El día anterior a su asesinato ya tenía todo planeado: había reservado una mesa en La Piazzetta para almorzar con Diego Uribe y con Luis Carlos Galán, y por la noche iría a una inauguración política de Alfonso López Caballero en Teusaquillo, antes de ir al discurso de Soacha. El viernes, como habíamos convenido, nos encontramos a las doce y media p.m. Recuerdo que durante la conversación, Galán sacó un papelito donde empezó a escribir las listas al Senado y a la Cámara tal cual como quería que quedaran, mientras conversábamos. Al terminar de escribirla se la guardó en un bolsillo y jamás volvimos a saber de ella, como si se la hubiera tragado la tierra. En algún momento le manifesté que estaba asustada y que prefería que no fuera. Le sugerí que nosotros podíamos ir en representación suya, y me contestó furioso, como nunca lo había visto en la vida: "¡Ese cuentico me tiene aburrido y yo tengo que defender mis ideas!". Galán creía que el DAS tenía todo bajo control y aseguró que ellos iban a inspeccionar casa por casa como medida cautelar de seguridad. Terminamos de almorzar a las dos y media y se despidió con un enérgico "nos vemos esta noche".

Yo, que siempre he sido muy cumplida, llegué antes de tiempo al evento político de López Caballero, pero nadie apareció. Entonces decidí irme a Soacha. Cuando llegué me encontré con Héctor Anzola, Consuelo Lleras y Diego Uribe cerca de la carrilera del tren a la entrada del pueblo. Estuvimos hablando un buen rato cuando de pronto vimos que una limusina negra llegó, y de ella se bajó Galán. El primer momento sospechoso de la noche fue cuando los organizadores lo convencieron de que se subiera atrás de una camioneta blanca completamente descubierta, encima de una tarima improvisada, con la excusa de que la gente lo pudiera ver mejor. Recuerdo muy bien que en la camioneta también iban los hombres de la pancarta, que de entrada me parecieron sospechosos por estar vestidos de blanco a pesar de la fría noche bogotana. Les manifesté mi

inseguridad a los nuevos escoltas, a lo cual respondieron que todo estaba controlado porque él tenía chaleco antibalas. Para asegurarme de ello estiré mi brazo para tocarle la espalda y efectivamente sentí el mencionado chaleco. Galán, al sentir mi mano, se volteó y me dijo suavemente: "No te preocupes".

Al bajarnos de la camioneta vi una gran multitud. Había hasta gente encaramada en los árboles y pude sentir una siniestra confabulación. Un grupo de gente quiso alzarlo pero no se dejó. Tiempo después de su asesinato pensé que lo querían tener en un punto visible para que recibiera un tiro en la cabeza. Recorrimos unos metros más hacia la tarima, yo siempre un poco atrás de él debido a la caída que sufrí y que creo que me salvó la vida, porque si no me hubiera quedado rezagada habría quedado al lado del concejal Julio César Peñalosa, que también murió. Cuando subió se paró en una silla. En ese momento yo estaba apenas subiendo unos escalones, cuando en cuestión de segundos alzó las manos en señal de saludo y empezó el ruido de los tiros mezclado con el de la pólvora. Los escoltas me gritaron "¡doctora, al suelo!" y sentí una ráfaga de balas que provenía de todos lados, incluidos los árboles. Incluso cuando se llevaron a Galán siguieron los disparos, mientras yo estaba segurísima de que los criminales habían salido de abajo de la tarima porque los disparos provinieron de muy cerca. Cuando todo se calmó me fui corriendo a la alcaldía de Soacha, buscando un refugio seguro. Justo ahí, en el despacho del alcalde, fue cuando escuché por la radio que estaban necesitando sangre tipo O negativo para Galán, que es muy difícil de conseguir y que casualmente era mi tipo. Salí corriendo para buscar a mi chofer, que nunca lo encontré, y cuando vi a una ambulancia me le atravesé por la calle. O paraba o me atropellaba. El chofer frenó y le dije que me llevara inmediatamente al Hospital de Bosa, pues yo era la única que podía darle sangre a Galán.

Cuando llegamos encontré a Galán en una camilla cubierto por una sábana blanca. Lo subieron en la misma ambulancia donde venía y siempre estuve al lado de él. Mientras le masajeaban el pecho para tenerlo con vida, un paramédico intentaba sacarme la sangre con una jeringa, trabajo que fue imposible por los miles de huecos en la vía y porque debido al trancón, el chofer decidió manejar por los andenes. Casi llegando al Hospital de Kennedy, una de las enfermeras preguntó sorprendida: "¿Y quién es este?", lo cual me dio mucha rabia. Le respondí que era Luis Carlos Galán, y acto seguido le quitó su argolla para dármela. Una vez en el hospital, mientras por fin estaban sacándome sangre para la transfusión, pensé con mucha tristeza: "Si se muere Galán, se muere el futuro del país". Minutos después salió el doctor Roa anunciando lo que todos temíamos, a pesar de que siempre conservamos las esperanzas. Tiempo después, al llegar a mi casa a las cuatro de la mañana, sonó el teléfono. Era mi hija Íngrid, quien siempre sintió una mala premonición, y seguimos llorando juntas desconsoladamente.

Efectivamente habían asesinado al futuro del país.

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