Mí día comenzó con una reunión con Luis Carlos para definir, entre otras cosas, qué haríamos ese día. Luis Carlos venía hablando desde hace varios días de su intención de ir a una reunión en Soacha. Desde el 20 de julio de ese año, un grupo de vallenatos había decidido organizar para ese mismo día un homenaje a Alfonso Araújo Cotes, quien había sido elegido vicepresidente de la Cámara y quien hacía parte de la campaña que apoyaba a Galán como precandidato del Partido Liberal a la presidencia. Esta había sido una adhesión muy importante, ya que se trataba de un dirigente veterano de la costa, con prestigio, y su vinculación corregía en parte la debilidad muy marcada que tenía el Nuevo Liberalismo en la costa atlántica.

Luis Carlos insistía en a asistir a Soacha. Además expresó que debía atender una invitación a la sede de Alfonso López Caballero, si mal no recuerdo a las cinco de la tarde. Aunque Alfonso no hacía todavía parte de la campaña, la invitación y algunos comentarios suyos nos hacían pensar que su ingreso formal era cuestión de días. Yo insistí en que el evento de Valledupar era más importante, sobre todo pensando en que allí estarían todos los dirigentes liberales de esa región.

Tanto la familia como algunos amigos de Galán, consideraban peligrosa la reunión de Soacha en la noche. Este temor estaba fundamentado en varios factores. El primero consistía en el gran descontento que tenían todos por el cambio de su escolta, un mes atrás, sin que hubiera mediado ninguna explicación por parte del DAS. En segundo lugar, estaban los comentarios que recibió Luis Carlos de varias fuentes, en el sentido de que había una especie de conspiración para matarlo, orquestada por el Cartel de Medellín dirigido por Pablo Escobar y por algunos políticos encabezados por Santofimio. El tercer factor, y tal vez el más importante, era que días antes las autoridades habían descubierto los planes para cometer un atentado contra él en Medellín, con elementos de prueba contundentes. El criminal, quien fue detenido en las primeras horas, fue puesto en libertad con explicaciones difíciles de aceptar. Galán y su familia, como todos en la campaña, estábamos indignados por la poca importancia que se le atribuyó al frustrado atentado, tanto por parte de las autoridades como de la mayoría de los sectores de opinión ciudadana. Es como si aquello hubiera sido algo natural y común. No recuerdo que se hubiera reforzado la seguridad de Luis Carlos a raíz del atentado frustrado.

Finalmente prevaleció la voluntad de Galán. El iría aquella tarde a Soacha y yo a Valledupar. Con esa decisión se sellaron los dramáticos acontecimientos de aquella fatídica tarde.

Recibí la noticia de su muerte a través de la radio. Una oleada de perplejidad, de asombro, de rabia y de tristeza recorrió a toda Colombia. Con él se iba, como bien lo registró Misael Pastrana, no un hombre sino una esperanza.

Estuve caminando toda la noche en el Club de Valledupar. Trataba de asimilar tan terrible realidad y de pensar cómo debía ser nuestra reacción frente a un evento tan catastrófico, sobre todo para quienes creíamos en la plena validez de sus ideas, en su entendimiento de los problemas de Colombia, y en su imprescindible liderazgo y capacidad para llevar a buen término su proyecto político.

Acostumbro enfrentar las situaciones de crisis con claridad y sentido de lo que debo hacer. Esas características me fallaron entonces. Cuando tomé el avión que me llevaría a Bogotá de regreso, estaba tan perplejo y desorientado como lo estuve en los minutos posteriores a la noticia.

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