En el Hospital de Kennedy siempre se han prestado turnos de doce horas que empiezan a las siete de la noche. Nunca he seguido la política y por eso no sabía que Galán iba a presentarse en Soacha. Entre las diez y las once, antes de operar a un niño, supe del atentado y que posiblemente lo llevarían al hospital. "Manténganse alerta", fue la orden por radioteléfono de la Secretaría de Salud. Como el niño estaba grave, decidimos operarlo y estar pendientes de una eventual llegada de Galán. A pesar de la angustia de saber que podría llegar, en el fondo estaba tranquilo: contaba con personal entrenado y llegado el momento solo sería cuestión de estabilizar al niño y dejarlo a su cuidado. Y el momento llegó. Escuché gritos de las personas que lo acompañaban, preguntando por el cirujano de turno. Ese era yo.

Cuando lo entraron a cirugía, el trauma del niño estaba resuelto: solo faltaba cerrar su cavidad abdominal. Saqué a los acompañantes de la sala para poder tratarlo y me quedé con una instrumentadora, dos auxiliares, un estudiante de medicina, un interno y un residente especializado en cirugía. El doctor Sedano, anestesiólogo de turno, lo monitoreó. No tenía signos vitales, así que decidí realizarle una toracotomía de resucitación, abrir su tórax y darle un masaje cardíaco directo durante veinte minutos... Estaba muerto, pero clampeamos también la aorta (ponerle una pinza para que dejara de sangrar). Le hicimos laparotomía, un corte vertical abdominal para identificar y controlar el resto de heridas. Cuando abrí a Galán no sentí nada especial, ni para bien ni para mal. Estaba concentrado en salvar una vida más. En medio del procedimiento una auxiliar entró a la sala de cirugía. Me dijo que el presidente Virgilio Barco necesitaba urgentemente hablar conmigo por teléfono, para conocer detalles. Le dije: "Dígale que estoy operando, que me llame más tarde". No volvió a llamar. Después de muchos minutos intentando reanimarlo sin recibir respuesta alguna en el monitor, procedí a cerrar al doctor Galán. Le avisé al cardiólogo Augusto Galán que su hermano había fallecido (siempre lo estuvo desde que llegó a Kennedy), hicimos las notas respectivas, escribí el parte médico y se lo di a Oswaldo Cevallos, director del hospital, para que leyera el comunicado a la prensa. Debo decir que el estrés no lo sentí ni antes ni durante la operación; lo sentí después, cuando vi a todo un país conmocionado. Siempre he dicho que todos los seres humanos son iguales y que tienen derecho a la vida, pero mentiría si dijera que no me sentí más comprometido por el hecho de haber tratado a alguien como Galán. Todo fue más delicado porque tuve, en sentido figurado, la vida de alguien que en un momento fue muy representativo para muchas personas. Lo cierto es que Galán llegó muy tarde —con una herida de aorta con más de dos horas de evolución— y así era imposible salvarlo.

Hay quienes dicen que la demora en atenderlo fue por negligencia. No creo que haya sido eso: ante la gravedad de las heridas que presentaba, lo más lógico era llevarlo al centro asistencial más cercano para estabilizarlo (como sucedió cuando lo llevaron a Bosa) y después a un centro de trauma especializado como el Hospital de Kennedy. De todas formas es importante decir que días después de su muerte, con cabeza fría, supe que si él hubiera llegado pocos minutos después del atentado, muy probablemente le habría salvado la vida.

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