¿Qué tal esta ironía? Soy una persona que sufre de vitiligo, y vivo, literalmente, de darle color a la piel de los demás. Soy maquillador desde hace seis años, estudié artes plásticas y diseño de modas en la Universidad Nacional, pero por una casualidad de la vida terminé metido en el cuento de la cosmética y la peluquería. El color de mi piel era mi orgullo, pero como un mal chiste del destino, al poco tiempo de estar maquillando me di cuenta de que las manos se me habían llenado de pequeñas pecas blancas. Las pecas aparecieron en el pecho y las rodillas, luego se convirtieron en lunares, después en manchas y más tarde en parches blancos que me cubrían todo el cuerpo. Cada vez tenía que maquillarme más para que no se me notaran, sin que pudiera explicarme al menos de dónde habían salido.
Finalmente, el médico me dijo que tenía vitiligo: una enfermedad nerviosa en la que simplemente te toca sentarte a mirar cómo tu piel se va blanqueando, perdiendo su melanina natural, sin que tú puedas hacer absolutamente nada al respecto. Se supone que es una enfermedad indolora, pero duele mucho. Duele, porque da justo en donde más daño hace: en el ego. La gente no deja de mirarte en la calle; todos creen que tienes una infección contagiosa. La piel se te ve como un dálmata o un san bernardo, y cuando eres una persona que vive por y para la estética, no es fácil aceptar lo que estás viendo en el espejo. Me terminé cerrando al mundo. Me rechacé. No era capaz de desnudarme frente a alguien y pasaba horas enteras maquillándome el cuerpo para salir. Era normal verme con sacos de cuello de tortuga. Probé de todo para curarme: cremas, pastas, tópicos y hasta medicina alternativa, pero nada funcionó. Tenía que usar dos capas de bloqueador todos los días porque mi piel se volvió hipersensible al sol y el día más nublado me podía insolar de la manera más terrible.
Un día los médicos me dijeron que ya tenía el 70 por ciento del cuerpo blanco y que el proceso era irreversible, así que por qué mejor no trataba de acelerarlo. Me sometí a un tratamiento devastador que me provocó un cáncer de piel que casi me mata. Eso fue lo único que me hizo reaccionar. Porque cuando ya no encuentras ninguna salida, lo único que te queda es quererte. Me di cuenta de que el vitiligo me hacía único y que la gente me reconocía fácilmente gracias a mi color. Así, poco a poco, volví a quererme.
Siempre, después de bañarme, tengo que embadurnarme de bloqueador para no insolarme y todavía me maquillo bien la cara antes de salir a cualquier lado. No había vuelto a usar un vestido de baño, pero la buena noticia es que hace poco lo volví a hacer. Después de echarme un rato al sol, entre los parches blancos aparecieron pequeños lunares oscuros, iguales a los que alguna vez se propagaron en mis manos. No sé. Tal vez un día vuelva a dejar de ser único, pero en el fondo no me importaría, con tal de que regresen el color y la tranquilidad, y todo vuelva a ser tan colorido como antes.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.