Desde niño me gustan los deportes de riesgo, las actividades que generan esa emoción natural llamada miedo. Por eso llevo 35 años corriendo delante de los toros en los encierros de San Fermín. Mi objetivo es, colocándome entre las astas del animal, intentar templar su carrera y, sin tocarlo, conducirlo a la plaza. No es algo sencillo pues el trayecto no es lineal sino que está sujeto a una cantidad de circunstancias aleatorias. Uno debe mirar al toro y al mismo tiempo ir apartando con los codos a una cantidad enorme de gente que se cruza en el camino presa del pánico.

En el encierro no hay control antidoping, entonces uno encuentra muchos que se meten rayas de coca o anfetaminas hasta las orejas para darse valor. Son 870 metros que generan una descarga brutal de adrenalina porque está en juego la vida. Yo estuve a punto de perderla en el 2004. Fue un lunes, el día cuando siempre corremos "los de casa", los habituales. Yo cogí la curva de Teléfonos y ahí me crucé hacia el centro de la calle. Sabía que tenía detrás a un toro, pero me preocupaba más esquivar el montón humano que se había formado en el callejón. Lo hice hacia el lado derecho, pero lo que no pude prever fue que detrás de ese montón había un segundo grupo de gente caída. Apenas perdí el equilibrio sentí la primera cornada del toro, un pinchazo caliente que penetró la parte de atrás del muslo izquierdo. Mi reacción instintiva fue quedarme quieto porque normalmente el toro, ante tanto estímulo de gritos y gente, levanta la cabeza y se va. Pero hizo todo lo contrario y volvió a buscar a su presa. Fueron 23 segundos eternos en los que vi la muerte de cerca. El animal me asestó otras cuatro cornadas, la más brava fue la del glúteo derecho porque lo atravesó hasta la base de la cadera. Eso me produjo un dolor horroroso. Por suerte nunca perdí el conocimiento y cuando el toro se alejó logré arrastrarme hasta una de las gateras (uno de los habitáculos de protección). Perdí muchísima sangre, me operaron durante cuatro horas y permanecí un mes en el hospital.

La recuperación fue lenta pero gracias a mi buena condición física tengo el orgullo de ser la única persona que, después de sufrir semejante cornada, volvió a correr al año siguiente por las calles de Pamplona. Es que cuando estoy tan cerca del toro y consigo meterlo en la plaza me siento como flotando en una nube. Eso es lo que me alimenta, lo que me da energía, lo que me hace vivir.

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