El caso de las demandas contra la revista SoHo por las fotografías publicadas en la edición de agosto de 2005, en las que la modelo Alejandra Azcárate representaba la crucifixión de Cristo, se puede enredar a mediados de esta semana. El miércoles, un juez de la República decidirá si abre o no el juicio contra el director de la revista, Daniel Samper Ospina, el escritor Fernando Vallejo, la modelo Alejandra Azcárate y los personajes nacionales que, ataviados de apóstoles, recrearon el cuadro de La última cena.

La situación es esta: la revista publicó las fotos del vía crucis de Alejandra Azcárate, tomadas por Mauricio Vélez, y por eso recibió varias querellas penales lideradas por el consejero de Estado Alejandro Ordóñez Maldonado y por el movimiento Laicos por Colombia, que encabeza el ex congresista Carlos Corsi Otálora.

Los demandantes argumentan, apelando al artículo 203 del Código Penal, que las fotos en cuestión, y el artículo de Fernando Vallejo que las acompañaba, constituían en un agravio al culto, y que eso era penalizado por la ley con una multa. Además, señalaban que en el caso del director de la revista y del autor del artículo, también se podía tipificar el delito de injuria y calumnia, que contempla una pena de uno a tres años de prisión.

 

La Fiscalía asumió el caso y no encontró mérito. Por ello, recomendó su preclusión. Sin embargo, el juez penal que asumió el caso no aprobó la solicitud de la Fiscalía, por considerar que los señalamientos de los ofendidos sí tenían mérito. Los implicados apelaron esa decisión, y la audiencia se celebrará el 26 de julio en el juzgado 32 del circuito penal.

La revista está planeando una marcha silenciosa por la libertad de expresión para acompañar, ese mismo día, al abogado constitucionalista Humberto de la Calle Lombana, que asumió la defensa de los demandados sin contraprestación económica. Las fotografías, que en su momento generaron una gran polémica, aún siguen dando de qué hablar, pero por otro motivo: más allá de los juicios de valor sobre la pertinencia de su publicación, se convirtieron en el centro de una interesante y profunda polémica: hasta dónde se puede limitar la libertad de expresión cuando colinda con temas religiosos. El debate se encendió en Colombia justo momentos después de que unas caricaturas de Mahoma despertaran una ola de violencia contra los diarios europeos que se animaron a publicarlas.

Las posiciones están muy claras. Por un lado, están las personas que argumentan que la libertad de expresión no puede ser la trinchera para proteger los irrespetos que a nombre de esa misma libertad se cometen impunemente. Quienes piensan así, también creen que la sociedad necesita diferenciar con claridad la libertad del libertinaje. Para ellos, las fotos y los textos publicados por la revista SoHo pasaron la raya de la libertad de expresión y constituyen una ofensa a los cultos religiosos a que tienen derecho todos los ciudadanos.

Por el otro, están quienes defienden a capa y espada la libertad de expresión. Han aparecido varios líderes de opinión para cerrar filas en defensa de la revista. Los periodistas Antonio Caballero, Julio Sánchez Cristo, Daniel Coronell, para sólo citar algunos, han escrito varias columnas donde cuestionan las actitudes retardatarias de algunos sectores de la sociedad que se han erigido como nuevos savonarolas y, enarbolando la moral pública, pretenden crucificar a quienes se salen de sus cánones, como sucedía en las épocas más oscuras de la Inquisición. Para Caballero, por ejemplo, el asunto era un retroceso de siglos en la evolución de los derechos civiles, y por eso proponía que de una vez le hicieran beber cicuta al director de la revista, como ocurría en Atenas.

La revista SoHo, por su parte, se ha mantenido en su espíritu liberal y pluralista: advierte que la publicación es sólo una opción entre miles de opciones, que su compra no es obligatoria y que, incluso, no es recomendable ni para los niños ni para los laicos. Gustavo Gómez, editor de SoHo, se pregunta qué hubiera sucedido si la modelo hubiera salido vestida: “¿Lo que les molesta es la desnudez de la modelo? ¿No es esa una apreciación totalmente subjetiva medir el irrespeto según la desnudez?”.

Así mismo, el equipo editorial de la revista ha manifestado que si la susceptibilidad de cualquier católico fuera tenida en cuenta para censurar trabajos sobre obras religiosas, la humanidad no tendría dentro de su patrimonio cultural películas como La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese; El crimen del Padre Amaro, de Carlos Carrera; La mala educación, de Pedro Almodóvar; La vida de Brian, de los comediantes británicos Monty Python, entre muchas otras; obras literarias como los poemas de César Vallejo, algunos poemas de Borges, El evangelio según Jesucristo, de Saramago; El evangelio según el hijo, de Norman Mailer, para mencionar unos pocos.

Este miércoles, pues, se decide si la revista debe afrontar un juicio penal por unas fotos que para algunos fueron un irrespeto que debe ser castigado; para otros, un acto de audacia que no debe trascender, y para unos más, un simple ejercicio artístico y fotográfico. Como sea, lo cierto es que la intención de unos pocos que pretendían castigar a los protagonistas de la fotografía por inmorales terminó abriendo un debate sobre la libertad de expresión en Colombia. Y hay también quienes siguen pensando que la justicia colombiana tiene casos más graves de qué preocuparse que este episodio que, por más interesante, no deja de ser mediático.


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