"Vengo a entregarme". Ahí estaba yo, sosteniéndome con ambas manos apoyadas en el mostrador repleto de expedientes del juzgado 11 penal del circuito, donde expulsé las palabras que había construido en un melodrama mental repetido una y otra vez durante los nueve meses que estuve en libertad provisional, hasta recibir la sentencia por homicidio culposo en accidente de tránsito. Nadie pareció inmutarse. Un distraído patinador, que miraba en la cartelera el listado de sentencias, apenas me miró de reojo. El secretario de juzgado, con una inmensa mancha de café en la camisa raída, se acercó morrongo a mí para preguntarme: "¿Su nombre?". Fue mi padre, quien me acompañaba nuevamente por el tránsito de la justicia (ya eran incontables las veces que el incondicional viejo me conducía por haber transgredido la ley) quien murmuró con voz entrecortada por las lágrimas mi nombre. El ejemplar funcionario tuvo que hacer unas cuantas preguntas para contestar: "Tendrá que volver después, porque la boleta no ha salido". Desilusionado, sin drama de por medio, tuve que volver a la casa de mis padres a repetir la parranda de despedida que me tenía enguayabado ese día. La escena se repitió tres semanas seguidas, hasta que por fin un agente del DAS se dignó a devolverme a la Cárcel Nacional Modelo para cumplir una condena que me tenía bien ganada.

En la cárcel se repetía la escena de la 'jaula', donde se daba la bienvenida a todos: en un recinto de 15 metros cuadrados se agolpaban entre los barrotes ladrones, homicidas, estafadores, padres irresponsables, paramilitares, guerrilleros, inocentes y culpables. Luego la fotico, la tomada de las huellas, la asignación de patios y eternas horas de espera para los que nos trasladaban a otras cárceles. ¿Miedo? No tuve tiempo para sentirlo. Me hundí en un estado de aletargamiento que duró 20 meses, apenas suspendido por la visita de los sábados y domingos, y por espasmódicos momentos de lucidez que me sorprendían entre los innumerables libros que devoré durante ese tiempo.

Pero fue ese mismo día la única vez que realmente estuve en peligro. Habían asignado la gente a los patios, y en la 'jaula' quedaban conmigo cuatro personas: un flaco que tenían aislado por padecer de sida, un negro que trasladaban por una nueva condena desde Barranquilla al Barne y dos jovencitos que se iban para la cárcel de menores. Ya era de noche y el frío me había empujado a acurrucarme en una de esas bancas de cemento que atravesaban la 'jaula'. El negro se me acercó y me preguntó si quería un bareto. Yo, ni corto ni perezoso, lo acompañé a prenderlo en un pequeño cuarto que servía como baño. El costeño entró detrás de mí y un crack me advirtió que habían cerrado la puerta por fuera. Silencio. Más silencio y una oscuridad profunda. Luego sonó una risa nerviosa (era la mía). Un punzón en mi costado y el aliento rancio diciéndome "Monito, bájese los pantalones". Me encomendé al cielo. Nunca supe quién abogó por mí, pero el negro milagrosamente abrió la puerta y me dejó tranquilo.

Bueno, aún no creo ni en los zapatos que me pongo. Pero podría asegurar que, gracias a que mi retaguardia sigue siendo tan virgen como María, ahora mis nalgas se llaman Milagro y Esperanza. ¿Cómo sobreviví? Tratando de aplicar las reglas básicas de la cárcel: comer callado, no pensar y pagar lo que se debe. Digo "tratando" porque hoy en día, en un mundo completamente distinto, me hacen una inmensa falta dichas virtudes teologales. No puedo evitar decir que de alguna manera nunca fui tan libre como en la cárcel. Allá, la ausencia de decisiones y la lectura me permitieron ver el inventario de mi vida. Aunque aún le quedo debiendo muchas cosas a la vida, hoy soy un hombre mejor.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.