Antes de las siete de la mañana el piloto dijo que hiciéramos con él un Tres Sesenta en torno al avión. Era una máquina nueva, dos motores turbocargados:

-Algo excepcional, dijo.

El capitán Jorge Bernal había servido a la Real Fuerza Aérea británica como piloto de transporte en el África. Más tarde comandó en Colombia un pequeño bombardero B26 que llevaba El Tiempo a Barranquilla en las madrugadas, y meses después sorteó como gran veterano una emergencia en el sur del país. Transportaba hierro hacia el Putumayo, la carga desvió la brújula y él terminó sobre una playa del Pacífico.

Aquella mañana el cielo en Bogotá estaba limpio y Bernal hizo un plan para volar visual. Despegaríamos en busca de los radiofaros de El Rosal, La Palma, Palanquero y Medellín.

Nos elevamos por la pista Tres Uno de El Dorado para salir en condición pleno visual y lograr una altura de 10.500 pies. Pero cuando habíamos alcanzado los 9.400, el motor Dos, a la derecha, dejó de funcionar justo sobre aquel abismo donde termina la Sabana. El límite de la vida.

El avión se inclinó suavemente hacia ese costado y Bernal cortó el paso de combustible y aceite, viró y comenzamos a regresar. Era inminente: tenía que buscar la pista o tratar de posarse sobre los campos. Pero, ¿cómo? Allí las haciendas están divididas por barreras de eucaliptos colosales que las parcelan en cuadros reducidos.

Unos minutos después supimos que no llegaríamos al aeropuerto. Un potrero. Buscar un potrero. Tiempo eterno. Silencio. Dejé de escuchar el motor Uno, el sonido del viento, el roce de las manos sobre mi ropa. Silencio y una tranquilidad como jamás la había sentido. La calma era seguramente tan grande como el pánico inconsciente y como la adrenalina que debía estar produciendo el organismo.

Planeamos sobre un campo recién arado.

Tierra húmeda. Por la ventanilla cruzó un grupo de campesinos desarrapados. "Son más felices que yo. Mucho más felices", pensé, y sentí nostalgia. Cuando el suelo estuvo más cerca miré mis piernas: "¿Dónde irán a quedar?", me dije, pero así, con una tranquilidad absoluta. Y luego el único grito:

-Carpinterito mío, sálvanos.

Al perfilar el barrigazo, el plano derecho del avión chocó contra la punta de una cerca y vi un halo de combustible verde, un olor perfumado, penetrante. Gasolina etílica Cien Ciento Treinta, para motores de alto rendimiento. No debe haber un combustible más eficiente. Pero no aparecieron llamas.

-Carpinterito, qué grande eres.

Cuando el avión terminó de deslizarse sobre el fuselaje traté de abrir la ventanilla de emergencia. No pude. Me lancé al piso y la golpeé con los pies. Nada. Entonces grité. El piloto continuaba inmóvil tras la cabrilla. Con el grito despertó y retiró el cristal.

Afuera nos esperaban otros campesinos, pero por lo que hicieron y por lo que decían vi que no buscaban auxiliarnos.

-El saqueo -pensé.

Allí, a veinte metros del avión recordé tantos accidentes aéreos a los que había acudido por mi trabajo, tantas masas de carne chamuscadas y humeantes regadas por los campos y recobré el pánico. El avión estaba allí, arrugado, apagado, pensé en el pequeño bar tras la cabina de mando. Diez zancadas. Una botella de whisky.

Luego los bomberos me acomodaron en una ambulancia:

-El caballero sufre de alcohol -dijeron.

Al mediodía me comuniqué con el periódico y le anuncié a don Enrique Santos Castillo:

-Miguel Díaz, el fotógrafo, y yo, tuvimos un accidente aéreo...

-¡Carajo! ¿Y qué les pasó a las cámaras? -exclamó.

Al anochecer abordamos un aerocomander fletado a la empresa TASS, en parte para comenzar una terapia contra el pánico a los aviones y en parte para hacer en la Costa nuestro trabajo pendiente.

Unos meses más tarde, ese mismo avión chocó contra el cerro Pajuil, muy cerca de donde comenzó nuestra emergencia. El aerocomander buscaba entonces el aeropuerto de Bogotá, pero el V-O-R de la capital no tenía planta propia, se fue la luz en Facatativá y "se le cayeron las agujas al avión". Como volaba de noche y por instrumentos, el piloto creyó estar cerca de la pista y empezó a descender antes de tiempo. Se encontró, de frente, justo contra el cerro donde estaban las antenas del V-O-R que debía guiarlo. En ese siniestro pereció el obispo de Facatativá, monseñor Raúl Zambrano Camader.

El Tiempo me envió a aquel rescate. En el cerro vi las masas humanas achicharradas y humeantes y sentí que amaba aún más a mi Carpintero de Judea.

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