Un grupo de chiflados se empeña en crucificar a Daniel Samper Ospina y al humorista Fernando Vallejo, en castigo sacrosanto por la recreación en revista Soho de la Última cena de Leonardo da Vinci, presidida por una modelo (divina) con las pechugas de oro al aire, y aliñada con un texto espinoso como todos los del caricaturista antioqueño. Otra muestra de la perversión secular del antifeminismo católico que puso de la parte del diablo la carne (la femenina sobre todo), desde las sádicas cacerías de brujas.
¿Por qué Quino puede burlarse del Padre Eterno hablando pendejadas con San Pedro sin escandalizarlos? Me preguntó Samper. ¿Y Botero puede pintar a la Virgen de Fátima como una electrocutada? Yo tengo la respuesta. A sus demandantes los asustaron las tetas. Esos apéndices beneméritos con que suelen hacernos perder la cabeza las mujeres. Y les sirven de paso para el lácteo deber de alimentar los aullantes resultados del desenfreno pasajero. Recuerdo el paciente de Freud que se ruborizaba con la palabra polen. Y al payaso gringo de veladas de beneficencia que ahorcaba adolescentes con un Rosario.
Hace años fui director de una revista de bagatelas. Adornamos una carátula de Navidad con la fotografía de una talla quiteña del Museo Colonial tomada por Hernán Díaz: un lozano Niño Jesús con un adorno protuberante. Bueno, no tanto: un pipicito de palomo entre las piernas como casi todos los niños. Hubo desbandada de anunciadores. Cartas de protesta de lectores indignados con la herejía. Tal vez los mismos ofendidos de Samper y Vallejo. Y los del alboroto cuando hace tiempos el austero padre García Herreros entronizó un Crucificado en cueros en una iglesia de pobres.
Algunos católicos se creen con derechos a ridiculizar, cambiándolo en sapo, macho cabrío y bufón, al más bello de los ángeles caídos: el pobre Lucifer. Y se ponen verecundos si un luterano le pone cola al Papa. Uno me dijo estos días con una falta de caridad impresionante con el poeta, que Nietszche merecía morir entre sus excrementos. Qué tipo tan bruto.
Los peores escollos en el camino de la armonía espiritual, lo aprendí en un seminario del desaforado obispo Builes, en el luminoso y perseguido San Juan de la Cruz, en mis parcas lecturas de sicoanálisis, son los escrúpulos. Ocultan las sentinas de la intimidad. Y suelen causar muchos daños cuando hacemos víctimas de los nuestros al prójimo. El papel principal del Demonio es el de Acusador. Su disfraz favorito: el del ángel de luz.
Que Daniel y Fernando me perdonen. A pesar de las molestias que les causan los torquemadas (¿leerán Soho con una mano y el corazón engarrotado?), la pía turbulencia ayuda a repensar el mapa de la moral. Los buenos católicos tenemos problemas peores que las mamas de las señoras. Por ejemplo la desbandada de las ovejas, las muchedumbres hambrientas, los obispos libidinosos que abusan de sus pupilos en colegios católicos, el escándalo del Vaticano que en vez de apartarlos del ejercicio pastoral ofrece dinero a los ofendidos en compensación como en los lupanares, el sacerdote anónimo que ofició la boda secreta con comunión de Carlos Castaño, un genocida. Y condenan una atolondrada muchacha que aborta por ignorancia, pobreza o miedo. Y claman contra una linda modelo sin brasieres en el rubio papel de Jesús.
Todos los bautizados formamos el cuerpo místico de Cristo. Las mujeres, vestidas o desnudas, tanto como los hombres. En últimas, las tetas no son un mal invento del Patas. Si no un delicioso, divertido y útil regalo de Dios, que debe ser Carvajal, ya que las hizo tan bien.
Los sepulcros blanqueados sobrecargan el desordenado, intrincado, lento aparato judicial colombiano con su alboroto enfermizo. En presencia de un par de mamelones así como los de esa modelo de Soho, un hombre sano, que respeta la vida, solo puede exclamar como en un sacramento goliardo: Sursum corda... Et coetera. Bellos como dos Salmos contiguos. Como “El himno a la materia” de Theilard de Chardin.
 
Mayo 29 de 2006

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