El 17 de diciembre de 1986 don Guillermo Cano Isaza fue asesinado. Desde ese día cambió algo más que la vida de los periodistas en Colombia. Cambió nuestra rutina. Muchos de los reporteros que hacíamos investigación sobre temas de narcotráfico o corrupción relacionada con ella nos clandestinizamos al día siguiente.

Luego de un par de meses y una decena de llamadas amenazantes de inconfundible acento paisa me fui a vivir al que llamábamos el Hotel Lucho. Fue algo más que mi voluntad, a decir verdad. Vivía en una especie de "mews" londinense, frente a la casa del partido liberal, en Teusaquillo. Su dueña me pidió el apartamento porque temía que le volaran su patrimonio de viuda con una bomba destinada al incómodo inquilino.

Como respuesta al asesinato del director de El Espectador, todos los medios de comunicación del país se unieron para publicar de forma simultánea las investigaciones que hacíamos sobre el Cartel de Medellín. Las notas no iban firmadas, pero no resultaba nada difícil imaginar quiénes éramos sus autores.

Era un tiempo de locura, que, pienso ahora, solo soportábamos cabalgando sobre el lomo de los litros de adrenalina que creaba nuestro organismo para compensar la falta de endorfina de entonces. Había tan pocos motivos para sonreír.

"¡Me acaba de llegar un sufragio invitando a mi entierro!", decía descompuesto un magistrado de la Corte. "Al menos no podrás acusarlos de maleducados", le respondían sus compañeros que, más discretos, habían guardado los suyos en el fondo del escritorio.

Para decidir la nueva residencia convoqué a una 'junta de seguridad' compuesta por mis amigos de siempre, dos Álvaros, un Fernando, dos Beatrices, una Luz Ángela, dos Adalbertos, una Gilda y una Aura, distanciados ya con el transcurrir del tiempo.

"Lo ideal es mimetizarte en el sitio menos imaginable, si no quieres irte de Colombia", cosa que nunca había considerado una alternativa, pese a que el entrañable Edgar Lenis Garrido, entonces presidente de Avianca, me había ofrecido pasajes de su empresa a cualquier país del mundo. Su ofrecimiento vino luego de tomar el nombre de un magnífico libro de nuestro compañero columnista Enrique Caballero Escobar, "América una equivocación", para escribir una columna destinada a aguarles la fiesta a los jefes del cartel, preparados a celebrar la victoria en la Copa Libertadores.

El 'sitio menos imaginable' resultó ser la habitación 304 de un hotelucho en plena zona roja (así llamaban entonces al barrio de las prostitutas) del centro de Bogotá, cubierto en todas las esquinas por un batallón de mujeres rubensianas, cuyo cinturón era más grueso que su falda, que apenas ocultaba el centro de atracción de sus clientes para la reproducción cotidiana del monstruo de las dos espaldas.

La presión y amenazas recibidas entonces en todos -y por todos- los medios dejaron en claro que su espacio ya no era suficiente para contarle al país las dimensiones del poderío económico y político del cartel, así que decidí escribir Los jinetes de la cocaína. Por pura protección el contacto con mi familia era nulo, así que volví a convocar al hotelucho a mi 'junta de seguridad' para contarles mi nuevo proyecto.

Llegaron más preocupados que de costumbre por la insólita hora y locación, pero en un par de frases les desgrané el proyecto. La oposición fue rotunda, pero les expliqué que no les consultaba, sino que quería saber si contaba con su apoyo. La estrategia dio resultado, porque el respaldo fue incondicional. Era el 17 de junio de 1987, y el libro sería publicado seis meses más tarde en una operación clandestina de comando.

Mis directores, Juan Guillermo y Fernando Cano Busquets, también sin compartirlo, respaldaron el proyecto y desde el día siguiente dijeron en la redacción que yo había sido encargado de escribir la historia de los cien años del periódico, que se cumplían ese año, y que por eso no iría al diario sino de forma ocasional.

Dos días antes de aparecer el libro en la calle recibí la primera amenaza directa. "Estás muerto, te vas a chupar gladiolo", me dijo la voz, y no me siento obligado a relatar el resto, porque mi madre es una santa en vida. Alguien había enviado a Medellín una de las copias que había repartido entre las personas que me habían apoyado logísticamente en el libro.

El general Miguel Maza Márquez, jefe del DAS, llamó a Juan Guillermo a advertirle que había salido un grupo de sicarios de Medellín para asesinarme. El presidente Virgilio Barco también lo llamó para decirle que el país no soportaría el asesinato de otro periodista, y que me ofrecían un cargo en el exterior. En una breve charla cifrada con Juan Guillermo agradecí la primera información, y rechacé de plano la segunda. Si aceptaba una prebenda de cualquier gobierno, implicaría que ese gobierno había patrocinado mi libro, y se desvirtuaría.

Llamé a Edgar Lenis a su oficina, y en media hora me llegó un pasaje Quito-Miami.

Así era nuestro plan de protección. Saldrían tres carros, en direcciones opuestas, desde una finca que Gilda había alquilado en la sabana. En uno de ellos iría con Álvaro, hacia Pasto. Me llevó hasta la frontera, donde cargué el morral con mis pertenencias, para inaugurar la que sería durante los próximos siete años mi vida de caracol, siempre con mi casa a la espalda.

El avión de Quito hizo una escala interminable en Bogotá, y lo peor, fuimos trasladados en buseta de Eldorado al puente aéreo, en lo que me pareció el trayecto más largo de mi vida.

Llegué a Miami, pero el oficial de inmigración me anunció que no podría ingresar a los Estados Unidos. Tenía, dijo, las características de un ilegal, ingresaba por otro país, no tenía pasaje de regreso a Bogotá, y apenas llevaba en mi bolsillo los 23 dólares que me había regalado un grupo casi igual de amigos. La explicación de que iba a quedarme en casa del periodista Guy Gugliotta, del Miami Herald, le hizo ceder para darme un plazo de 64 horas, mientras un magistrado decidía si me deportaban.

Me aceptaron en los Estados Unidos, y gracias a la presentación que hicieran de mí Guy y Andrés Oppenheimer, me ofrecieron empleo en el Nuevo Herald. Pero Edgar me esperaba en Miami, y me advirtió sobre el peligro de lo que llamó 'el patio trasero' de Medellín. Edgar me 'giró' tres pasajes abiertos, el primero con destino Nueva York-Madrid, y los otros dos abiertos a mi nuevo nombre, mi primer nombre con el segundo apellido, y una carta de instrucciones para que renovaran los pasajes a su vencimiento, o aceptaran el destino que yo dijera. Eso me volvería a salvar la vida semanas más tarde.

Guy me llevó junto con su mujer, la periodista Carla Robinson, hasta la terminal de Greyhound, donde tomé un bus con destino a Nueva York. Mi rastro quedaba atrás cubierto por la nieve de los primeros días de enero del 88.

En Madrid me hospedé en el hostal más barato que encontré, el Cantabria, a cien metros de la Puerta del Sol. Lo atendía una gallega afable, Consuelo, que llamaba cazadoras a las chaquetas y que se desconcertaba porque me quería bañar todos los días: "¿Qué pasa, hijo, tienes mala la piel?, joder".

Fueron días de profunda reflexión, de una comida caliente día por medio, y de incordiar a Juan Guillermo con una llamada diaria de cobro revertido con mi nueva identidad, Manuel Carreras, para saber si ya habían detenido a los sicarios, para regresar. "Hmmm... peor que eso, en un allanamiento a la finca El Bizcocho encontraron una libreta de Pablo Escobar con unos cincuenta nombres y una bomba pintada al frente. Una de esas es para ti".

Me empezaba a hacer a la idea de iniciar una nueva vida, cuando Consuelo me recibió con un sobre que figuraba a nombre de Fabio. Ese no soy yo, le dije, pero ella aseguró que dos colombianos habían llegado a dejarme el sobre, y le dijeron "él sabe para quién es".

Desconcertado subí a mi habitación del tercer piso, rompí el sobre, que sólo contenía una pequeña bala dum-dum, de esas de punta perforada para que exploten tan pronto chocan contra el hueso.

Desarmé mi casa, la metí en el morral y la volví a cargar al hombro, ahora con destino a París, donde descubrí que en el colegio y la universidad me habían engañado cuando me cobraban por enseñarme a hablar francés.

Fue un largo periplo, que terminó en una buhardilla cerca de Paddington Station, en Londres, donde un periodista de la agencia EFE me hizo una entrevista, que reprodujo El Espectador. Un grupo de amigos se reunió a leerla, y el entrañable maestro Héctor Osuna sonrió, incrédulo, con la versión: "No", dijo. "Fabio está rebajando costos, compartiendo clóset con Salman Rushdie".

Luego vino la beca para estudiar en la Universidad de Oxford, y mi vida recobró, por fin, cierta dirección. Y toda tranquilidad.

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