Cuando confirmaron la noticia, quedé paralizado. Todos sabíamos que los enemigos de Galán intentarían por todos los medios acabar con su vida, pero nos negábamos a aceptar esa posibilidad. Y sucedió. Mientras escuchaba la radio desfilaban por mi memoria episodios que marcaron mi vida como publicista de las campañas de Galán del 82 y del 86: manifestaciones, debates en televisión, giras, foros, discursos, calcomanías, pancartas y afiches, millones de afiches que en las primeras campañas sus seguidores en todo el país pegaban en las ventanas.

Por cuestiones del destino no estuve con Galán en su última campaña, la definitiva. En aquel momento le correspondió a Claudio Arango asumir la publicidad del candidato, dando continuidad a la imagen original; ya no mostraba el grito comunero del primer afiche, ni el gesto adusto del segundo, sino la sonrisa conciliadora captada por el lente de Hernán Díaz.

"Duque, el del afiche de Galán". Así quedé bautizado desde la primera campaña y ese rótulo designó mi vida. La noche del atentado me encerré en mi apartamento, saqué los afiches, los pegué en la pared de la sala, me senté frente a ellos y lloré largas horas. No sabía si lloraba por rabia, por frustración o por miedo, pero mirando las imágenes de Luis Carlos Galán plasmadas en los afiches comprendí de pronto el impresionante poder de la imagen; esos afiches que una vez fueron herramientas de campaña, de pronto se transformaron en el espíritu mismo del líder. Allí estaba Galán con toda su vitalidad, con ese gesto valeroso que nos llevó a soñar con un país sin corrupción, sin violencia y sin narcotráfico. Las balas asesinas no lograron matarlo. Su espíritu quedó intacto.

El día del entierro, miles y miles de seguidores acompañaron el féretro enarbolando afiches de Galán en sus distintas versiones. Ahí estaba su iconografía publicitaria como testimonio de su lucha, y a través de esas imágenes, que hoy hacen parte de la historia, Luis Carlos Galán vivirá para siempre en la memoria de los colombianos.

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