Cuatro días antes del asesinato de Luis Carlos Galán yo me encontraba internada en el Hospital Tunjuelito, pues los médicos ya sabían que el mío iba a ser un parto de alto riesgo. Estuve allí hasta las 4:30 de la tarde del viernes, cuando ellos decidieron trasladarme al Hospital de Kennedy, que contaba con mejores equipos para atender casos de partos sietemesinos. Ingresé por Urgencias al mismo tiempo que empezaba a sentir las contracciones.

A pesar de ser una fanática seguidora de Luis Carlos Galán, no tenía la menor idea que ese día él iba a dar un discurso en Soacha. Mi mente solo estaba enfocada hacia mi primer hijo (no sabía si iba a ser niño o niña) y en la posibilidad —bastante alta— de perderlo. Recuerdo haber oído un gran escándalo en frente del quirófano donde yo estaba, y cuando escuché los altoparlantes entendí todo: anunciaban el tipo de sangre que urgentemente necesitaban para el doctor Galán Sarmiento, recientemente herido de muerte.

Fue en ese momento de la noche cuando más sola me sentí. Todos los médicos que me estaban asistiendo se fueron a ver qué podían hacer por Galán, abandonándome durante diez minutos que para mí fueron largas horas luchando por detener el curso del parto, pues no había nadie que recibiera a mi hijo. En ese estado me encontraba, aguantando firmemente, hasta que entró mi esposo y me dijo que había visto cómo traían a Galán, inconsciente en una camilla, para ser atendido. Cuando se trata de una persona importante, nosotros los anónimos pasamos a un segundo plano.

Finalmente mi hija nació bien, pero Galán ya había muerto. Me quedé despierta hasta medianoche, confundida por lo sucedido, con una mezcla de sentimientos encontrados. Lloré mucho porque todos lo queríamos, pero al mismo tiempo me sentí feliz por haber tenido sana y salva a Yubeli Arlene, quien ya tiene 17 felices años y se siente orgullosa por el momento en que le tocó nacer.

Salí del hospital a los cinco días, sin dejar de pensar en las ironías de la vida: aquel 18 de agosto de 1989 se había apagado una vida para darle luz a otra. Hasta hoy sigo pensando constantemente en lo sucedido, como un recuerdo imborrable. Si mi bebé hubiera nacido hombre, se llamaría Luis Carlos Galán, con apellido y todo, pasando a un segundo plano el Anacona paterno.

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