Golpearon la puerta, interrumpiéndome una de esas siestas que suelo echarme para poner entre paréntesis la angustia cotidiana. No me di cabal cuenta de lo que en unas pocas horas me habían hecho y abrí la puerta. Era mi hijo con mi nieto. Mi hijo se quedó mudo, creyó por un instante que se había equivocado de puerta. Reaccionó y le dijo a su hijo: saluda al abuelo. ¿Dónde está? ¿Dónde está? Preguntó el niño. Yo sentí que me había evaporado. Sus ojos no me encontraban aunque sentía mi voz y, sin duda, el reflejo esquivo de una figura conocida. Un silencio fugaz, pero metálico evitó hacer preguntas difíciles de contestar. Un beso me devolvió la identidad.
No fue el final de una historia que había comenzado unas horas antes cuando, cargándome el miedo sobre los hombros, timbré en la puerta de la Casa Quevedo para cumplir un compromiso conmigo mismo y con la revista SoHo. Me había costado un enorme trabajo llevarme hasta allí. Arrastraba los pies, di varias vueltas a la manzana y por unos minutos me distrajo una balacera que se había trabado entre la Policía y un combo de asaltantes profesionales que había tratado de robar una Casa de Cambios. Pero el reto que me había impuesto de cambiar mi imagen fue más fuerte que la curiosidad morbosa que despierta la sangre derramada sobre el asfalto. Un interrogante me daba vueltas en la cabeza y me maniataba: ¿por qué razón voy a exponerme a semejante ridiculez? Siempre he necesitado dinero y vivido en su carencia. ¿Por qué, ahora, viejo, me permitía conceder? El reproche no derrotó el reto que, en el fondo, como un señuelo, se impuso. La resistencia era conocida. Hacía muchos años, cuando tendría unos cinco, recuerdo la pataleta que hice cuando descubrí que mi tía me llevaba no a comprarme una paleta, sino a la peluquería. Me echaba al suelo, pero quedaba colgado de su mano como una maleta; chillaba como un chancho que llevaran al mercado. Con todo, el peluquero me sentó en la silla. El clic, clic de las tijeras me paralizó; traté de defenderme metiendo mis dos manos en la entrepierna. Mi papá me había advertido: no dejes que te afeiten el cuello con navaja. Él había vivido en el Chicago de los años veinte y vio a más de un siciliano desangrarse sobre una silla de peluquería. La misma sensación volvería a vivir meses más tarde, cuando mi mamá me llevó por primera vez al colegio con el argumento de que yo ya era grande. Subí rengueando las escalinatas del Liceo de la Salle hasta el gran portón donde me esperaba el hermano Emilio. Me saludó de mano, pero no volvió a soltármela hasta que -mirando yo siempre la figura desvanecida de mi mamá- me sentó en un pupitre de madera. El salón olía a jabón, era el primer día de colegio para todos. Yo no quise mirar al tablero, para eso -pensé- había una ventana abierta.
 
 
 
Humberto Quevedo fue el responsable de la asesoría de imagen.
Empezó diciéndole a su nuevo cliente: “Cambio extremo”. Eso solo significaba una cosa: adiós al bigote cultivado por años y un corte de pelo y tinturado. A Molano se le heló la sangre.
 
 
La sentencia del estilista fue: “Le quedarían bien los tonos azules, las corbatas de seda de tonos amarillos y las camisas rosadas a rayas”.
El sociólogo se entregó cual oveja rumbo al matadero. Con su nuevo atuendo se sintió como un escolta al que su jefe le regala el vestido que ya no usa
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En la puerta de la Casa Quevedo había dos niñas que temblaban aún. Habían estado en la mitad de la balacera. Eran peluqueras o manicuristas. No podían articular palabra. Me sentí valiente y, aprovechando que ellas entraban, di un paso y me encontré con ese amelcochado olor de peluquería de señoras. Pero ya era tarde. Las niñas contaban: se le abrieron huequitos al señor en el vestido hasta que se volvieron chorros de sangre. Mientras tanto, Quevedo me preguntaba: ¿listo? Sí, listo, respondí haciendo de tripas corazón. Cambio extremo, le comentó al peluquero. La palabra extremo me heló. La fotógrafa de la revista me dijo: vamos primero a tomar unas imágenes del 'antes' en el estudio. Era un pequeño salón blanco -blanquísimo- iluminado con mil reflectores. Perdí el equilibro al meterme dentro de tanta luz. Nunca he podido superar el miedo al ridículo cuando me toman una fotografía. La cámara sonaba sus clics con mayor decisión que las tijeras del peluquero, que preguntó prudente: ¿El bigote también? Sí, también, contestó Quevedo, pero ese capítulo lo escribo yo. Una niña me puso una capa de seda negra como una mortaja. La seda me destempla. Mi infierno sería estar condenado por siempre a tocar esa tela con las manos sucias después de haber jugado un partido de básquet. La fotógrafa disparaba sin compasión. La boca se le hacía agua, mientras yo comenzaba mi agonía. La máquina de afeitar comenzó su oficio; cerré los ojos mientras contenía mis estornudos y distraía la necesidad implacable de rascarme la nariz. En la Casa todo era agitación extrema. Había un revoloteo general. Los peluqueros, maquilladores, pedicuristas establecen con las clientas -o los clientes- una complicidad profunda que aclimata las confidencias. Allí se sabe todo lo de los demás, pero se asegura total confidencialidad hasta que el cliente -o la clienta- se mira en el espejo y se da por satisfecho. Me sentí por instantes como pudo haberse sentido San Lorenzo en la parrilla. La boca se me secaba y las manos me sudaban. Recordé la película Siete hombres y un destino: alguno de los protagonistas hizo la observación mientras esperaba emboscado a su enemigo.
No quise abrir los ojos cuando alguien dijo: "Listo, frito el pollo". Entendí lo que alguna vez comentó Horacio Serpa: mis enemigos no tienen más argumento que mi bigote. Me pasé el dedo del corazón por los labios; mi piel estaba blandita; los probé con la punta de la lengua: estaban ásperos como si fueran de papel de lija. Mantuve los ojos cerrados unos instantes más. ¿Qué me proponía, de verdad-verdad, con esta decisión? La mayoría de la gente va a uno de estos sitios persiguiendo un estereotipo que -gústele o no- es sinónimo de éxito en la vida. Me asombró pensar cuánta necesidad impuesta obliga a mujeres y hombres en pos de una ajena superación a transformar su figura. ¡Cuánta perversa vanidad usa el mundo de la moda!
En la Casa Quevedo no me sucedió lo mismo que cuando comencé a conseguir la materia prima para el artículo y fui a un centro de imagen, llamado The Butterfly.
¿Cuál es tu necesidad? -me preguntó su gerente, para hacer el diagnóstico de la imagen que yo, supuestamente, perseguía. Difícil escoger, tengo muchas, le respondí con la intención de suspender ahí la conversación. Mejor dicho, me aclaró: ¿para qué quieres cambiar de imagen? Porque quiero ser gerente de ventas de la revista SoHo, le respondí un poco agresivo. Me miró con escepticismo, pero, al fin, la plata manda, pensaría. Se repitió su mirada escéptica.
-Bueno, entonces comencemos por el rostro y, en primer lugar, por el pelo. Sabes que la imagen comienza por la cara, porque es lo primero que un cliente mira, y mientras mejor presentada, más fácil atraerlo hacia la compra.
-El cabello -sentenció- es el marco del rostro, así que voy a sacarte una foto, la metemos al computador y con un programa especial que traje de Estados Unidos, buscaremos el corte que te sienta más a tu edad, objetivo profesional, color de ojos y color de piel. Así fue, me tomó la foto de frente, como para prontuario, y comenzó a trabajar.
-Tu cara es ovalada, no es ni corta ni larga, ni tiene forma de corazón. Pedí aclaración: ¿Cómo así que no tengo cara de corazón? Agregó: la mejor pinta la tienen los rostros ovalados por ser los más equilibrados, mientras manipulaba mi foto en el computador. Son parámetros muy precisos los que usamos, y el resultado es el que te anuncié: rostro ovalado.
Definamos ahora la relación que tienes entre el color de tu piel, el de tus ojos y el de tu cabello. Eres moreno claro, tus ojos son entre carmelitos y verdosos, y tu pelo está blanco brillante. ¿Ojos verdes carmelitos? pregunté. Si, así los tienes. Pues es la primera noticia, le reviré. A veces los llaman de miel, agregó como dándome un consuelo. Miel no, le rectifiqué, será color caca de lora. No le pareció simpática mi observación.
-Vamos a definir hacia qué brillo tiendes. Me dio un espejo y puso al lado de mi cara una cartulina dorada. El reflejo cambia tu color de ojos y de piel; mira ahora con el plateado. Más luminoso ¿no crees? Nada de dorados ni de tonos calientes como el caoba rojo ni como el mono arrebatado. Busquemos un tono frío como el azul, pero mezclémoslo con un desvanecido oscuro. Se llama azul humo y es el tono que te sugiero para tu cabello, que está ya demasiado canoso y te muestra muy viejo.
-Sigamos, le respondí, como tratando de pasar por encima de la realidad que un poco brusca me había recordado. El color está definido, ahora el corte. Tengo muchos: mírate bien. Mi cara se transformaba con cada corte que sobreponía a mi escaso pelo. Unos me volvían un Beatle; otros me hacían parecido a Sánchez Cristo, otros me hacían ver como un tanguista, o mejor como Londoño Hoyos. Por su puesto, ninguno me gustaba, pero como no era yo el diseñador, sino ella, doña Lucy, opté por aceptar lo que ella definiera. ¿Fue un reproche silencioso o una actitud de humildad? ¿Era pasividad o soberbia? No sé, pero acepté: diga usted cuál me viene mejor. Pues este: y quedé por un instante -en la pantalla- exacto al ex ministro García Parra.
En la Casa Quevedo la estrategia fue distinta. El cambio no buscaba convertirme en un vendedor estrella, sino elaborar una imagen acorde con la personalidad, me aseguró el estilista. Sin embargo, yo había tratado en el hall de un edificio lujoso vender una suscripción de la revista, echando por delante mi imagen habitual: pelo largo, bigote, mochila y tenis. Los clientes potenciales me miraban con cierto asombro cuando yo los abordaba. Cuidadosos unos, desdeñosos otros, yo aceptaba la regla de oro del vendedor: el negocio comienza con el no. Pero no terminaba vendiéndoles la mercancía ni mucho menos, sino haciéndoles una entrevista: ¿Por qué no? ¿Qué le pasa? Ah. fácil: no tengo plata. ¿Por qué? Estoy desempleado. ¿Desde cuándo? ¿De qué vive entonces? Pura sociología. Alguno me respondió sin dejarme salida: no compro esa revista porque a mí me gusta la fiesta brava.
En estas historias me distraía mientras el clic, clic de las tijeras comenzó su tarea. Seguía sin mirar el cambio extremo, con pavor extremo, es cierto, porque sentía pasos de animal grande. Pasos de ese animal que solemos llamar ego y que comenzaba a sentirse amenazado al percibir que le iban a quitar el piso de la imagen habitual donde se aloja y reina. La fotógrafa disparaba sin consideración. Después del corte de pelo, las tijeras emparejaron las cejas. Con la edad, algunos de esos pelos se vuelven largos y se distancian de sus pares. Al terminar, uno de los empleados me invitó a continuar ahora "aplicándole el tinte aconsejado". Creí haber llegado a mi límite, pero corregí: ya entrado en gastos, es mejor llegar hasta el final. Mi animal comenzó a retorcerse. Un peluquero fue tiñéndome el pelo con una especie de baba blanca y luego me puso alrededor de la cabeza una especie de horno microondas. El cuero cabelludo se derretía, las orejas se encendían y las sienes estallaban. Para calmarme, el peluquero me preguntó acomedido: ¿La señora toma aromática? No gracias, señorita respondí. El animal estaba furioso.
El siguiente paso dejaba de ser una experiencia fuerte para ser una algo cercana a una humillación. En Butterfly's había tenido una primera aproximación al cambio de pinta. Más exacto, toda mi vida he ido creando un "hábito a la medida de mi monje". Me he vestido a mi manera sin aceptar los modelitos de moda. No niego, ahora que me confieso en público, que hubo dos figuras que en mi adolescencia me definieron un estilo: Marlon Brando en Nido de ratas y James Dean en Gigante. Quizá yo estuve enamorado de Natalie Wood en Esplendor en la hierba. De ahí mi rechazo extremo también a la corbata, al vestido de paño, a los "zapatos de material". A la cita en The Butterfly había ido deliberadamente mal vestido, o, como decía mi tía, bien matado: tenis rotos -especialmente escogidos para la ocasión-, el bluyín desteñido, la mochila wayuu y una combinación de camisa amarilla y suéter rojo que desentonaba con cualquier atuendo. Doña Lucy, la gerente de la firma, me recibió con un dejo de asombro que no pudo disimular: me miró de pies a cabeza. Sentí que pensó: este es pura materia prima; o bien, este no tiene remedio.
En Casa Quevedo el procedimiento no cambió mucho. El hábito se le impone al monje. Al pasar del tinte al vestido, lo que implicó volver al estudio fotográfico, me miré de reojo en un espejo. Los espejos ejercen una atracción irresistible, uno siempre espera verse mejor, más joven, más buenmozo. El golpe que recibí de "mi primera impresión" fue demoledor: con el pelo pintado de un tono ligeramente rojizo me vi como metido en Leo Marini la última vez que cantó, o en Teodolindo, el representante a la Cámara que se escondió para no votar en contra del Gobierno. Pintarse las canas de negro seda, o caoba rojizo me ha parecido siempre un acto de cobardía, que ahora yo mismo veía reflejado en la aceptación de esconder el tiempo. Una especie de alquimia vergonzosa que nunca permite recuperar lo que en verdad se va perdiendo con los años: las ilusiones.
Me sentí frente a un pelotón de fusilamiento en la sala blanca, aséptica como un quirófano. Comencemos por la mochila, dijo el estilista. Puede ser muy bonita, puede ser muy nativa, pero la mochila se identifica públicamente con la marihuana si se encuentra usted con un policía. O peor, si usted trata de entrar a un club exclusivo, los socios van a pensar que lleva una subametralladora. No, la mochila no le ayuda, concluyó con un tono definitivo. Ahora, doctor, los tenis son su punto más vulnerable. Si yo soy un posible cliente y usted se me presenta con tenis rotos, le digo al portero que por favor lo bote a la calle. Pero eso sería un atropello, reviré indignado. ¿Acaso no es uno libre de vestirse como quiera? Pues sí, salvo que usted quiera triunfar en la vida. Mire, señor -volví a la carga-: los ejecutivos de la Bolsa de Nueva York usan tenis y corbata. Eso será por allá, me respondió, porque lo que es aquí ningún portero lo deja entrar a un edificio donde viva o trabaje la gente decente. No quise seguir la discusión porque mi experiencia le daba razón: con más de un portero me he agarrado de las mechas y a no pocos he tratado de ahorcar con su propia corbata.
-Digamos -dije, como salvando el sombrero del ahogado- que yo aceptara suprimir, para parecer gente decente, tenis y mochila. ¿Qué más debo cambiar? Pues usted debería escoger un modisto de moda y consultarle qué modelo, color y combinación entre vestido, camisa y corbata le sienta más. No olvide que hoy por hoy, hasta la ropa interior hace parte de la imagen. Usted nunca sabe con quién pueda terminar el día. Me sentí halagado, pero claro, nunca usaré bóxers por más éxito que me dieran. Me sentiría como un jugador de fútbol. Pero, eso está en nuestras manos. Dos auxiliares que conversaban asustadas aún por el caso de la balacera y que habían concluido que la Policía había sido irresponsable al atacar a bala, y a esa hora, a los asaltantes, abrieron dos bolsas negras de plástico como en las que los gringos suelen devolver los cadáveres de sus soldados y sacaron sendas "hebras". El estilista sentenció: a usted le sentarían muy bien los tonos azules, las corbatas de seda de tonos amarillos-dorados y las camisas rosadas a rayas. No olvidar que el nudo de moda de la corbata se usa ahora al estilo Windsor como el que se hace el presidente Bush, y no como el que se hace Sabas, que se llama nudo americano y es "de quinta".
Me puse en manos de las auxiliares, que seguían calmando sus nervios. Mientras una me tomaba las medidas de los pantalones, la otra me ponía la camisa; luego me enfundaron en el vestido completo, me hicieron con gran profesionalismo el nudo de la corbata, y dijeron en coro: listo. La fotógrafa había disparado su cámara cien veces. Era un momento culminante. El reducido público, que miraba incrédulo mi transformación, y que esperaba un milagro, irrumpió en un aplauso cuando me amarré los zapatos de cuero y me abotoné el saco. Las niñas, al vestirme, me habían hecho sentir como un torero. Me faltaban las medias rosadas. Me pusieron frente a un espejo: sin duda, el cambio había sido extremo y -acepto- una verdadera obra de arte, pero, como dicen los campesinos: una cosa piensa el buey, y otra el que lo está enjalmando. De cualquier forma yo estoy obligado a escribir mi sensación: me sentí idéntico a uno de los miles de escoltas que pululan ahora y que se visten con los vestidos que sus patrones ya no usan.
La prueba reina del cambio faltaba aún por hacer. Salir a la calle y enfrentarme a las miradas y especulaciones de la gente que me conociera. Me fui caminando por la carrera 15 hacia una cafetería donde me había citado con un amigo días antes y sin la intención de usarlo como espejo para mirarme el cambio. La Policía -seis horas después- tenía cerrada todas las vías donde había tenido lugar la balacera. Me senté, pues, en la cafetería. El mesero, que esa misma mañana me había saludado afectuoso y por mi nombre, me trató de "Señor, ¿qué le apetece?". Primer golpe. No tardó mi amigo en llegar. Pasó a mi lado sin fijarse en mí. Volvió segundos después con esa cara de sanción moral que uno pone cuando lo dejan metido. Se paró justo a mi lado, me miró y siguió como si tal. Era evidente y tangible el cambio que mi imagen había sufrido. Tuve que llamarlo. Me miró como diciendo: a este yo lo he visto en alguna parte. En el colegio, le aclaré, yo soy el que buscas. ¡No puede ser! gritó. La gente se volteó a mirarnos. Me abrazó como quien da una condolencia. La fotógrafa capturó el asombro de mi amigo. Cuando volví a la calle, llovía. La Policía seguía trasegando el campo de batalla. En el parqueadero, el encargado, pese a la boleta, no quería entregarme las llaves del carro. Tuve que identificarme y dejarle una constancia escrita. Aunque yo no me sentía muy diferente desde adentro, por fuera era otro.
El desamparo era total. Decidí visitar a mi ex mujer (¡qué extraño suena el prefijo!). Me conoce bien. Abrió la puerta y gritó: "Dios mío, ¿qué te pasó?" El alarido se oyó en todo el edificio. Primero llegó la portera y luego, un representante por piso. Se arracimaron a preguntar qué sucedía. Uno preguntó si se llamaba a la ley, otro si al hospital y otro más propuso amarrar a quien supuso ser un maniático sexual, yo. Calmada la cosa, el agua volvió a sus niveles. Hasta cuando llegaron mis hijos. Incrédulos me miraban los zapatos y el tinte del pelo. Papá, preguntó uno: ¿Por qué resolviste hacerte ese daño? Hijo, le respondí en tono desdeñoso: la necesidad tiene cara de perro. Pero qué fue, insistió otro sin oírme: ¿te contrataron en un circo o algún general te sugirió el cambio para pasar inadvertido, ahora que está a punto de fracasar Ralito? Me sentí ofendido y, aunque no había querido mirarme en un espejo, las reacciones reflejaban el cambio. Caí poco a poco en una crítica depresión, y en silencio fui a esconderme entre mis propias y confidentes cobijas, lejos de la pregunta: ¿Por qué? Mi casa estaba sola. La lluvia seguía. De los páramos de La Calera bajaba una niebla densa y fría. El silencio amenazaba con desaparecerme. Me cobijé y traté de meter mi cabeza entre las rodillas. Toda la noche soñé con que yo era el Santo Padre que estaba muriendo. Amanecí como tal: estirado, congelado y boca arriba. Me faltaba la tiara. No quise levantarme. Caí en una depresión total. Usé mis dedos y mi lengua para aceptar que no estaba muerto y que, además, tenía que seguir viviendo. Los amigos llamaban por teléfono: querían verme. Fue un día de romería, como la que desfiló frente al Papa en la Basílica de San Pedro. Unos se reían, otros preguntaban, los demás me miraban con una mezcla de piedad y burla. Y yo, como el Sumo Pontífice: inmóvil, sin dar razones, sin decir esta boca es mía, sin dar el brazo a torcer. Explicar la razón del cambio me parecía cobarde y aguanté miradas y preguntas.
Al tercer día decidí levantarme de la cama y salir a frentear la realidad. Almorcé con dos viejos amigos que no veía desde hacia años. Uno me miraba como se mira a un enfermo terminal. Y no era para menos: la nariz y los dientes me habían crecido, los labios achicados, las arrugas sobresalían. Otro pensó -lo leí-, qué ridiculez esconder a esa hora de la vida las canas y ponerse semejante corbata. Mi trinchera -pelo largo y blanco, bigote, tenis y bluyines- había sido demolida. Mi animal se revolcaba de miedo y yo tenía que afrontar mi nueva identidad, esculcar mi dependencia de una imagen, y echar a mirar de frente. Yo había propuesto el tema del artículo. La revista no era culpable, pero yo necesitaba a alguien o a algo para descargar mi culpa. El ego estaba furioso, no sabe vivir sin el hábito. Pero, más grave, tampoco la gente cercana a mí sabía vivirme con otra imagen. Yo en mis adentros no lograba encontrarme, el desasosiego y el tumulto interno eran insoportables. El griterío me ensordecía. Comencé a perder el afecto por la gente que siempre había querido -y quiero-. Una especie de retaliación violenta de mi animal herido. Deambulando volví al refugio de mi casa y de mis soledades. Ahí no había confrontación. O por lo menos eso pensaba. Una amiga me llamó por teléfono y me dijo: el problema está en la falta de bigote. Decidí, por fin, mirarme en el espejo y enfrentar el laberinto. Me miré poro a poro, pelo a pelo, arruga por arruga. En el fondo había un niño solitario, pero esperanzado, en que yo tuviera el valor y la fuerza de no abandonarlo. Repetí con el poeta Darío Jaramillo:
"Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma;
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú."
No quise aceptar el intento de volver a vender la revista. La prueba estaba hecha. Yo había dado un pequeño paso hacia la libertad. Podía prescindir de mi imagen habitual y seguir viviendo y amando.

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