Había llegado a la casa luego de dictar clases de arquitectura en la Nacional, y estaba en el apartamento viendo las noticias. Quedé perplejo cuando vi el atentado. Fui vecino y compañero de colegio de Galán. Eran doce galancitos —seis hombres y seis mujeres, si mal no recuerdo—, que vivían en el barrio San Luis. En el parque siempre nos reuníamos después del colegio a jugar fútbol. La casa quedaba en la carrera 17 entre calles 59 y 60 y era casi el centro del barrio para nosotros. Recuerdo que el papá era un señor muy serio, mientras que la mamá era la que patrocinaba que la patota de niños entrara y saliera de la casa constantemente. Él me llevaba tres o cuatro años y lo conocí cuando yo tenía diez. Estudiamos en el colegio Antonio Nariño y él era el alumno más aventajado. Era poeta y grafólogo, en los bailes las niñas especialmente le hacían fila para que les leyera la escritura.

Estaba tres cursos delante de mí, pero salíamos del colegio juntos todas la tardes y los fines de semana porque pertenecíamos al Grupo Octavo de scouts. La patrulla que Galán guiaba se llamaba Los Halcones, ahí estábamos Jorge Escobedo y su hermano Rómulo, Miguel Laverde, José Luis Villaveces, Darío Valencia, Bernardo Carrasco, Gustavo Bernal, él y yo. El jefe del grupo era Hernán Wiesner Durán. Conocíamos a la perfección los cerros orientales, teníamos un busecito en el que nos íbamos de excursión y una vez nos fuimos a pie de Bogotá a Bucaramanga. Nos demoramos cuatro días en completar el recorrido. Galán era experto en clave morse, en comunicación con banderas, también era un gran deportista.

Tendría yo dieciocho años cuando nos distanciamos. Él había comenzado a estudiar Derecho y ya no le quedaba tiempo para seguir con los scouts. Nos reencontramos cuando lo nombraron Ministro de Educación. Poco antes de su muerte me puse en contacto con Darío Valencia, su colaborador y amigo, que era como su filtro en esos días, para ver la posibilidad de construir una sede galanista en Fontibón, lo que nunca se concretó. Acompañé discretamente al cajón el día del funeral, pero no pude entrar al Cementerio Central por la cantidad de gente y lloré por la pérdida de mi amigo de infancia.

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