ES UNA EQUIVOCACIÓN de los periodistas asumir con ligereza el caso judicial que enfrenta a un grupo de católicos con directivos y colaboradores de la revista SoHo. Como no se trata de una publicación dedicada al seguimiento de la actualidad, sino de una revista mensual que se caracteriza por su osadía tanto gráfica como textual en temas como el sexo y la vida diaria, muchos colegas y el público en general piensan que todo no es más que una anécdota sin consecuencias.


Craso error. La tesis que ha llevado al juez a insistir, en contra de la Fiscalía, en procesar por los delitos de injuria, calumnia y daños o agravios a personas o a cosas destinadas al culto, al director de SoHo, Daniel Samper Ospina, y a varios de sus colaboradores, entre ellos más de una docena de personajes de la política, el deporte y la farándula que participaron en una foto parodia de la última cena, es terriblemente peligrosa para el futuro de la libertad de expresión.

El juez plantea que causaron daño o agravio a objetos destinados al culto y además injuriaron y calumniaron, aunque no se sabe bien a quién, al posar para la foto como si fueran los apóstoles mientras una modelo desnuda, Alejandra Azcárate, hacía las veces de redentor crucificado. La calificación incluye a otros participantes en esta atrevida recreación, así como al escritor Fernando Vallejo, autor del texto y conocido por su agresiva irreverencia.

"Los católicos que denunciaron a SOHO tienen el derecho a la libertad de culto, pero los demás tenemos derecho a la libertad de expresión".
Entre las cosas que SoHo ha hecho, esta publicación de julio del año pasado está lejos de ser la que más me ha gustado. La verdad, no entendí mucho ni el sentido ni el valor del artículo ni del material gráfico. Escuché en aquellos días muchas opiniones que calificaban esas páginas como muestra de mal gusto y no tanto de la audacia de la que SoHo es capaz, una audacia bienvenida en un país pacato.

Pero ésas no son más que opiniones relacionadas con la calidad de un artículo y de las fotos que lo acompañan. Convertir en delito los deslices de mal gusto que todos -y me incluyo- podemos cometer, es una indignante tentativa inquisidora que, aparte de la arbitrariedad que conlleva, plantea un precedente peligrosísimo para la libertad de expresión.

Hay que recordarles a los denunciantes y al juez lo dicho por O. W. Holmes, uno de los más ilustres magistrados de la historia estadounidense: "La libertad de pensamiento no es para los que piensan como uno, sino para el pensamiento que odiamos". Si la Justicia sanciona a los escritores, fotógrafos o caricaturistas por utilizar los símbolos de la fe católica para hacer una parodia, por atrevida e irreverente que sea, mañana no podremos meternos con la L del liberalismo ni la U del uribismo, ni podremos hacer chistes con el escudo, la bandera o la Casa de Nariño.

Los católicos que interpusieron la acción penal tienen el derecho a la libertad de culto, consagrado por la Constitución. Pero los demás mortales tenemos el de la libertad de expresión, que también está en la Carta, y que además es uno de los pilares del sistema democrático. Si el juez antepone la libertad de culto a la de expresión, mañana irá a la cárcel quien venda el libro de Kazantzakis, La última tentación de Cristo, quien haga una caricatura clavando la estrella de David en el territorio libanés o quien opine que El Vaticano es un nido de banqueros y negociantes.

Los religiosos tienen derecho a su culto, pero tienen el deber de respetar las expresiones de quienes no lo comparten o incluso de quienes utilizan sus símbolos para enviar mensajes distintos a los que dictan los prelados. Si hoy procesan penalmente a quien pintó la última cena de modo diferente al que impone la fe católica, quedará pavimentado el camino para que más adelante sean procesados los que piensen distinto al Gobierno, al Congreso, a las Fuerzas Armadas o a los propios jueces.
Junio 31 de 2006

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