Han de saber que me considero el hombre mejor casado del mundo y que me gusta proclamarlo. Hagamos un poquito de historia para que se entienda por qué lo digo: antes de que conociera a Gloria Valencia en aquel inolvidable 13 de enero de 1944 había tenido toda suerte de noviecitas de vespertina, zanahorias, bien portadas, algunas muy bonitas, otras no tanto sin llegar a ser nunca gurres, porque mi vanidad no me lo hubiera permitido. Hoy las saludo con afecto y nunca dejo de preguntarles cuántos nietos tienen. Fueron, en fin, niñitas de uniforme de colegio, de rubores inexplicables, con la sola excepción de una inmigrante esplendorosa que las persecuciones de Hitler arrojaron un día, para mi desventura, en la carrera 7ª con calle 21 de Bogotá, como dependiente de un almacén de electrodomésticos. Esa fue la única mujer perturbadora que había conocido antes de que apareciera Gloria.

Cuando mi padre vio caminando a la inmigrante en la puerta del edificio Agustín Nieto, donde tenía sus oficinas, me empacó de inmediato en el vapor Santa Lucía de la Grace Line que salía para Nueva York. Nunca la volví a ver.

Gloria Valencia era la mujer más bella de su tiempo. Cuando la vi por primera vez, de cerca, quedé paralizado de admiración. Recuerdo que musité para mis adentros: "Dios mío, que sea bruta". ¿Bruta? A los pocos escarceos quedó claro que el inculto era yo, que había leído a saltos El Quijote porque me lo había regalado una cuñada el día de mi Primera Comunión, La decadencia de Occidente, de Spengler, y dos o tres biografías de personajes del Renacimiento. En cambio, la bellísima ibaguereña era profunda en La montaña mágica, en Faulkner, en Camus, en Sartre, en Hesse y ya no recuerdo cuántos más. Y había leído, cosa insoportable, el Ulises, de Joyce; ¿sería escasona en el amor por la música clásica, en el que me había inducido cuando niño mi condiscípulo Hernando Durán Dussán? En absoluto. Los desocupados que la veían bajarse del tranvía de franja amarilla y subir por la calle 24 no sabían que se iba a concentrar por lo menos durante tres horas, con los ojos verdes entrecerrados, en el mundo de Bach, de Bartok, de Brahms. ¿Soberbia? ¿Desdeñosa? Tampoco. Cuando las niñas de su edad iban a cine o a comer helados, ella, guiada por don Gustavo Santos, se iba por allá a una vieja casa que amenazaba ruina en el barrio de Egipto. ¿Saben a qué

, a contarles cuentos a los niños del barrio. Tenía que tener algún pierde. Yo no se lo encontré y después de aplicarle el primer beso, el 5 de febrero de 1944 -fecha que continuamos celebrando sagradamente año tras año- de dictarle mi tesis de grado entre beso y beso, vigilados por la mamá mientras cosía, me casé con ella el 14 de junio de 1947 en la iglesita de San Diego. Se me olvidó llevar el ramo blanco de novia. Me trepé a uno de los magnolios que había en el Parque Centenario y arranqué tres magnolias que ruedan todavía en los retratos de aquel día.

Los amigos me acompañaban en mi deslumbramiento. Cuando nuestro noviazgo se hizo firme y abierto a todas las miradas, el Café del Rhin se desplazaba casi en pleno a la casa de Gloria para tomar roncitos y oír cantar boleros a Hernando Murillo y a Rafael Urdaneta.

Cuando se la presenté al poeta Jorge Rojas pidió un ron Bacardí -era el distribuidor exclusivo para Colombia- y produjo:

"Oh Gloria inmarcesible, deseada

por la televisión y por los sueños

para que al fin, los aires queden dueños

por igual de tu voz y tu mirada".

Ojo: Rojas escribió estos versos diez años antes de que llegara la televisión a Colombia.

Ya casados, lo que más agradezco a Gloria es que no me haya hecho sentir nunca la pesadumbre de la rutina diaria, lo que Aurelio Arturo llamaba el paso de "los días que unos tras otros son la vida". Todo transcurre mansamente en mi casa, la misma que hemos habitado desde hace más de cuarenta años, la misma de donde han partido nuestros dos hijos a formar sus hogares. Nunca en nuestra casa hay accidentes de tránsito, ni semáforos, ni disputas por el agua caliente. Solo hay una prohibición terminante: el cigarrillo.

Cuando me baila el ojo, al paso de los churritos de tiernísima cintura, Gloria mira invariablemente para otro lado pero eso sí, si considera que alguna dama me está gustando más de lo conveniente me la invita a la casa al desayuno, al almuerzo, a la hora del té, a la comida, en una estrategia de saturación inventada por ella que le ha producido óptimos resultados.

Mis relaciones con la suegra, doña Mercedes, quien ha llegado ya a la impresionante suma de 98 años de edad, merecen capítulo aparte: nunca hemos tenido ni la más leve desavenencia y, si la hemos tenido, ambos la hemos ocultado con maestría en homenaje a Gloria inmarcesible.

Por último, señoras y señores, desde hace 59 años Gloria y yo estamos trabajando juntos todos los días y por las noches apagando la luz a la misma hora.

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