Lo que vi cuando asesinaron a Galán fue lo que vio la cámara. Yo era su camarógrafo oficial. Ese día, llegué a las cinco y media a la plaza. Él, a eso de las ocho. Era una imagen muy bonita. Venía la camioneta en la mitad y la gente caminando detrás. Desde la tarima lo vi bajarse a cincuenta metros hasta llegar a ella alzado en brazos por la gente. Le dije a mi asistente que no parara de grabar, enfoqué a Galán, subí los escalones y oí el tiroteo. Me agaché en cuclillas y al instante volví a mi posición. Pensé que el ruido eran voladores, pero Galán cayó y lo vi en el piso herido junto a su escolta Santiago Cuervo. Empecé a gritar. "Le dieron, marica, le dieron, hijueputa". Esa fue mi reacción, pero seguí filmando. Santiago se paró, yo cogí el pie de Galán y lo tiré al piso. Le dije: "Jefe, no se muera, no se muera". Él estaba muy mal. Apenas alcanzó a decir: "Llévenme a un hospital".

Llegó en brazos y en brazos se lo llevaron. Lo subieron al carro y salieron mientras sus escoltas y la Policía disparaban al aire para protegerlo. Regresé a la tarima y, sobre un charco de sangre, cogí la metralleta de Cuervo y se la entregué a un policía. Recuerdo que él me alcanzó a hablar. Se levantó y ayudó a llevar al carro al doctor Galán. Le pregunté por la sangre que tenía y me dijo que era de Galán. Se desmayó en el carro y murió en Cajanal. Adoraba a Galán. Decía: "Yo al doctor no lo dejo, me muero con él". Le metía la mano en la pretina del cinturón y lo conducía como a un muñeco entre la multitud para protegerlo. Con una mano lo abrazaba y con la otra cogía la metralleta.

Fui al hospital de Soacha. Había más de mil personas llorando y gritando. Era imposible entrar. Me dijeron que se lo habían llevado a Cajanal. Allá llegó doña Gloria, con sus hijos, pero no lo encontraron pues estaba en el Hospital de Kennedy. Antes de que pudiera salir para allá, unos periodistas me dieron la noticia. Me senté a llorar. Si algo me ha dolido son las muertes de mi mamá, mi papá y Luis Carlos Galán. Al rato, me rodearon los periodistas para preguntarme por el video. Yo seguía sentado lleno de sangre, me pasaron agua, me dieron un cigarrillo y hasta me ofrecieron plata por el casete. Respiré profundo y les dije, con la cinta en el bolsillo: yo no vendo la muerte de mi jefe. Ya solo, llamé a Jorge Medina, mi jefe directo, y me dijo que mandara el casete a los medios. En esas llegó Carmelo Castilla, del Noticiero Nacional. Nos subimos a su carro sin que nadie nos viera. Intentaba convencerme diciéndome que en el noticiero me querían mucho por esos años que yo había trabajado allá, pero terminé tomando la decisión de irme con ellos por ideología. Su noticiero era liberal y yo estaba con el Nuevo Liberalismo. Hace poco me encontré a Fernán Martínez en el aeropuerto, que dirigía el noticiero TV Hoy. Llegaba con Juanes. Tan pronto le dije quién era, se volteó y dijo: "Por este hijueputa me pegaron la chiviada más hijueputa del mundo. Todavía me la estoy sacudiendo".

No tenía idea de qué había en la cinta pues ignoraba si mi asistente, asustado, había dejado de grabar. Sin embargo, ahí estaba en el set, al aire, como el camarógrafo que había registrado todos los hechos. Se fueron a comerciales y me convencieron de sacar el casete del bolsillo. Volvimos al aire, pusieron play y quedé frío. Vi la muerte de frente, las balas pasar a centímetros y a mi jefe caer al suelo doblado de dolor. ¿Cómo tuve los cojones de seguir filmando? Por un lado había grabado un video de altísima importancia periodística, pero por el otro, había registrado impotente el asesinato de la persona a quien más he admirado. Hoy me alegra saber que el video les ha sido útil a las autoridades. En él se ve todo: la balacera, la forma en que Galán cae, el concejal y el escolta que murieron, a Galán cuando lo subieron al carro e incluso al tipo que disparó, pues en Estados Unidos, revisando la cinta cuadro a cuadro, dicen que se ve cómo levanta una ruana y empieza a disparar. Se ve también a un hombre vestido de policía, con chaleco antirreflectivo, que pasa por debajo de la tarima y coge la metralladora con la que disparó el otro y que tiene el mismo aspecto de la de Santiago Cuervo.

A eso de las doce me fui para El Tiempo a una entrevista y de allí salí para mi casa, donde llorando me recibieron mi mujer y mis hijos. Me senté en la cama, me quité el pantalón bañado en sangre, lo guardé sin lavar e intenté dormir. Hoy cuento esto pues espero que no quede impune su muerte y aún tengo ese pantalón en el clóset. Ya no tiene la sangre de Galán, pero ahí sigue la mancha.

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