La noticia del atentado a Galán me sorprendió en la mitad de un coctel y me cortó el explosivo diálogo que sostenía con Enrique Santos Calderón y con Philip MacLean, consejero político de la embajada de Estados Unidos. Al saber la noticia, MacLean, quien era considerado en ese entonces la persona más importante en esa misión diplomática —para muchos él era el verdadero embajador—, frunció sus tupidas cejas y paró de hablar. Escuchó la radio que alguien había puesto y nos dijo: "Ese atentado fue hecho por Pablo Escobar". Miró a su jefe de escoltas, le hizo un ademán para que viniera y le comunicó que preparara todo para salir de allí de inmediato. Detrás de MacLean saldrían otros y detrás de ellos, otros más. A la media hora, el salón del hotel en que se ofrecía la recepción estaba vacío. Las primeras noticias eran confusas. Sin embargo, todas las versiones iniciales coincidían en que Galán había salido ileso del atentado. No obstante, la ausencia de nueva información en las emisoras empezaba ya a resultar preocupante. Yo decidí irme a esperar el desenlace a mi casa en compañía de Hernando Corral, de Klaus Shubert, el director de Fescol de ese entonces, y de Enrique Santos Calderón.

Prendí la radio al minuto, mientras Enrique llamaba al periódico a indagar si había nueva información sobre el estado de salud de Galán. Nadie sabía nada. Hernando Corral, quien trabajaba como periodista del Noticiero de las Siete, hizo lo propio, pero no obtuvo nada. Yo, por mi parte, llamé a El Espectador, donde trabajaba, pero 'el Mono' Salgar tampoco sabía más que lo que decían las noticias. El ambiente de esa noche lo recuerdo pesado y denso, tanto como nuestras compulsivas bocanadas de humo. Entre whisky y whisky, comenzamos recordando pequeños y grandes momentos de Galán. Enrique habló de su época en El Tiempo, cuando trabajaron al lado de Daniel Samper Pizano y de cómo lograron conformar un equipo siendo los tres tan diferentes. Yo me permití recordar un episodio aparentemente inocuo, aunque  muy revelador sobre cómo el conocimiento que en política tenía Galán era inversamente proporcional al que tenía en temas más frívolos como el de la rumba. La anécdota había ocurrido en 1984, en Medellín, luego de un homenaje a El Espectador organizado por el Nuevo Liberalismo de Antioquia. A la salida del acto, todos nos montamos en un bus. Allí estaban sentados muchos de los que más tarde caerían. Me refiero a Rodrigo Lara Bonilla, el primero en ser asesinado por los narcos; a Guillermo Cano, director de El Espectador, quien moriría meses después; a 'la Cacica', mi comadre, y a quien las Farc le segarían su vida años más tarde. También estaba, desde luego, Luis Carlos Galán. Ya dentro del bus alguien dijo que nos fuéramos de rumba a la Casa Gardeliana, el lugar predilecto en Medellín de los bohemios de entonces y de los amantes del tango. La Casa Gardeliana era a los bohemios de aquella época lo que hoy es Andrés Carne de Res a los yuppies. Difícil encontrar a alguien que no conociera la Casa Gardeliana. Bueno, eso creí hasta que le hice la pregunta a Luis Carlos Galán: "¿Quieres ir a la Casa Gardeliana?". Me miró como si le hubiera preguntado en chino. "¿A la casa de quién?", me respondió.

Después de varios whiskies de más y cuando ya la radio anunciaba su muerte, vino la catarsis. Primero sentimos temor por nuestras vidas. Todos éramos periodistas que habíamos denunciado a esos nuevos barones del narcotráfico. Hablamos de tomar más precauciones en materia de seguridad. Corral le dijo a Enrique Santos que se fuera un tiempo del país. "Nos vamos a una guerra", dijo Enrique. Cuando salieron de mi casa, ya entrada la madrugada, sentí por primera vez que el miedo llegaba a mi vida.

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