Recuerdo haber llegado a Soacha con bastante antelación, en compañía del entonces concejal de Bogotá Patricio Samper Gnecco. Algo así como a las seis y cuarto de la tarde. Estuvimos esperando en la plaza y nos sorprendió mucho que en medio de esa incertidumbre sobre las medidas de seguridad y sobre la información que se tenía del peligro que existía, Galán hubiera accedido a llegar al municipio en una camioneta. Los organizadores de la manifestación lo bajaron del carro a la entrada de Soacha e hicieron todo el recorrido en una camioneta descubierta. Era algo inconcebible. El carro en que llegó era el mismo del entonces jefe de debate César Gaviria, un vehículo blindado muy superior al de Galán, asignado por el Gobierno Nacional.

Galán venía de una reunión en la sede de Alfonso López Caballero, entonces candidato al Senado de la República y quien se había vinculado a la campaña. Llegó a la plaza y se inició el acto. Yo estaba dos metros detrás de él, como se ve en la foto que tengo colgada en mi oficina, tomada segundos antes del magnicidio. Quien porta la metralleta y estaba al lado derecho de Galán era el subescolta de confianza, también asesinado en ese acto, al igual que un concejal de Soacha de apellido Peñalosa que estaba en la mesa principal.

Subimos a la tribuna e inmediatamente se produjo el atentado. Si los sicarios se hubieran esperado cinco segundos más, probablemente todos habríamos muerto. Al subir Galán levantó inmediatamente los brazos para saludar a la multitud y en ese momento el chaleco se subió y Luis Carlos recibió los impactos que le costaron la vida. Si los asesinos no hubieran disparado de inmediato, se arma el tradicional corrillo de dirigentes adelante y las víctimas habrían sido muchas más, entre ellas Yolanda Pulecio, Patricio Samper, Juan Lozano y, claro, yo, que era el secretario privado de la campaña.

Oímos los disparos, nos botamos al suelo y un escolta se lanzó sobre mí. Recuerdo a Patricio Samper colaborando para montar a Galán en el carro en compañía, tal vez, del doctor Juan Lozano. Nos llevaron a la Alcaldía que se encontraba detrás del escenario y que cerraron y rodearon de medidas de seguridad. Nadie sabía allí qué estaba ocurriendo. Por cinco o más minutos, disparaban unos y otros. Era un verdadero caos y conmoción. Estuvimos en ese lugar, cerca de dos horas sin tener información clara, no podíamos entrar ni salir, y allí escuchamos por radio la triste noticia de la muerte de Luis Carlos. ¡El horror! Hora y media después salimos y nos trasladamos al Hospital de Kennedy.

El país conoce lo que sucedió en el momento entre el que Galán fue montado al carro y su llegada al Hospital de Kennedy. Pararon en un puesto de salud donde le brindaron unos auxilios. Eso fue una locura, retardó la llegada al hospital. Los médicos que lo atendieron en Kennedy señalaron que no había nada que hacer. Le perforaron la vena aorta. Así hubiera tenido un servicio mucho más ágil, seguramente no habrían podido evitar que se desangrara.

Antes se discutió mucho sobre la conveniencia de ir a Soacha, pero posteriormente se supo que si se hubiera cancelado la manifestación, también había previsto un segundo atentado en una reunión que teníamos al día siguiente en el municipio de Villeta.

La muerte de Galán fue un horror. Nos impactó a todos profundamente perderlo y ver cómo se desvanecía un proyecto que habíamos construido durante tantos años y en el que teníamos cifradas nuestras esperanzas.

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