Yo me enteré de la muerte de Luis Carlos Galán a la mañana siguiente del asesinato. El día del atentado estuve en mi oficina atendiendo clientes y redactando documentos, y luego, en el centro cívico de Barranquilla, litigando, que es lo que siempre he hecho. La verdad es que recordar con exactitud lo que hice hace 17 años me resulta complicado… La noche del asesinato había estado en una reunión con unos amigos, desconectado de los medios. Llegué tarde y me desperté temprano, a eso de las tres y media de la mañana, para irme a una finca que tenía por esa época en Remolino, Magdalena, a la que tocaba llegar en lancha porque la carretera estaba —y sigue estando— en pésimo estado.

Mi esposa sí me dijo algo antes de salir para la finca, pero fue en el radio del carro, a eso de las 4:30 a.m., que supe todo bien, y no exagero si digo que se me escaparon las lágrimas con la noticia, porque Luis Carlos Galán era la esperanza de este país. Recuerdo que me quedé ese fin de semana en la finca, atendiendo asuntos y pensando en el atentado que había afectado a todo el país

Tres días después de lo ocurrido en Soacha fue que capturaron a mi hermano Alberto, que estaba radicado en Bogotá, asistiendo a unos cursos de cultivo hidropónicos. Yo, que soy abogado, estuve al frente del caso durante un año. En esa época no éramos tan cercanos, cada uno andaba en sus actividades; eso sí, cuando él venía a Barranquilla la pasábamos juntos. El día que supimos que mi hermano había sido acusado del magnicidio, toda mi familia me pidió que viajara a hacerme cargo del asunto. Un día después me reuní con él, en medio de agentes de seguridad y periodistas. Fue un momento muy conmovedor.

Yo creo que los que acusaron a mi hermano no saben el daño que le hicieron a toda la familia. Hubo testigos que dijeron que Alberto se encontraba un domingo dando vueltas por la plaza de Soacha, cuando a esa hora estaba junto a Édgar Perea y el senador Fuad Char viendo un partido del Junior en El Campín. El 18 de agosto se encontraba tomando con Carlos Obando, ex ministro y ex presidente del Directorio Nacional Conservador, y luego se fue a su curso de hidropónicos. En la declaración el profesor que le dio clase ese día recordó que Alberto se estaba quedando dormido en su clase.

El mismo Maza Márquez, que era amigo personal de Alberto y lo conocía de toda la vida, dijo que mi hermano era un terrorista israelí y que era el jefe de la banda que había matado a Galán, algo realmente incoherente.

Pero tal vez lo más duro fue lo que pasó con su hijo, llamado también Alberto. Él, que nada tenía que ver con el asunto, no fue aceptado en el Liceo de Cervantes porque era "hijo de un asesino". Son cosas que realmente no se entienden.

Lo más difícil de los tres años que pasó mi hermano en la cárcel por el asesinato de Galán fue lograr que nuestra madre nunca se enterara. Durante ese tiempo nos la ingeniamos para decirle que estaba trabajando en un pueblo en Cundinamarca, desde donde era muy difícil comunicarse. Hasta el capellán de La Picota nos ayudaba. Se hacía pasar por el capellán del supuesto pueblo donde estaba Alberto y en ocasiones hablaba con ella.

El día que Alberto salió libre y llegó a Barranquilla hicimos una gran fiesta. Cien carros lo esperaban en el aeropuerto y tuvimos que cerrar cuatro cuadras a la redonda.

Yo fui la única persona que lo acompañó a reencontrarse con mi madre y fui testigo de la emoción del momento. A los periodistas que cubrieron el instante les avisé con anticipación que tuvieran cuidado con ir a decir algo en frente de ella, porque hubieran tirado al piso años de trabajo para evitarle un sufrimiento. Siempre le decíamos que la televisión estaba dañada y a la empleada del servicio y a la gente cercana les advertíamos la situación. Milady Hazbum de Jubiz se fue a la tumba sin saber la verdad. En cambio mi padre, Alfredo, que siempre supo todo, nunca fue el mismo. Prácticamente nunca más salio de la casa.

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