Sí, lo admito bailé con la más fea, pero me siento orgulloso de que haya sido con la fea más famosa de Colombia. Había llegado el momento de caerle a Betty para lograr que ella mantuviera su silencio sobre la doble contabilidad que llevábamos en EcoModa. Empecé con detalles de todo tipo como tarjetas, flores y una que otra mirada matadora para enamorarla.

Una noche la invité a salir y nos fuimos para un hueco; por ningún motivo iba a dar el papayazo para que alguien me viera con ese esperpento. Yo me tomé unos buenos tragos para soportar el suplicio. Primera canción: un bolero y de inmediato para la pista de baile. Éramos la única pareja, Betty se me colgó del cuello como esos micos de peluche que venden por ahí, yo solo miraba al techo. Cuando ella levantaba su cara de mi pecho, yo disimulaba con una sonrisa. No hablábamos y solo se oía el chasquido de los dientes de Betty a causa de su frenillo. La verdad es que nada peor podía pasar, pero pasó. Interrumpieron la música y habló un dicharachero animador que anunció que nos habíamos ganado el premio como la Pareja Bar Karaoke de la noche. La gente se paró a aplaudirnos, nos dieron un micrófono, empezamos a cantar y bailar. En medio de unos destemplados coros de Si nos dejan, me aguanté cuatro pisotones que ella me aplicó sin darse cuenta. Betty seguía engarrapatada, enfuruñada a mi cuello y en medio de todo quería lucir tierna. Soporté la situación con estoicismo y nos dieron nuestro premio por ser la mejor pareja de la noche. Sé que muchos colombianos nos vieron bailando y a mí muy tensionado, pero, finalmente, ella conquistó mi corazón.

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