Yo me había convertido en el fotógrafo de campaña de Galán cuatro meses antes de su asesinato, cuando Alfonso Reina, quien era su fotógrafo oficial y compañero mío en la revista Cromos, renunció y me recomendó para seguir esa labor. Aquel día yo ya sabía que tenía que ir a Soacha para registrar su presentación, pero jamás se me pasó por la cabeza que fuera a fotografiar su muerte. En esa época, llegar a ser fotógrafo de Palacio era el cargo más importante al que cualquier profesional podía aspirar. Pagaban tres mil pesos por evento (doce fotos de 13 x 18 cm) y yo estaba en el lugar ideal para lograrlo, pues las estadísticas daban a Galán como seguro ganador de las elecciones, y, así las cosas, a mí como su fotógrafo personal.

La mañana transcurrió lentamente. En el fondo me daba cierto miedo asistir esa noche, no porque hubiera presentido algún desenlace trágico, sino porque en ese entonces trabajar como freelance era mal visto. Los contratos laborales eran como contratos de fidelidad, y realizar trabajos independientes podía parecer como un acto de traición. Nunca había estado en Soacha. Salí a buscar un taxi a las siete de la noche y, después de esperar veinte minutos, al fin paró uno. Cuarenta minutos más tarde llegué a la entrada de San Mateo, donde una calle estaba cerrada y resguardada por policías que no dejaban ingresar a nadie a la plaza central. De pronto apareció, montado en una camioneta blanca, saludando a quienes lo aclamaban. Me levanté, agilicé el paso y adelanté al candidato en busca del mejor lugar para tomar las fotos. Durante el brusco recorrido recordé que veinte días atrás Galán había dado a conocer su inconformidad con los fotógrafos y camarógrafos que se subían a la tarima pues, según él, distraíamos a la gente. Me ubiqué en el lado norte de la tarima, pensando que él haría su entrada por el costado sur, pero me equivoqué y terminamos subiendo los dos metros de altura por el mismo flanco. Sus ayudantes le alcanzaron una silla para que se subiera en ella y que así la gente lo viera bien. Tenía lista mi cámara Nikkon S3 y mientras pasaba mi dedo anular por encima del obturador recordé a Gloria Pachón regañándome por haberle tomado a su esposo una foto en contrapicado, el ángulo que más le perjudicaba su imagen, pues cuando gesticulaba se le notaba la papada. Desistí. Un hombre que cargaba a una niña cerca de la tarima me llamó la atención. Galán alzó los brazos y escuché el estruendo de lo que pensé era pólvora. Lo vi caer. También vi sangre y a varias personas abalanzándose sobre el hombre y la niña que había visto antes, para protegerles la vida. Eran las 8:20 de la noche y el resto fue una total confusión. El cruce de balas duró tres minutos, pero para mi fue como media hora. Salí corriendo hacia un campero ubicado a cinco metros de la tarima. Protegido con el carro, sacaba la mano con la cámara y, calculando, tomaba fotos. Ahí tomé la última foto de esa noche: varias personas arrastraban a Galán con un desespero apenas natural, y se chocaron con el campero. Disparé el obturador y al ver su camisa manchada de sangre me llené de miedo. La gente empezó a salir de sus improvisadas trincheras para entender lo que había pasado. Yo lo tenía todo muy claro. Esto no lo he contado en diecisiete años: cuando me encontré con Chucho Calderón, camarógrafo de la campaña, tropezamos con algo en el suelo. Era una UZI. La levanté y se la di a un policía, pensando que le pertenecía. Nunca le vi la cara. Lo único que sé es que debí haberla fotografiado. Galán fue asesinado por una ráfaga de balas, tal como las que puede disparar una mini UZI, y ese día solo dos bandos portaban armas de ese tipo: policía y asesinos. También se sabe que en el atentado no murieron oficiales, y si hubiera muerto alguno de ellos, lo habría hecho aferrado a su arma. Solo puedo decir que la recogí cerca de la tarima, que el arma se esfumó apenas la entregué y, con ella, la oportunidad de haber podido fotografiar la evidencia contundente del crimen.

Después del atentado mi mayor preocupación era que Julio Andrés Camacho, director de Cromos, me echara por estar trabajando en algo que nada tenía que ver con la revista. Fui a revelar las fotos, cuando me enteré de que mi presencia en el atentado se había filtrado en todos los medios. La orden era que no podían dejarme llegar a la revista, pues todos querían comprarme las fotos para publicarlas en exclusiva. Le entregué las fotos a Cromos, que hizo una edición especial con ellas y, además las vendió a la agencia de noticias AFP.

Hoy en día, cuando las veo me doy cuenta de que no fueron las mejores fotos. Lo único cierto es que me dio duro haber sido el único que fotografió ese magnicidio, y que me da mucha tristeza que las vainas que deben descubrirse en este país, no se descubran.

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