Hace 17 años trabajaba en Medicina Legal en el turno de la noche. De día trabajaba en mi laboratorio de patología, pero ese viernes no fui a trabajar. Me quedé estudiando en la casa y a las seis fui a Medicina Legal. Revisaba los casos del día, cuando un compañero entró a decir que al doctor Galán le habían disparado. Me preocupé, pues sabía que en atentados así era muy difícil sobrevivir y que tendríamos que intervenir. Seguí trabajando ya que los viernes siempre han sido complicados por la cantidad de muertes violentas que hay. A las diez de la noche me llamó el doctor Ricardo Mora, subdirector científico, a comentarme que el doctor Galán había muerto en la sala de cirugía del Hospital de Kennedy. Quedé a la espera de instrucciones y a la hora volvimos a hablar. Me dijo que la situación era complicada, que había seguidores de Galán y miembros de su familia pidiendo que no le hicieran autopsia y que el cuerpo no fuera trasladado a Medicina Legal. Así que debimos ir, por excepción, a donde estaba la víctima.

Pensé que para la necropsia escogerían a alguien con más experiencia, pero me eligieron por ser el forense de turno y por la confianza que me tenían. Sentí un dolor terrible cuando supe de la muerte y angustia por la responsabilidad. De haber sido posible, no hubiera realizado la autopsia, pero era mi deber y no podía esquivarla. Fue difícil entrar al hospital por la cantidad de gente que afuera lloraba y protestaba. Querían que la autopsia se hiciera en la misma sala donde lo habían operado, pero después de hablar con su hermano, el médico Augusto Galán, aceptó mediar para trasladar el cuerpo a la morgue del hospital. Al iniciar el procedimiento había unas diez personas, cuando lo normal es que haya tres: el forense, el experto en balística y el auxiliar. Además de Augusto Galán y el doctor Ricardo Mora estaba Egon Lishtenberger, director del Instituto de Medicina Legal.

Al comienzo me apoyé mucho en Arturo González, el experto en balística. Me calmé y seguí el procedimiento. Examiné el cuerpo externamente y realicé las incisiones para explorar el interior. Miramos por dónde habían entrado las balas y si habían salido. De los tres o cuatro impactos que recibió, había un solo proyectil alojado, que enviamos a estudio balístico. La ubicación de los orificios y las lesiones coincidían con las versiones de cómo había sido el atentado, es decir, en la parte inferior del abdomen y superior de las extremidades inferiores. Le vi una lesión extensa en el tórax, como una raspadura. Creo que a causa de un movimiento brusco del chaleco antibalas. Fue por eso que se pensó al principio que tenía disparos en el tórax, pero no fue así.

Tras explorar el cuerpo debía examinar la cabeza y el cerebro, pero no lo hice. Creo que es la única vez que no he hecho una autopsia completa. Fue como un acto de respeto por el doctor Galán pues en esa zona no había lesiones. La expresión de su rostro no era de angustia o dolor. Era serena. Consulté mi decisión con el doctor Mora y no se opuso. El ambiente era silencioso, la gente comentaba en voz baja. Fueron unas tres horas en total. Tras la necropsia, el auxiliar cerró el cadáver. Por guardar la estética, le pidieron que lo hiciera con esmero. Yo elaboré el certificado de defunción y terminó mi intervención. El cuerpo se quedó en la morgue y me fui a casa, agotada y afectada, a eso de las cinco de la madrugada. Mi esposo me esperaba y yo, que soy calmada, lloré una hora. Después elaboré el protocolo de autopsia, que es el documento que se envía a las autoridades para la investigación. En dos ocasiones más enviaron comunicaciones escritas solicitando información adicional o para que aclaráramos aspectos de la autopsia. Recuerdo con frecuencia la autopsia de Galán. Cuando pienso en él, no lo veo en la mesa de la autopsia, sino vivo, pronunciando un discurso, o en la imagen del afiche que lo hizo popular.

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