Estar en la punta del iceberg es algo fácil de lograr aquí en la Antártida, la "madre" de casi todos los icebergs del planeta. Los funcionarios de la National Science Foundation me han dado a escoger: ¿quiero navegar hacia un iceberg

, ¿volar hacia él? En todos estos entornos hay científicos trabajando durante los tres escasos meses que dura el verano austral. Escojo volar y aterrizar sobre la cima de uno, pues eso de ascender por las escarpadas paredes de un trozo de hielo azul que flota en el mar lo hice hace poco y fue extenuante. Era una hermosa montaña de unos 50 metros de alto y 150 metros de profundidad que flotaba frente a la costa del Mar de Ross, en la Antártida oriental, con su propia tripulación de pingüinos. Tuvimos que llegar hasta el iceberg en un zodiac, batallar las olas que se estrellaban contra la costa de hielo y desembarcar contra sus bordes lisos. El hielo milenario es tan compacto, que las botas polares no agarran bien, y las caídas son inevitables. Pero jadeando, refunfuñando y amarrándome a un piolet de alpinismo, llegué hasta la punta. Esta vez aterrizamos en el techo de un témpano de varios kilómetros de ancho y largo, de unos 80 metros de grueso, a punto de quebrarse. Es como estar parado sobre una torta de queso. Dos científicos quieren estudiar la dinámica del hielo, y están enterrando algunos instrumentos para grabar su geología. Podemos oír al hielo lamentándose bajo nuestros pies. Una hora después, aparecen unas grietas delgadas. Toda la operación es un riesgo calculado. Es hora de partir. El helicóptero levanta vuelo, vemos una explosión, oímos un ¡craaaack! y el piso se abre en dos. La grieta se ensancha en segundos, como si un cuchillo invisible hubiese cortado la torta de queso. Ha nacido un nuevo iceberg, una isla que demorará al menos dos años en derretirse.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.