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Me caí del zarzo, pero yo no soy un "caído del zarzo". Nadie me ha hecho el chistecito y si algo soy, es un de buenas, pues sobrevivir después de ese accidente fue un milagro. Fue en 1989. Yo estaba trabajando en una bodega cuadrando la grifería de un tanque a una altura de tres pisos. No sentí nada. Fue una cuestión de dos segundos. Se rompió una teja podrida y caí hasta el fondo desgonzado. No me acuerdo de la caída ni de lo que pensé en ese momento, si es que algo pensé. Solo sé que me pegué contra unas vigas de metal que me fracturaron la cabeza, que el casco no me sirvió pues salió volando y que perdí el conocimiento de una. No me explico cómo mi hermano Alfredo no se fue también conmigo. Estaba a un paso de mí y es más pesado que yo. Fue él quien me auxilió con otros compañeros de cuadrilla para mandarme al hospital. Los médicos le dijeron a mi esposa que quién sabe yo cómo iba a quedar por el golpe y nadie sabía si iba yo a despertar. A los ocho días salí del coma, pero borré la película de todo lo que pasó un mes después y hasta se me olvidó el gusto que le tenía a la cerveza. Yo creo que quedé bien. A los cuatro meses volví a trabajar y ahora, 17 años después, solo debo tomarme un par de pastillas al día para evitar alguna convulsión. La caída del zarzo fue un duro golpe en mi vida.

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