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Las imágenes Doppler de Andrew aparecían en los televisores tan amenazantes como la crónica de una muerte anunciada. El sur de La Florida no se iba a escapar de esta, pues la tormenta venía "encarrilada" hacia nosotros. La recomendación número uno era evacuar la zona, pero mi familia vive en otro estado y mis amigos cerca de donde yo vivo, así que no tuve más remedio que acuartelarme en casa, cerca de la base aérea de Homestead, donde trabajaba como piloto. Sabía que debía estar lejos de las ventanas, y los expertos en la televisión incluso mencionaban que el clóset o el baño eran los lugares más seguros. Era mi primer huracán, no sabía qué esperar de la tormenta y me quedé sentado en la sala escuchando los gruñidos del viento. Antes de que se fuera la luz vi en la televisión a Andrew como un monstruo verde, amarillo y rojo que despedía ventarrones de hasta 272 kilómetros por hora y llegaba a la categoría 5, la más alta de todas. La tormenta llegó como un tren de carga durante la madrugada, abombó mi puerta hacia adentro y rasguñó las ventanas, sin llegar a romperlas. Era como una lluvia de proyectiles lanzados contra mi casa. Quise convertirme en una bacteria para vivir bajo el suelo, pero de pronto, hubo un silencio. Corrí las cortinas y vi asombrado que no había viento. Eran las cinco de la mañana. Salí de mi casa y vi atónito que la noche estaba despejada y estrellada. Pero el peligro no había pasado. Estaba en el ojo del huracán, un oasis circular de 15 millas de diámetro en el que la presión había caído tanto, que apenas estaba en 922 milibares, una de las tres presiones atmosféricas más bajas registradas en el ojo de un huracán que ha tocado tierra en la historia de EE.UU. Después entendí que fue por eso que me estaba sintiendo sin energía. Si hubiera estado de día, habría visto en el horizonte una pared de nubes con formas alargadas rodeándome, pero vi estrellas sobre mi cabeza que reforzaron mi idea de convertirme en astronauta y que me hicieron fantasear con la posibilidad de volar dentro de ese ojo hasta que la tormenta se disipara. Después de tres horas de paz, un golpe de viento inesperado casi me derriba al suelo. La tormenta se había despertado y cuando atravesé el jardín de la casa ya me habían asaltado varios proyectiles en forma de ramas de árboles y tapas de canecas de basura. Andrew se fue. Dejó 25 mil casas destruidas, y casi todo mi vecindario devastado, pero aún me emociona pensar que estuve en el ojo de esa bestia y sobreviví para contarlo.

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