Cuando SoHo me pidió que escribiera sobre Cha Cha, la discoteca más célebre de Bogotá, me sentí un tanto aterrado. No tengo ni he tenido el hábito de frecuentar discotecas, con excepción de los sitios que más se parecían a esta invención de la vida contemporánea, hace medio siglo en Bogotá. El Grill Europa, establecido en la ciudad, era un sitio íntimo y elegante, con excelente comida, animado por el señorío y la música, estilo café europeo, que tocaba Jean Vietto, uno de los pocos árbitros de la buena vida nocturna de Bogotá durante casi medio siglo. Tanto el Europa como el Grill Colombia habían heredado la tradición de la sala de baile del viejo y famoso hotel Granada, donde Lucho Bermúdez había enseñado a los bogotanos a moverse a lo tropical. El Miramar apareció en los años sesenta, estaba en la calle 24, era más ruidoso. Vio la aparición de Jimmy Salcedo en el piano, ofrecía whisky en las rocas, un buen sándwich de pollo a medianoche y de pronto era posible bailar allí con Miss Coco, una exótica belleza, alta, morena y de ojos verdes, que las Islas de San Andrés enviaron como flor desconocida al concurso de Cartagena. La Pampa, en la carrera 13 hacia la 60, alternaba buenos shows con espectáculos de tango y ofrecía un churrasco que era posiblemente el mejor de Bogotá. Pero fue La Bomba, idea de Juan David Botero secundada por unos amigos, la que a mitad de los setenta impuso el concepto de discoteca moderna en Bogotá. Tenía dos orquestas y fue el primer escenario "ye-ye" de Colombia. Con minifaldas, acción continua y luces estroboscópicas. "Venían hasta 1.200 personas por noche, nunca esperamos ese gentío. El coletazo de los febriles años sesenta llegó tarde, pero llegó a Bogotá. Era imposible contener la avalancha de clientes y de dinero. Los meseros se encargaron de acabar con el negocio", recuerda Juan David. Desde comienzos de los ochenta las discotecas son otra cosa. Por supuesto, ya se sabía todo de Studio 54 de Nueva York y el Annabel's de Londres, quizá la más célebre y elegante del mundo, aún activa, exclusiva e insuperable.

La discoteca es el ámbito supremo del tecno, es decir, de la más sofisticada tecnología sonora aplicada a las necesidades de la danza personal o colectiva y a la creación de un ambiente continuo, donde las sonoridades y los perfumes se confunden en el aire de la noche, parodiando un verso de Baudelaire. Allí reina supremo en su trono el "disyóquey". La palabra ya está en los diccionarios españoles y no asusta a nadie. Por supuesto, en la cultura anglosajona es el DJ, verdadera personalidad de la escena contemporánea, con iconos ya legendarios como Alfredo Fiorito, el monarca de Space, santa santorum de las discotecas mundiales que funciona en Ibiza, la isla del placer y del desorden en las Baleares españolas y que abre sus puertas a las ocho de la mañana y parece no cerrar nunca. Malambo es nuestro Fiorito, un argentino de gran personalidad y conocedor a fondo de su oficio. "En España me llaman pinchadiscos, pero en Cha Cha todos saben que soy el disyóquey", dice con resonante voz baritonal, mezcla en el mejor estilo tecno de argentino, catalán y sabanero. Es paradójico que impuesto en la escena contemporánea como elemento indispensable de la vida nocturna, el DJ rinda homenaje diario a los sistemas de reproducción del pasado con sus tocadiscos clásicos, aprovechando la potencia y los decibeles de los amplificadores y mezcladores de sonido de nuestro tiempo. Malambo maneja dos tocadiscos o tornamesas technics 1.200, diseñados hace casi medio siglo, con sus cartuchos y agujas Stanton y Ortophon y algunas adiciones modernas. Y orquesta su tarea manual con una precisión admirable, en colocación y combinación de cabezas y agujas, apoyado con una carga dinámica de sonoridad apabullante que puede llegar a los 100 decibeles. Estos son símbolo de la intensidad del sonido y se dice que 120 decibelios son los que uno percibiría debajo de las turbinas de un jet listo a despegar, o por las notas de afinación al unísono de 110 músicos de la Filarmónica de Berlín, que se preparan para atacar un poema sinfónico de Richard Strauss.

Malambo estudió piano de niño en el Conservatorio de Buenos Aires. Su padre lo había familiarizado con varios instrumentos, especialmente de percusión. En Barcelona donde ha vivido durante varios años, se inició en las mejores discotecas y allí se surte de sus vinilos en 45 y elepés, los llamados "singles". Qué bueno ver en los diccionarios que ya no es preciso hablar de LP sino de elepés, al referirnos a los discos de 33 y un tercio revoluciones por minuto, que la juventud apenas podría conocer en una buena discoteca. "La última vez traje 100 kilos de Barcelona y tuve que pagar un exceso moderado porque le expliqué a la chica que se trataba de discos", comenta Malambo, quien cree que su frustrada carrera de músico se canalizó en forma muy definida en el amor y la práctica del disyóquey. Tiene cerca de 500 vinilos. "Con trece de ellos armo una hora de producción, de manera que la variedad en la escena es grande", dice.

Hace cincuenta años había música clásica y popular, después entraron el rock y la balada. Hoy la revista Billboard incluye en su lista de éxitos más de cuarenta géneros. Malambo prefiere lo que se llama minimal, electrónico y house, todos ellos herederos del género disco que se impuso en los sesenta y setenta, gracias a Barry White y a Donna Summer, quien grabó una obra maestra de la música disco que dura 17 minutos, I feel love, incluido en el elepé I Remember Yesterday. Hoy los héroes preferidos de Malambo son John Dahlbäck, Anders Trentemoller, Steve Bag y el sello Poker Flat.

El acceso a Cha Cha es misterioso, surrealista. Una de las entradas da a los párquines del viejo hotel Hilton, aún en reparación. Hay un extraño olor a tierra húmeda. El ascensor libera del mundo subterráneo y asciende al olimpo del piso 43. Malambo está instalado como un Zeus detonante en medio de sus tornamesas y sus vinilos. "Con dos tocadiscos logro lo que quiero en materia de combinaciones, un tercero me parece pretencioso", explica. Recorrí las tres pistas de baile. Apenas había un tenue sonido de fondo como preludio de lo que vendría. Los muebles en Cha Cha no existen, con excepción de unas cuantas sillas de imitación clásica. En otra sala hay unas butacas que invitan a un breve reposo, porque la discoteca es para estar de pie. Dos terrazas recubiertas con vidrios dejan que se filtre la tenue urdimbre sonora de una Bogotá en nocturna ebullición. Todos los danzarines en la pista central se sumergen entonces, cuando asciende la música a su nivel de decibeles ideal, en una masa uniforme y densa de amorfa expresión coreográfica. Las muchachas parecen igual de atractivas, pero también uniformes, transfiguradas por los efectos de luces en mutación constante, que no permite precisar facciones ni formas. Todas son altas, todas son bellas, todas son disco. "El mundo de mi música es subterráneo", dice Malambo. "El disyóquey existe desde 1.922, cuando apareciera la radio", afirma. Hoy el disyóquey es un creador. Transforma lo que ha hecho el talento de los demás y le da una vida propia, de carácter tan definido que solo puede percibirse en el momento mismo de su acción, es decir, cuando la turbina de la discoteca logra su máxima explosión. Para Malambo, Cristina Aguilera, Ricky Martin, Shakira y otros ídolos del pop y el rock contemporáneo, no tienen cabida en sus invenciones. "Cristina Aguilera me parece un bombón, pero no la toco", advierte. Malambo va todos los años a Sonar, la gran feria de los disyoqueis mundiales en Barcelona. A mitad del año se dan cita allí, intercambian ideas y noticias, oyen música, hacen música y se surten de vinilos con los cuales coccionan el explosivo menjurje de su aventura nocturna.

Los disyoqueis se han convertido en personalidades de relieve en nuestro tiempo. Ganan dinero, son celebridades, imponen sus gustos y transforman con imaginación la creación musical de otros talentos. Su poder, bien sea en la escena de la discoteca o en el mundo de la radio, es tal que el presidente Chirac y la reina Isabel II de Inglaterra han sido víctimas de la versatilidad y sutileza de los disyoqueis radiales. El 27 de enero de 2007 el presidente Chirac tomó una llamada de Marc-Antoine Audette, DJ de la CKOI, la estación más popular de Quebec, imitando al Primer Ministro de Canadá. Y cuando en 1995, en la misma estación, el disyóquey Pierre Brassard, también posando de Primer Ministro, traspasó los umbrales electrónicos del Palacio de Buckingham y sostuvo una conversación de seis minutos en francés y de ocho en inglés, con la propia reina Isabel II, a quien le pidió su número de fax y le solicitó un mensaje radial para convencer a los habitantes de Quebec de que no intentaran separarse de Canadá. El mensaje fue grabado y el DJ lo transmitió con los consiguientes embrollos diplomáticos. Un disyóquey también puede llegar a ser presidente. Ronald Reagan fue en su juventud actor y DJ en California. Su voz admirable, su ritmo, su dicción y su dominio de las cámaras lo convirtieron en el modelo del presidente mediático. En teoría, ningún oyente o bailarín puede sustraerse a los encantos diabólicos del disyóquey.

Sigo pensando que el británico Jhon Peel es el genio y la inspiración del disyóquey moderno. Murió a los 65 años, en 2004, mientras visitaba las ruinas de Machu Picchu con su esposa. Se había formado en una emisora de Dallas, curiosamente, y se hizo célebre en la emisora pirata Radio London, hacia 1967, la cual fue adquirida por Radio 1 de la BBC. Jhon Peel era tan bueno que tenía que ser de la BBC. Su programa semanal era escuchado en todo el mundo, a través del World Service, y se oía en Bogotá por la 106.9 FM. No era un disyóquey de escenario, pero su imaginación, su gusto por la mezcla continua, su descubrimiento de talentos y su conocimiento de toda la música, le aseguraron el sitio de leyenda que ya tiene. Y creó un modelo tan personal e inimitable, que de seguro es la fuente de inspiración para el disyóquey de hoy, para los Malambos de este mundo.

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