Fui relevado de mi cargo veinte días antes del atentado al doctor Galán, pese a haber velado por su seguridad en las campañas presidenciales de 1982 y 1986. La orden de mi relevo fue impartida por el DAS, que nombró a Jacobo Torregrosa.

El día del magnicidio me encontraba ya a cargo de la seguridad de otro político, cuyo nombre me reservo. Curiosamente ese era mi día de descanso, así que estuve todo el tiempo en mi casa, ubicada en San Mateo, en la entrada a Soacha, a poca distancia de la plaza.

Pasadas las ocho de la noche me llamó un compañero del DAS a preguntarme que si estaba oyendo las noticias, porque acababan de hacerle un atentado a Galán. Yo no sabía nada al respecto. Puse las noticias y me enteré de todo. De inmediato, sin pensarlo, tomé mi arma Pietro Beretta y salí rumbo al parque principal de Soacha. Además del doctor, estaba en peligro la vida de los escoltas, que habían sido mis compañeros durante mucho tiempo.

El camino a la plaza fue caótico por tramos, había gente corriendo, se oían gritos y tiros al aire. Me informaron que a Galán lo habían trasladado al puesto de salud de Bosa, por lo que llegué a la plaza y me monté en una patrulla del DAS para dirigirme al lugar.

En la puerta del puesto de salud estaba un escolta con una subametralladora haciendo guardia. Entré y lo vi desnudo, envuelto en una sábana blanca y tirado sobre una camilla, mientras un enfermero le hacía masajes cardiovasculares. Hablé con personas como José Blackburn y Yolanda Pulecio, además de otro escolta del doctor, que estaba herido en una rodilla. Él me decía que habían dejado que los mataran, y que Santiago Cuervo, muy malherido, había sido trasladado a Cajanal. Él fue el escolta que se botó encima de Galán para protegerlo apenas sonaron los disparos, y murió posteriormente. De haber estado yo esa noche en la tarima, esa habría sido mi misión, no estaría acá echando este cuento.

Ahí tomé el control de la situación, porque Jacobo Torregrosa, el jefe de seguridad, no aparecía por ningún lado. Se había ido a Cajanal a buscar una ambulancia especial, que tenía hasta quirófano, para transportar a Galán al Hospital de Kennedy. Esa ambulancia nunca apareció.

Entre varios decidimos llevarnos al doctor al Hospital de Kennedy en una de las ambulancias comunes y corrientes que estaba parqueada afuera, mientras que en la otra se fueron los escoltas heridos rumbo a Cajanal.

Yo me quedé afuera, esperando, mientras Luis Carlos Galán entró a cirugía. En ese momento llegaron la esposa y los hijos, junto a Augusto Galán, su hermano, que es cardiólogo. Él entró a la sala de cirugía y 45 minutos después salió con la bata ensangrentada diciendo que no había nada que hacer, que Luis Carlos había muerto.

Quedé paralizado con la noticia, tanto, que no recuerdo la hora exacta. Solo sé que me quedé acompañando a doña Gloria y demás familiares como hasta la una de la mañana. Llegué a mi casa y me acosté, pero en realidad no pude dormir esa noche, pensando en qué hubiera ocurrido de haber estado yo en el lugar de los hechos, cómo hubiera manejado la situación. Sentía un gran dolor en el alma por todo lo que había ocurrido horas atrás.

Del doctor Luis Carlos Galán recuerdo principalmente que era una persona muy brillante. La última vez que hablé con él fue el día que me relevaron del cargo de jefe de seguridad. Le dije que iba a mandar a otra persona en mi lugar. Él estaba con la esposa y me dijo que no me preocupara, que iba a hablar con Miguel Maza Márquez para que me dejaran como uno de sus escoltas personales, lo que nunca ocurrió.

Yo seguí mi carrera en el DAS. Fui jefe de seguridad del doctor Rafael Pardo, cuando era Consejero para la Paz. Después manejé la seguridad de César Gaviria en la campaña presidencial de 1990. Luego de terminar Derecho fui director de la Interpol para Colombia. Uno de mis mayores orgullos es decir que nunca le han hecho un atentado a las personas que he tenido a mi cargo.

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