Estaba en Medellín. Trabajaba como directora de comunicaciones de la campaña política del precandidato Hernando Durán Dussán, que disputaba con Galán la candidatura presidencial por el partido liberal. Muy en la mañana, los noticieros de la radio estaban copados con una historia trágica: el coronel Valdemar Franklin Quintero había sido asesinado en una calle céntrica de la ciudad de Medellín. Tan pronto se conoció el asesinato, se realizó una reunión extraordinaria de seguridad. Con terror escuchamos las palabras del oficial de seguridad: "Los riesgos son muy grandes. Mi recomendación es cancelar cualquier actividad pública". Durán tomó la palabra: "No podemos permitir que nos amedrenten. Ustedes son los expertos, yo el político, y con el dolor en el alma por la muerte de uno de sus hombres, vamos a seguir adelante con nuestra agenda en Medellín. No voy a cancelar nada". Esa noche, en el coliseo cubierto Iván de Bedout había una manifestación que estaba programada por los caciques liberales. A las cinco de la tarde había llegado la hora de salir hacia el coliseo. Él se puso un viejo chaleco antibalas que detestaba, y antes de salir de la oficina una nube de escoltas lo rodeó. Bajamos al sótano donde estaban dispuestas tres caravanas con carros blindados, camionetas, motos y ambulancia. Cada una de ellas con rutas diferentes.

El coliseo estaba a reventar. El doctor Durán fue llevado por sus escoltas a la tarima donde lo esperaban todos los líderes políticos de Antioquia. En medio del discurso de Bernardo Guerra Serna, escuché en el radio con que monitoreaba emisoras el extra de Caracol. Esa cortinilla con el jingle que lo hacía a uno estremecer. "¡Extra! ¡Extra! La siguiente es una información del última hora. Mucha atención: el precandidato liberal Luis Carlos Galán acaba de ser víctima de un atentado en la plaza de Soacha…". Le subí el volumen al radio y solo atiné, lívida, a mirar a Durán. Temía que también pudieran atentar contra el candidato. Me levanté asumiendo una tranquilidad que no tenía, atravesé todo el escenario, me puse a espaldas del candidato y le dije:

­—Doctor Durán, atentaron contra Galán.

Me miró con ojos serios, como si lo estuviera interrumpiendo sin necesidad. Inicialmente no comprendía mi mensaje y con voz fuerte dijo:

—¿Que qué?

—Que atentaron contra Luis Carlos Galán.

Se paró de la silla y nos retiramos para que el resto de las personas que estaban en la tarima no escucharan la terrible noticia. La radio continuaba emitiendo información y la gente comenzó a preguntar qué estaba pasando. Los escoltas lo rodearon y su jefe de seguridad ordenó salir de inmediato del coliseo. Nos fuimos rumbo al restaurante La Aguacatala, donde estaba preparada una comida privada. En el camino escuché de nuevo en el radio: "¡Extra! ¡Extra! Galán acaba de morir…". Me desplomé en el asiento del carro. Recordé esa mirada pícara que me regaló Galán y la frase que me dijo el día que ingresaba por primera vez a la sede del Partido Liberal, luego de realizar el acuerdo para reintegrarse a la colectividad: "Ahora sí va a poder hablar bien de mí", me dijo sonriendo. Nunca he olvidado esa mirada. Yo cubría política en el Noticiero Criptón, de los Turbay. Y Galán era el opositor directo de todo lo que representaba Turbay.

En La Aguacatala, lo primero que hizo Durán fue pedir que lo comunicaran con el ex presidente Turbay. Luego intentó comunicarse con la familia Galán y con el Presidente. Habló con mucha gente, políticos, jefes de partido. Luego redactamos un comunicado lamentando la muerte de Galán. Mientras tanto, los de seguridad buscaban afanosamente un avión privado para trasladarnos a Bogotá. Cuando llegamos a Bogotá, casi a la medianoche, a Durán no le cabían las palabras de lo indignado que estaba. Furioso, manoteaba y gritaba "¡Es una infamia!". Se refería a las acusaciones que varios sectores le hacían por el asesinato. Y más que furioso, estaba dolido. No podía aceptar que lo acusaran de semejante atrocidad. Después de su retiro y al final de su vida, nunca se pudo recuperar de esos señalamientos.

Hoy, escribiendo estas líneas, estoy segura de que jamás podré olvidar a Galán, ese hombre carismático, de mirada profunda, de frases tímidas, que representó el sueño de una generación para cambiar este país y acabar de una vez por todas con la maldición del narcotráfico.

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