Valdemar no se iba a morir de la úlcera que todas las noches lo desvelaba. Tampoco de la taquicardia que le daba cada vez que cogía una fuerte contrariedad. Y en la familia, sabíamos que tampoco se iba a morir de viejo. Como todos lo hubiéramos deseado.A Valdemar lo iban a matar. Estaba sentenciado. Pablo Escobar le había puesto precio a su cabeza y un grupo de sicarios, que se movían como hienas por Medellín, estaba a su acecho. Unas aguas mansas que estaban en plena ebullición. Muy temprano del 17 de agosto, Valdemar recibió una llamada del entonces director de la Dijín, coronel Óscar Peláez Carmona. Valdemar colgó y se quedó pensativo por algunos minutos. Después se levantó y en voz en cuello dijo: "Van a matar al alcalde de Medellín". Llamó al Comandante de la Metropolitana y comentaron la información concluyendo que el atentado podría ser para el doctor Juan Gómez Martínez.

Casi a las nueve de la noche del 17, después de despedirse de todos sus hombres en el Comando, salió para la casa. Tranquilo porque el alcalde y sus hombres sabían qué debían hacer en caso de que algo llegara a ocurrir. Jamás pensó que el personaje contra el que iban a atentar era él. A las cinco de la mañana del 18 de agosto de 1989, Valdemar se levantó de la cama. Estaba a punto de empezar uno más de los operativos contra la mafia.

Muy pronto estaba listo. Ingresó al cuarto donde dormía nuestro hijo menor de quien se despidió y luego entró a nuestra alcoba. Era un hombre muy devoto. Antes de salir, rezó, luego se quedó pensativo y me dijo: "Viejita, nos hablamos más tarde". A las 6:05 de la mañana cerró la puerta de la casa para siempre. Afuera lo esperaban el conductor y un agente que había trabajado en el casino de oficiales y estaba ese día en la entrada del Comando del Departamento de la Policía Antioquia y que de inmediato se convirtió en escolta. Segundos después partieron.

Estaba en la cama escuchando noticias, cuando a las 6:25 de la mañana Juan Gossaín lanzó un extra. Me quedé pasmada. Como si el tiempo se hubiese detenido: "Atención, tenemos noticia de último minuto en la ciudad de Medellín. Las autoridades acaban de confirmar que el comandante de la Policía de Antioquia, coronel Valdemar Franklin Quintero, ha sido asesinado". Un grito desgarrador. De dolor. De impotencia retumbó por toda mi casa. Mi hijo menor se encontraba en la ducha y salió aterrorizado. Cuando venía hacia mí, me desmayé. Perdí el conocimiento por unos segundos. Mis otros dos hijos estaban en Bogotá. La mayor estudiaba Derecho y el segundo estaba en la escuela de cadetes dispuesto a seguir los pasos de su padre. Mi vida se acabó en ese instante.

"Dos carros se interpusieron en nuestro paso. Y de un momento a otro comenzaron a disparar. No paraban. Uno de ellos gritaba: 'Dele, que ese tipo es muy valiente y se nos va a parar. Dele, que es muy bravo y nos va a responder'"… Fue el relato que nos hizo después el conductor. A Valdemar lo destrozaron a balazos. Le pegaron 38 tiros. El único que no entró en su cuerpo fue el que rebotó del bolsillo izquierdo de su camisa, a la altura del corazón, donde guardaba las imágenes de Cristo y todos los demás santos.

A las once de la mañana de ese 18 de agosto de 1989, me llevaron al comando de la Policía de Antioquia. Mientras tanto, mis dos hijos mayores llegaban a Medellín. Fueron largos los minutos, las horas recordando cada uno de los detalles de esa trágica mañana. No quería permanecer un segundo más en Medellín. Hacia las once de la mañana logramos que los altos mandos de la Policía autorizaran el traslado del cuerpo de Valdemar a Bogotá. En medio de un operativo de seguridad, salimos hacia el aeropuerto Olaya Herrera. A nuestro paso, la gente agitaba pañuelos blancos. Las fuerzas comenzaron a flaquear. Finalmente, logramos llegar al avión que había dispuesto la Policía. Del aeropuerto nos dirigimos hacia el Centro Religioso de la Policía. No me despegué un segundo de Valdemar. Quería irme con él. Pero también estaban mis hijos que me necesitaban.

Las noticias nefastas de ese largo y terrible día no habían terminado. Estaba sentada en una de las sillas del oratorio del Centro Religioso, cuando me dijeron que acababa de pasar algo terrible. Levanté la cara y escuché en silencio: "En el municipio de Soacha acaba de sufrir un atentado mortal el doctor Luis Carlos Galán Sarmiento". Doce horas después que Valdemar fue asesinado, la mafia ponía a temblar una vez más al país. En medio de semejante dolor, el gobierno de Barco ascendió póstumamente a Valdemar a brigadier general.

Han transcurrido diecisiete años y todavía no me repongo del asesinato de Valdemar. La justicia penal aún no ha podido aclarar quién lo mató, a pesar de todas las pruebas y confesiones que ha habido. Lo único que hay en ese proceso es la declaración de un espantoso sicario llamado 'Tití' que dijo: "Yo asesiné a ese coronel. Yo le disparé".

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