A pesar de los tres campeonatos que conseguí con Boca Juniors en la década del 60 y de mi participación en la conquista argentina de la Copa América en 1959, la gente se acuerda de mí como futbolista por una jugada insólita que sucedió hace más de 42 años en La Bombonera.

Enfrentábamos a Newell's de Rosario y el estadio estaba repleto porque veníamos punteros. En un momento del primer tiempo llegó un centro peligroso a nuestra área. Yo siempre fui un defensor estricto, acostumbrado a cubrir las espaldas de mis compañeros y esa tarde no fue la excepción. Cuando el balón llegó al punto del penal observé que el delantero brasileño Joao Ance entraba solito, de frente al arco para empujarla y fue entonces cuando decidí anticiparme para intentar alejar el peligro. El problema fue que quedé perfilado para rechazar con la pierna izquierda que yo usaba solo para caminar. En ese momento pensé: o la reviento o nos hacen el gol. Le pegué sin asco a esa pelota que no paraba de elevarse y elevarse hacia el lateral izquierdo. Cuando superó la altura de los antiguos palcos oficiales de La Bombonera (unos 70 metros) y se fue directo a la calle yo ya preparaba mis oídos para las puteadas que se venían. Pero ocurrió todo lo contrario, el estadio entero estalló en una carcajada inolvidable. Rattín, el capitán del equipo me gritó: "¿Qué hiciste, loco? ¿Y ahora cómo seguimos jugando?". Mis compañeros, los rivales y hasta el árbitro Comesaña se cagaban de risa. En el vestuario me agarró el presidente del club, Alberto J. Armando, que era todo un personaje, y con cara seria me dijo: "Carmelo, a fin de mes vas a tener que pagarme la pelota".

El partido fue muy malo y terminó 0 a 0. Por eso el diario Crónica tituló: "Gracias, Cholito". Mi despeje impresentable fue lo único divertido de ese domingo en La Bombonera.

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