Me repatean los vestidos de novia blancos, con sus tules y corsés. Y los peinados rococó, postizo para incrustar el velo incluido o, peor aún, la cursilona coronita de flores si contrae nupcias en un entorno campestre porque encuentra ese adorno de lo más bucólico. Y las colas, que la mamá de la futura y sus amigas íntimas escoltan con fiereza de perro guardián. O los maquillajes de dos dedos de grosor que les dan un aire de solteronas enganchadas al último vagón.
Patético espectáculo que tendría sentido cuando lo puso de moda esa carcamal que fue la reina Victoria, custodia de la más rígida moral. Al menos en su caso parecía apropiado acudir al patíbulo revestida del blanco reflejo de su pureza virginal. Pero hoy día, tal como está el patio, harían mejor las víctimas en seguir los pasos de las que escogían el negro en épocas pasadas, así aquellas fueran viudas y las de hoy día solo futuras abandonadas. O el verde de los flamencos (Países Bajos, no aves), o el rojo de los celtas, si bien en Colombia sería aconsejable evitar ese color, señal de fertilidad, por obvias razones.
Cualquier cosa antes que embutirse en un vestido blanco y lucir como una pepona anticuada, pasadita de años, con ínfulas de inocente doncella. Un vestido generalmente se hace sobre medidas, unos seis meses antes del matrimonio y hay que hacerse unas seis pruebas hasta llegar a la prenda final. Su precio va desde los cinco millones hasta cifras inauditas. Aunque los invitados insisten en que nunca antes se la vio tan bella, afirmo que no hay retrato nupcial que resista el paso del tiempo. Todas parecen más jóvenes y modernas al natural, hasta diez y veinte años después.
Averigué que el anillo tiene una simbología precristiana. Como la sortija que para los antiguos egipcios representaba la eternidad, esta joya de oro suponía un compromiso para la mujer que ni siquiera ella misma nunca podría romper. En India el anillo se llevaba en el pulgar, las hebreas lo utilizaban en el índice y los europeos en el anular por una creencia griega del siglo III a de C. según la cual en ese dedo terminaba la vena del amor luego de nacer en el corazón y de recorrer todo el cuerpo. Algunos aros traían, incluso, una llave soldada. No era un signo amoroso, ni ningún título de propiedad sobre el corazón de su esposo. Era la forma de manifestar que su portadora era la dueña y señora de la mitad de la fortuna de su marido. Para los pueblos bárbaros que invadieron España en el siglo V la cosa iba más allá. El dichoso anillo recordaba los grilletes con que el macho debía evitar la fuga de la mujer que había raptado de otro clan para hacerla su esposa. En el secuestro lo ayudaba su padrino. De ahí, la costumbre de tener este tipo de cómplices.
Dicen que el origen del velo es oriental. Se remonta al año 2000 a. de C. cuando las solteronas lo usaban como señal de modestia y las casadas como muestra de sumisión. La idea era mantener a la mujer oculta de la mirada de los demás, apartada como hoy lo están muchas en el Medio Oriente al utilizar esa abominable vestimenta: la burka. A pesar de esto y de que el velo hoy en día siga viéndose más como un símbolo de sumisión y castidad, en otras épocas era utilizado para que el novio -que prácticamente tomaba por esposa a una mujer sin conocerla, según lo que ofreciera el padre- no pudiera verle la cara sino hasta una vez hecha la "transacción". Así no tenía forma de arrepentirse si la mujer era muy fea.
Yo no fui una excepción. Me vi más anciana de lo habitual, que ya es decir. Perdí la lozanía, sentí una repentina asfixia y unas incontenibles ganas de huir. El negro, proclamo, debería ser el color.

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