... una orgía
*Anónimo





No me acuerdo bien de cuántos éramos porque no estaba en mi sano juicio. De lo que sí me acuerdo es del momento en que tuve conciencia de la situación: a mi izquierda, dos viejas dándole sexo oral a un tipo; a la derecha, más lejitos, era al revés: dos contra una; yo era el tercer elemento en un 69 femenino y a mis espaldas había una parejita y otro grupo que no podía ver bien. La cosa empezó muy ordenada porque éramos parejas, pero el enrumbe, el trago, algunas drogas, los roces aquí y allá con los demás, algunas personas que estaban solas, y eso de ver sexo en vivo al mismo tiempo que se practica, pues hizo que se armaran grupitos de tres y de cuatro, y ya entrado en gastos uno quiere probarlo todo.



Estuve en un trío de dos hombres con una mujer, y también estuve con dos mujeres. En algún momento, también participé en unas trenzas raras de cuerpos en que uno echaba mano aquí y allá sin mucho orden, y a veces se formaron unos ?descordines? que podían ser cómicos (aunque nadie se reía, todo el mundo estaba en una concentración toda hambrienta) porque cuadrar los ritmos entre cuatro y cinco personas era difícil.



Además, en el instante en que se baraja el personal o se cambia de pose todo el mundo quiere quedar bien ubicado, cosa que no siempre es posible. Hubo un momento en que, si no quería quedarme por fuera de la acción, tenía que acuclillarme de una manera rarísima y doblar la cadera hacia atrás para no tropezarme con otro tipo, que estaba sobre la vieja que me ofrecía su boca; el caso es que me iba agarrando un calambre. Afortunadamente, pude mirar más allá a una monita que se había quedado en una posición parecida a la mía y ahí arreglamos.



Me acuerdo mucho de que olía a sudor y como a coliflores hervidas; era muy penetrante. Los cuerpos, además, estaban un poquito pegajosos, porque de tanto roce, chupada, beso y restriegue, ya todas las superficies son resbalosas. Además de los olores y lo pegachento, la otra cosa son los gemidos: eso se tenía que oír en los pisos de arriba y abajo del apartamento en donde estábamos, porque a uno se le sale algo como histriónico, se termina creyendo actor porno, y a las nenas también les pasaba. Supongo que es una cosa inevitable.



No he vuelto a estar en una orgía. Aparte de que no es de llegar y ?buenas, vengo para la orgía ¿Llegué muy tarde??, ?no, tranquilo, siga que apenas nos estábamos empelotando?, pues la preocupación por el sida, la edad, todo eso... uno se va ajuiciando. Pero, como dicen, ?y lo bailado, ¿quién me lo quita??.



*Contado a Julian García





Yo estuve en el ADIÓS de Soda estereo


por Tweety González, teclista de la banda.



Qué desafío contarles lo que pasó el 21 de septiembre de 1997. Soda Stereo, la banda más importante de Latinoamérica (perdón, soy argentino) se separaba... Mi historia con Soda viene de tiempo atrás: los conocía desde 1982, incluso les conseguí los procesadores de sonido para los álbumes Signos y Nada personal. En el 89, Charly Alberti me dijo que el puesto de tecladista del trío estaba libre. Quedamos en tocar y ver qué pasaba. A los pocos días nos juntamos y, desde ese momento hasta ese 21 de septiembre de 1997, nuestra relación superó rápidamente lo estrictamente personal.



Por eso es tan difícil explicar la mezcla de dolor y felicidad enorme que tenía el día del último concierto. Dolor por el fin de una era de total glamour, de aventuras colectivas y de hacer música con tres tipos inteligentísimos y talentosos. La alegría era saber que los shows de despedida que hicimos por México, Venezuela, Chile y Argentina fueron los más emotivos e importantes de mi vida, sobre todo en el último concierto.



Esa vez fue alucinante. Sentíamos el amor que enviaban desde abajo del escenario los 72 mil fans que estaban en el estadio de River Plate. Recuerdo los últimos compases de Primavera cero, era lo más parecido a cuando estás aterrizando en un avión y esperás con ansiedad el momento (el milisegundo) en que pisa tierra. Realmente era eso, bajarse de ese avión que era Soda y mandarlo a los hangares. No hubo un after party como el que se imaginan. Cuando los chicos se bajaron del escenario sabían que el sifón no tenía más gas, que festejar algo así era extraño, casi bizarro. No había un luto explícito pero tampoco la loca alegría de haber llenado un estadio como River. Todo era muy ambivalente, difícil de describir.



El sentimiento era colectivo. Recuerdo la cara de Adrián Taverna (el monstruo detrás de la consola en vivo), el único que trabajó con Soda Stereo desde el 82. Adrián estaba muy convulsionado y no era el único. Algo grande se terminaba, tal vez para siempre, y eso era una sensación rara. Todos los presentes sabíamos que el ?hueco artístico? que traía la disolución de la banda era casi imposible de llenar? tanto así, que aún sigue vacío.



Soda Stereo no tocó mejor que nunca: tocó como siempre, dando el máximo posible sin importar cuál fuera el día, el país, el lugar y la cantidad de gente, siempre en busca de dar lo mejor.









yo estuve en el manicomio


Por Alejandro Franco



Me enloquecí en el ejército. En julio del 91. Las prohibiciones, órdenes y reprimendas a excesivos decibeles, las formaciones rectilíneas y el inflexible protocolo de saludos me volvieron agresivo. Me desquitaba con el ejercicio. Cumplía las rutinas como un poseso. Había una canción que se llamaba El himno de los locos. Decía algo así como ?Hay locos que nacen locos / locos que locos son / locos por el deporte / locos por el amor...?. Mientras me aprendía el himno, me puse a gritar que estaba loco. El dragoneante que venía con nosotros ordenó a los otros que me agarraran. Yo no me dejé: salí corriendo y me atravesé en una formación. Rompí filas con un discurso en el que confirmaba mi locura y puteaba a la institución militar. Un pelado de apellido Estrada, que se había graduado del colegio un año antes, me tranquilizó. Me subieron en una ambulancia. Le ordenaron a un compañero, apodado La Rata por similitudes anatómicas, que me acompañara. En la ambulancia, La Rata empezó a decirme que yo era la cagada, que había tramado a todo el mundo con eso de que estaba loco, que fijo me iban a dar la baja..., y se reía. Cuando le respondí que fresco, que yo los iba a liberar a todos, que tenía un plan, se puso pálido y empezó a decirle al chofer que lo dejara bajar, que lo llevara adelante porque yo estaba loco de verdad.



El sufrimiento de La Rata no fue largo, pues el Hospital Psiquiátrico San Isidro está a una cuadra de distancia. Se trata de una mole blanca, chata, con un muro largo que sólo permite ver, a través de una parte enrejada, hacia un patio de recreo con cancha de fútbol. Tan pronto llegamos, me metieron en un consultorio que consistía en un cubo blanco, con camilla y escritorio. Una psicóloga primeriza empezó con preguntas de matemáticas. Respondí correctamente. Después me preguntó si yo tenía poderes. Me le reí en la cara. Al final quería saber ?por qué me estaba haciendo el loco?. El interrogatorio iba bien, hasta que empecé a sentir que desde los consultorios aledaños alguien golpeaba las paredes. Me agarró la paranoia de que a lo mejor me iban a matar y se las habían arreglado para que no quedara rastro. Llamé a mi casa desde un teléfono público que estaba en el pasillo. Me tranquilicé cuando llegó mi papá. Creo que si me hubieran dejado descansar, irme a la casa, no sé, me habría curado. A mí se me corrió fue cuando me dieron droga. La realidad vista a través del Akineton, el Rivotril, el Rohipnol, el Alopidol y el Tegretol se parece demasiado a la locura. Al otro día me trajeron ropa y me dijeron que me iba a quedar un tiempo, que no me preocupara porque ahí iba a recuperarme. El corredor principal atravesaba el edificio. Era de baldosas rosadas y desembocaba en el patio de recreo. Todo tenía baldosas o era blanco, San Isidro parecía un baño gigantesco. A lado y lado del corredor había salas con sofás y televisor. De cada una se desprendían nuevos pasillos, esta vez más estrechos, divididos en habitaciones. En un cuarto podía haber hasta cuatro personas. Yo, que estaba en mejores condiciones económicas, no convivía con nadie. Dentro de la pieza había un camastro, tapete, mesa de noche, baño y una ventana con baranda y cortina. Me habría amañado si no fuera porque de noche cerraban la puerta con llave. En ese entonces me daba la madrugada pidiendo que me sacaran, agarrando la puerta a patadas. Luego se cansaron y empezaron a amarrarme a la cama. Un día me les solté. No sé cómo lo hice, el caso es que me les aparecí en la recepción, con las sábanas colgando de mis brazos como un murciélago. Corrí hasta mi cuarto seguido de cerca por los enfermeros, arranqué el cortinero y los ataqué. No gané, uno siempre pierde. Desde entonces, cada vez que me portaba mal me ponían inyecciones. Venía una enfermera chiquita con cara de mala y me inyectaba.



A los que ya están estables y no joden tanto, los dejan caminar por ahí, no los encierran, no los amarran ni los inyectan. Poco a poco me volví uno de ellos. Empecé a caminar por el manicomio, a integrarme a las rutinas, a conocer gente.



Descubrí la cafetería. Uno podía entrar a cualquier hora y tomarse una gaseosa o comerse un pastelito. En el comedor sí había horarios fijos. El desayuno era a las siete de la mañana, el almuerzo a mediodía y la comida a las siete de la noche. Al patio nos sacaban a hacer ejercicio después del desayuno. En el dispensario nos alineaban dos veces al día para darnos las pepas, uno a uno, con la correspondiente verificación de que las hubieramos tragado. El resto del tiempo, uno podía ir por ahí, salir a jugar fútbol al patio o ponerse a ver televisión.



Del umbral de la locura hacia dentro, me metí en el ranking del lugar. Había unos que parecían descerebrados, desnucados. A ésos, que se diferenciaban de las plantas por su aspecto y, quizás, algún movimiento, había que bañarlos, darles la comida y acostarlos. Al final del pasillo estaban los locos uniformados. El uniforme gris y el traje de civil marcaban una diferencia en la peligrosidad. Los uniformados estaban presos en celdas con piso de cemento. A ésos casi nunca los dejaban salir. También estaban las locas bravas, que tenían uniforme rosado. Un día me metí adonde las locas bravas y se me vinieron todas diciendo ?éste es mi Pedrito?, ?éste es mi Jorgito?, ?éste es mi Toñito?, cada cual un nombre diferente. Yo, que me llamo Alejandro, salí corriendo. La que se veía más mal estaba aislada en un calabozo. Era sucia y desgreñada como una medusa. Gritaba todo el tiempo. A mí me gustaba espiarla por la rendija de la puerta.



Entre los locos libres había un tipo que movía la lengua y caminaba en zigzag porque se creía una serpiente. Otro ?que se llamaba Iván Lima, no se me olvida? tenía unas gafitas de John Lennon y me caía mal. Siempre que lo veía por ahí, lo insultaba. Hasta llegué a pegarle. Tiempo después me lo encontré en la calle. Estaba envuelto en pañales de Hare Krishna. Me dijo que yo tenía un karma por haberle pegado, que se me iba a caer la mano. Al parecer Iván Lima aún no se ha curado. También había una señora como mística que se creía la vírgen María. A ésa una vez le pelé la hoja y le dije que me la iba a comer. Ella se estresó toda; me decía ?¡No, Alejandro, eso es pecado!?. Eso fue al principio, cuando me rastrillaba contra las almohadas y salía en pelota al pasillo.



El siquiatra que me atendía me sacaba todos los días a caminar por los jardines o me llevaba a tomar gaseosa en la cafetería mientras hablábamos. A medida que transcurrían las charlas yo me fui sintiendo mejor. Luego entré al taller de manualidades y empecé a trabajar con plastilina y madera. Una vez, incluso, pusieron música y terminamos todos bailando felices. Poco a poco fui subiendo en el ranking hasta los umbrales de la locura, que vistos desde dentro son de la cordura. Un buen día me dieron de alta.



Ahora que estoy bien, vivo en el barrio Nápoles, en un apartamento cuyas ventanas dan al patio de San Isidro. Desde allí puedo ver a los internos jugar. Me alegra estar fuera, aunque, ironías de la vida, sigo estando muy cerca.









yo estuve en el más allá


Por Juan de la Torre



En enero de 1984 yo salía de una corrida de toros hacia mi casa cuando se aparecieron unos tipos y me pegaron cinco tiros. Una bala me entró por el cuello (y aún está ahí, no me la pudieron sacar), dos en el estómago, una en el brazo izquierdo y otra en una pierna.Recuerdo que me llevaron al hospital y estuve consciente hasta el otro día. Estuve dos meses y diez días en coma porque me dio una baja en las defensas, lo que hizo que se me alborotara un tal zitomegalovirus y me diera una congestión pulmonar. El chance de vivir era del 30 por ciento



En ese tiempo, tuve dos experiencias en el más allá, ambas cuando estuve al borde de la muerte. La primera vez, recién había entrado al coma, y la segunda un poco después, mientras estaba en el Hospital San Lucas de Houston, donde hicieron hasta lo imposible por salvarme la vida.



Recuerdo un túnel oscuro y largo, inclinado como un tobogán. Yo flotaba hacia el final, que desembocaba en una nube blanca y luminosa que bullía. Mi cuerpo estaba envuelto en la bata del hospital, yo estaba boca arriba, viendo mis pies descalzos avanzar hacia la nube. Pude mover los brazos de nuevo, sin dificultad y sin dolor, pero no podía tocar las paredes del túnel: me mantenía en el centro, como cayendo en cámara lenta. Yo sabía que me iba del mundo de los vivos para siempre, por eso, en medio de la inmensa tranquilidad de aquel lugar, lo único que me inquietaba eran los afectos: mis hijas y mi esposa, a quienes no iba a volver a ver jamás. Ambas veces llegué hasta el final y la nube me envolvió por completo, pero a pesar de todo nunca avancé más allá, en ese punto siempre me detuve y lo siguiente no puedo recordarlo.



Tuve, además experiencias de desdoblamiento. Yo iba a mi negocio, caminaba entre mis empleados y ellos no me veían. Visité muchos sitios durante el coma, me movía con libertad y me quedaba durante un rato al lado de mis seres queridos. Otras veces me vi a mí mismo postrado en la cama, conectado a los aparatos que me mantenían vivo, pero nada de eso me aterraba, era como si el miedo nunca hubiera existido.



Ha pasado mucho tiempo. Recuerdo esas experiencias como un mensaje del Creador y siento, desde entonces, una necesidad incurable, rabiosa y militante de ser feliz, de exprimirles alegría a todos los momentos de mi vida.









Yo estuve en un exorcismo


Por Rafael Arango



El título es una mentira. Yo no estuve en un exorcismo: he estado en quinientos exorcismos. No todos ellos tan impresionantes como la gente se los imagina, pero, mal contados, quinientos. ¿Por qué tantos? Hace 24 años dirijo grupos de oración y colaboro con las obras de la Iglesia. Quienes estamos comprometidos en estas causas estamos acostumbrados a ver de todo: demonios que obligan a las posesas a desnudarse para tentar al exorcista, cuerpos que comienzan a oler a podrido, gente que salta como rana o ladra o ruge o escupe insectos? Voy a tratar de resumirlo en el puñado de palabras que me asignaron para relatar mi experiencia.



Hay un exorcismo que recuerdo en particular porque tiene que ver con el obispo Alfonso Uribe Jaramillo. Monseñor descubrió el poder de la oración desde el día en que, a punta de rezos, hizo que a una niña de La Ceja le creciera doce centímetros un piecito. Esa niña, hoy de 22 años, se llama Teresita Patiño y puede dar fe de que lo que digo es cierto.



Monseñor, veterano de ocho mil exorcismos, era en la época del caso que voy a relatar, hace 17 años, obispo de Sonsón. Un día que lo acompañábamos cerca de ocho personas, llegó a visitarlo un gurú, de esos que ve uno en la calle con pandereta y cabeza pelada. Con tono retador, le dijo a monseñor que venía a visitarlo porque ambos tenían algo en común: poder. ?Yo, como santa Teresa de Jesús?, aseguró, ?también levito?. El obispo, que estaba curtido en estas materias, le pidió que demostrara sus habilidades. El tipo se sentó en posición de loto sobre el tapete azul de la sala y comenzó a trabajar en su método de respiración y concentración. Quince minutos después, créame, lo vimos comenzar a elevarse. Lo más impresionante es cuando usted ve pasar la luz entre el suelo y la persona, y descubre que no hay truco. ¿Por qué levitaba? Porque muchos santos pueden hacerlo y el demonio imita. Con una serenidad pasmosa, monseñor se le acercó y levantó la mano derecha, mostrándole un anillo con la imagen de la Virgen y comenzó a recitar, en latín, el exorcismo del papa León XIII. El texto incluye varias bendiciones que debe realizar el exorcista. Así se hizo.



Con la primera señal de la cruz, el gurú abrió los ojos; los tenía en blanco, no se le veía pupila. Seguía flotando. Con la segunda, se le apergaminó la piel y se le puso del color de un muerto. Con la tercera se fue de espaldas, se movió en el aire y cayó pesadamente al piso. Todos gritamos. La luz era normal, la de un día cualquiera, y tampoco recuerdo un olor especial. Los exorcismos no siempre suceden como en las películas aunque, debo decirlo, en ocasiones tienen episodios más repugnantes que los que presenta el cine.



Después de las bendiciones, el hombre empezó a reptar como una serpiente y a vomitar. Se contorsionaba de un lado para otro. Blasfemaba, decía una cantidad de porquerías y de palabras vulgares que ya ni quiero recordar. Entonces, dejó de moverse, abrió los ojos y preguntó dónde estaba. El demonio lo había dejado.



No sé qué pasó con él. Por lo general, después de estas experiencias la gente cambia su manera de ver la vida. Solo recuerdo que monseñor lo llevó aparte y conversó largo rato con él. El hombre debió irse de allí dándole vueltas a una frase que todo exorcista siempre tiene muy presente: ?El demonio es un perro encadenado que va hasta donde Dios se lo permite?.








yo estuve en la luna


Por Buzz Aldrin*



Cuando viajé a la Luna estaba casado y tenía tres hijos a punto de convertirse en adolescentes. Al despedirme de mi esposa le dije ?adiós, te veré pronto?. No me cabía la menor duda de que así sería.



Los mayores riesgos estaban en el despegue (por tratarse de una nueva nave) y en el alunizaje. Cuando despegamos sin ningún problema, supe que todo sería más fácil de lo que esperábamos; luego, antes de que pudiera darme cuenta, estábamos en la órbita de la Luna. Lo mas difícil era desacelerar alrededor del satélite y controlar nuestra maquinaria de aterrizaje con el combustible que llevábamos. Cuando finalmente lo logramos, quedaban más o menos 15 segundos de combustible en el tanque.



Al fin tocamos la superficie de la Luna y hubo una gran sensación de alivio y de éxito. Aún quedaban muchas cosas por hacer, pero valoramos profundamente el instante. Las imágenes que vimos a través de la ventana fueron algo completamente surrealista: muy similares a las que esperábamos, pero de todos modos un mundo muy inusual. Era como si, aunque supiéramos que estábamos en la Luna, no fuera exactamente real. Ver algo tan diferente y que tanta gente no había visto, y al mismo tiempo tener conciencia del éxito que implicaba estar allí por primera vez en la historia del hombre, era algo indescriptible.



Antes de salir no oíamos nada distinto a los motores y a la transmisión por radio. Afuera, el sonido siguió siendo el mismo. Aunque no había aire nosotros teníamos nuestro casco y nuestro traje espacial.



Luego Neil tocó la Luna y se comunicó con la Tierra. Recuerdo haber pensado que lo que dijo era muy apropiado. En realidad se trataba de un esfuerzo muy grande de todo el mundo civilizado; más allá de ser los primeros hombres en hacer algo, estábamos extendiendo la presencia humana hasta el espacio sideral.



A los pocos minutos yo caminé en la Luna y me sentí muy cómodo; era tan fácil como lo habíamos calculado. Salvo que todo pasaba como en cámara lenta a causa de la gravedad, no hubo nada particularmente extraño. Recuerdo que me tomé el pulso y estaba casi normal; a pesar de la emoción de estar allí, eso no implicaba, corporalmente hablando, cambios peligrosos.



A los pocos segundos tuvimos que dejar de lado el asombro para aprovechar las dos horas de tiempo que teníamos.



Yo tomé algunas fotos de las huellas y de la nave, pero dado que el verdadero fotógrafo de la misión era el señor Armstrong, las buenas fotos de nosotros fueron tomadas por él. De ahí que en la imagen que todos conocen yo tenga la suerte de ser la persona frente a mi bandera.



Unas horas más tarde, reabordamos la nave y nos encaminamos rumbo a la Tierra. Volvería a estar con mi mujer y mis hijos de acuerdo con lo previsto; pero mi vida, la de ellos y la del resto del planeta había cambiado para siempre.









Yo estuve en la SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Por Agustín González



Estuve en Tobruck, El Alamein, Gazala? en todas las batallas del desierto africano que más tarde Hollywood convertiría en amenas películas. Conocí a Eisenhower, Montgomery, De Gaulle; conocí Siria, Líbano, Egipto, Francia, Inglaterra, Italia; y conocí el terror de ver volar en pedazos a la gente que conversaba conmigo, el pánico de sentir un Stuka en picada sobre mi cabeza vomitando balas por todas partes, el dolor de verme rodeado de cuerpos destrozados. La carne de un amigo, su sangre, todo regado aquí y allá, es una experiencia que queda grabada para siempre porque huele, porque tiene color, porque nunca se la puede uno sacar del alma.



Me enlisté en 1941 y me embarcaron para Inglaterra, donde recibí entrenamiento y uniforme de voluntario en la Legión Extranjera de la Francia libre. Hasta ahí, la guerra era un paseo. Luego me montaron en un barco y me mandaron a combate. En la Legión alcanzamos a servir 500 colombianos, de los que hoy, vivos, sólo quedamos Gustavo Quintero, que vive en Cali, y yo, en Bogotá.



No me pida una cronología de la guerra, porque el soldado nunca sabe qué día es ni qué horas son. Apenas sabe que está en guerra. Y que tiene miedo. Quien diga que fue a la guerra y no tuvo miedo, miente. Yo le tenía pánico a lo que llamábamos ?la vaca?, una batería alemana de cañones que al comenzar a operar sonaba como un mugido ensordecedor. Y miedo tuve cuando los alemanes atacaron el camión en el que yo viajaba cuando nos retiramos de El Alamein. Me dieron dos tiros en la cabeza, pero logré ponerme al volante y abrirme paso en una huida que les costó la vida a ocho alemanes que atropellé. Pensé que me desangraba, que iba a perder el conocimiento. No sé como conduje a territorio amigo. Me bajaron del camión junto con los cuerpos de los demás pasajeros. Sólo yo viví para contarlo.



Siempre me preguntan si maté a alguien. Nadie puede llevar una estadística tan macabra, pero sí, debí matar unas 50 ó 60 personas, incluidos los alemanes que le digo, y vi morir al menos a cien personas que conocía.



La Legión era el cuerpo más sufrido de la guerra. Siempre estábamos de primeros en todas las batallas, y cuando los alemanes capturaban a un legionario lo asesinaban. Y todo por un sueldo de 35 libras esterlinas. Las mismas que le pagaban a Bretón, un colombiano de 22 años que estuvo conmigo en la Legión. Lo capturaron, le cortaron los testículos, lo clavaron a un árbol con bayonetas y lo dejaron morir para que lo encontráramos los demás.



La guerra es espantosa. No fui por aventurero; estuve allí porque creí que era mi deber ayudar, algo que aquí no entienden. El gobierno francés vela por nosotros, los ex voluntarios de la Legión. Pero en Colombia, desde que terminó la guerra, hace 57 años, jamás he podido hablar con un general de esos que se pasean por todas partes con el pecho forrado en medallas ganadas quién sabe cómo. Las mías me las gané en el frente, aunque hoy mi vida transcurra en un triste segundo plano.

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