos que sin embargo anda aún tocado de un penacho de plumas de guacamaya. Parece ser el último mohicano de los culebreros. Siempre está a punto de sacar la culebra de un costal o de un canasto, pero no lo hace casi nunca. No sé por qué su imagen se me asocia con un personaje de la actualidad política, el Señor de Los Establos. Sus llamados Consejos Comunales en los que siempre está a punto de entregar "una casita", o "una bibliotequita" que nunca se ven, me refuerza la idea de que el culebrerismo es una gran tradición paisa, venida a menos como pocas.
Valga la aclaración. No quiero ofender al 'Indio' Zaragoza ni al buhonero ojiazul comparándolos con un vendedor de específicos, alguien que supone que Establecimiento viene de Establo, un aspirante a fundar un país llamado los Establos Unidos de Colombia. De otra estirpe, más surreal y lírica, más juguetona e inocua, ha sido el rumoroso y casi desaparecido culebrero.

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