Han pasado dieciocho años desde cuando unos desalmados le quitaron la vida a Luis Carlos Galán y aún trepidan en mi alma los sentimientos de pesar y de angustia que sentí. ¿Cómo viví ese día , es la pregunta y a ella debo responder con la mayor precisión, pues era el representante del Nuevo Liberalismo en el gabinete, como ministro de Agricultura. Muy temprano me levanté para llegar a la cita que habíamos hecho con los colaboradores del Ministerio y del Idema, en la finca de otro inolvidable amigo, Helmulth Bikenbach —también asesinado por la mafia— para estudiar la cuestión de los precios de los productos básicos.

Poco después de pasado el almuerzo, recibí una llamada de Germán Montoya, que había sido encargado de reclutar a los ministros para que asistieran a un Consejo Extraordinario en el que el tema central serían las medidas de orden público que se tomarían tras el asesinato del coronel Quintero. El Consejo había comenzado antes y el debate se centraba en la declaratoria de guerra a los narcotraficantes. Como consecuencia de una pregunta que hice, alguien inventó el infundio de que me había opuesto a las medidas y así se atrevieron a divulgarlo los medios sin confrontar con la fuente.A eso de las siete y diez de la noche, entró al salón el general Miguel Maza, para darnos la noticia que en Soacha había ocurrido un atentado contra Luis Carlos. No dijo ni una palabra sobre su gravedad. Quince minutos después informó que las heridas causadas eran de alguna gravedad y estaba siendo trasladado al centro médico de Bosa, donde se le prestarían los primeros auxilios. Para mí las cosas no eran claras y por mi mente pasó lo peor, al punto de que sin poder dominarme rompí en llanto, recibiendo voces de solidaridad de algunos de mis colegas, en particular de María Teresa Forero de Sade, Mónica de Greiff, Eduardo Díaz Uribe y Francisco Becerra. El presidente pareció enmudecer y Germán Montoya se mostró también solidario.

En medio de tan tremenda tensión se reanudó la sesión, ahora con el ingrediente de la posible muerte de Galán. Ni un minuto dudé y lo primero que hice fue pedirle explicaciones al general Maza sobre qué razones había tenido el DAS para cambiar al jefe de escoltas y por qué, teniendo fresco el incidente de Medellín, donde casi le cuesta la vida, se había descuidado la vigilancia en la zona donde se desarrollaría la concentración política. Contando con el respaldo del presidente, quien creía a pie juntillas en las ejecutorias de Maza, me respondió en forma respetuosa, pero con la mayor vehemencia que le permitían sus buenas maneras, con dos piedras en la mano. No es cierto que se haya descuidado la vigilancia y por razones del servicio se hizo el cambio al cual aludí, fueron sus palabras. Como no había tiempo para debates, la cosa quedó en ese punto y a continuación se firmaron los decretos con los que se concretó la decisión del Estado colombiano de declararle la guerra a la mafia del narcotráfico.

Salí hacia el Hospital de Kennedy. En la angustiosa travesía de la ciudad me acompañaron Kiko Becerra, quien fue mi alumno en la Universidad Javeriana y a la sazón era ministro de Educación, y María Teresa Forero. Al llegar, una multitud se agolpaba frente a sus puertas, pidiendo justicia, rechazando en forma beligerante al Gobierno, exigiendo que me retirara del gabinete para no seguir haciéndole el juego a la situación y para que encabezara la reivindicación de la causa del Nuevo Liberalismo. Los concurrentes solo me escucharon a mí en una intervención corta pero dirigida a pedir calma. Por fortuna tuve éxito en el empeño. Superado ese episodio, que cumplí desde la capota del carro que nos condujo, con la ayuda de los escoltas, ingresé al hospital, donde me recibió Augusto Galán, quien me dio la noticia del fallecimiento del amigo y jefe político. Con Ricardo Sala, Patricio Samper, Germán Vargas y otros compañeros del Nuevo Liberalismo, después de ver el cuerpo sin vida, tratábamos de buscar consuelo en la desesperanza.

Como hechos curiosos del trágico día puedo mencionar: el inocultable alejamiento del Presidente, causado por la gran impresión que le ocasionó el acontecimiento, y quizás también por su enfermedad; el mutismo absoluto del ministro de Gobierno, Orlando Vásquez V.; la no presencia de quien después fue proclamado como sucesor de Galán, César Gaviria; la solidaridad del jefe del Partido Liberal, Julio César Turbay, y la del doctor Carlos Lleras Restrepo, quien varias veces se comunicó conmigo para preguntarme sobre el desarrollo de los acontecimientos. Alrededor de las tres de mañana me trasladé a mi casa tratando de buscar descanso durante unos minutos, pues muy temprano debía estar en Palacio para preparar todo lo relacionado con el entierro, tarea asignada en buena hora por el Presidente a Germán Montoya. De esta manera concluyó el más terrible día de mi vida.

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