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De antemano les pido perdón por no dar la cara, pero es que esta historia todavía me da vergüenza. Sé que todos en algún momento nos hemos pegado una buena borrachera y que en medio de los tragos todo es posible, pero nada como lo que me pasó a mí. Hace ocho años, cuando yo tenía 24, fuimos con un grupo de amigos y amigas a la legendaria discoteca Discovery, arriba de la Caracas con la calle treinta y pico. En los 80 y también en los 90 fue un rumbeadero buenísimo, ideal para andar con cualquier vieja pues era muy oscuro y lleno de recovecos. La pista de baile tenía la típica bola en el techo y unas lucecitas en los lados, que iluminaban muy tenuemente este lugar de al menos tres pisos, si no estoy mal. Esa noche, después de mis buenos tragos y no sé en qué momento, decidí caminar hasta una mesa desocupada y no dudé en acostarme debajo para que nadie me molestara. Pensé que con unos segunditos de sueño me repondría de la rasca en la que andaba. ¡Ya saben, decisiones de borracho que nunca tienen sentido! Pero cuando abrí los ojos de nuevo lo único que había era oscuridad: literalmente la vi negra. Ni música, ni gente, ni luces de colores intermitentes. Todavía mareado, me paré angustiado, muy angustiado, sin saber qué pasaba y me tomó varios minutos caer en la cuenta de que todavía estaba en Discovery, y que como me había quedado dormido nadie me vio. ¡Si cuando había luces no se veía casi nada, menos cuando las apagaron! Todos se habían ido, incluidos los meseros. Como si fuera poco, no tenía celular para llamar a alguien. Traté de caminar tocando torpemente lo que se me atravesaba, pero nunca encontré la salida, no veía nada. En algún momento me tropecé con algo y se disparó la alarma del lugar. También se imaginarán la escena: yo solo en la oscuridad con ese ruido tan rico de oír en medio de un guayabo terrible. Cuando llegó la Policía pensaron que yo me estaba robando algo y me trataron como tal, pero los convencí de llamar al dueño para explicarles lo que pasó. Así fue. Cuando salí ya era de día. Mis amigos que pensaron que yo me había ido antes acorde a la típica actitud de borracho que se va sin despedirse, no pudieron creer este cuento y, hoy, les juro, todavía no paran de reírse. Es inevitable: tienen toda la razón.

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