Aceptémoslo: son un mal necesario, pero también los mejores a la hora de conducir. Cuando es usted el que está de afán y se está beneficiando de la rapidez al volante de taxistas y buseteros, no importa que cierren a los demás vehículos o se vuelen los semáforos en rojo, porque al final de cuentas llegará más rápido de lo previsto. Y eso es bueno. Pero cuando usted está del otro lado, manejando un carro particular, empiezan las coléricas migrañas: que el escolta casi le pega un tiro porque osó adelantar a su jefe, que el camión lo demoró una hora, porque no supo pasárselo en La Línea o en el Alto del Trigo, o que simplemente fue incapaz de manejar más rápido que ellos y eso lo puso mal.

Nosotros, siendo conscientes de que de alguna manera son ellos los agitadores de la seguridad vial, los convocamos a una inédita carrera para que se liberaran por completo y reiteraran en las pistas el salvajismo aprendido en calles y avenidas. Si bien no iba a ser una carrera de demoliciones, sus precedentes hacían esperar una carrera emocionante, al mejor estilo del Rally Paris-Dakar. Con ocho accidentes ocasionados y 25 multas a su haber, un escolta, un busetero, un camionero y un taxista se sacarían chispas con tal de llegar al podio. La única diferencia sería que el primer lugar no otorgaría fama ni gloria y mucho menos dinero; solo demostraría quién es el mejor a la hora de "meterle chancla" al asunto (y al acelerador).

Lo primero fue entregarle a cada uno su carro. A José Gerena, el escolta —un camaján de 1,90 metros de alto y con 16 años de experiencia en el arte de manejar a la ofensiva— le tocó un Ford Fiesta 2003 con un motor 1600 de ocho válvulas y tanqueo rápido; pertenece a la categoría del TC 2000 (la categoría colombiana más grande donde participan 53 carros) y, generalmente, es conducido por Víctor Cuervo, quien lleva seis años compitiendo. Inicialmente le había tocado manejar un Corsa Evolution 1.4 modelo 2006, pero este carro de calle se quedó pequeño para sus lánguidas piernas. Por esa razón, Carlos Álvarez, el taxista con extremidades de corto alcance y barriga bonachona, lo escogió. Andrés Parra, propietario del vehículo, estaba tranquilo: por lo menos sabía que el piloto acreedor de doce multas en 25 años no recibiría ninguna esta mañana.

Con los otros dos pilotos las cosas fueron más sencillas. El busetero Justiniano Martínez, quien en una sola semana alcanzó la cifra récord de cuatro multas consecutivas —dos por recoger pasajeros en la mitad de la vía y otras dos por ir con sobrecupo— supo que el carro ideal era un Swift 1.300 del año 93 con doble árbol de levas. El piloto original de este auto, Jaime Barrera, en principio tuvo miedo de prestárselo pero al ver que era un chofer de bus el que lo iba a manejar se tranquilizó. Según él, nunca hizo cursos y todo lo que aprendió también lo hizo en la calle. Francesco Galvis, dueño de un Renault 18 de 1986, prestó el último carro, su consentido: de color rojo, con una carrocería original de 1.100 kilogramos y todos los manómetros necesarios para la conducción de alta competencia. Al camionero Fernando Albarracín —el más tímido de todos— le tocó manejarlo y lidiar contra su propio miedo, a pesar de su dilatada experiencia como transportador de carga: una vez se chocó borracho contra un poste en Chía, y en otra ocasión se quedó sin frenos por la "Curva Rimula" de La Línea. Su pericia, en ambos casos, lo salvó de la catástrofe.

Para que ellos se acostumbraran al circuito, realizaron varias vueltas de reconocimiento acompañados de sus padrinos. En ellas no recibieron consejos tales como cuál es la mejor hora para recoger pasajeros o si rinde más viajar de noche que de día. Las recomendaciones estuvieron enfocadas hacia cómo debían tomar las curvas y cómo tenían que desacelerar sin frenar. Luego de estar familiarizados con el circuito, procedieron a las clasificaciones para conformar la grilla de partida. Cada uno salió con mucho ímpetu, pero este pronto se desinflaría ante la rapidez del escolta, quien a pesar de no encontrarse en una persecución, hizo la vuelta más rápida en 1 minuto, 27 segundos y 6 centésimas. El peor de las clasificaciones fue el camionero nervioso, que con 1 minuto y 47 segundos paró los cronómetros como si estuviera manejando una mula cuesta arriba. Sin pena ni gloria, el busetero y el taxista se ubicaron de manera insípida en segundo y tercer lugar, respectivamente.

De acuerdo con la etiqueta del mundo automovilístico, un Fiat Adventure sirvió como Pace Car para que los pilotos dieran su vuelta de calentamiento. Yesid Pamplona, piloto profesional, los guió por toda la pista hasta que se volvieron a ubicar cada uno en su puesto. Con la vía libre para que empezaran el duelo del mejor a tres vueltas, se alistaron para arrancar. Antes de la largada, sus motores no hicieron tanto alboroto como los madrazos que reciben a diario en los insoportables trancones o como la escandalosa pitadera cuando atajan las curvas de una montaña. Pero cada uno tenía la obligación moral de ir lo más rápido posible, así en ese momento no estuvieran en la "guerra del centavo" y tampoco tuvieran que entregar a contrarreloj un cargamento.

La carrera empezó muy pareja en la recta de salida, hasta que en la primera curva (llamada "El Curvón") el escolta tomó una considerable ventaja sobre el busetero y lo dejó en el camino. De ahí en adelante sería todo un monólogo de velocidad protagonizado por él, como cuando en la Fórmula Uno Michael Schumacher hacía lo propio en su cavallino rampante. Rápidamente, la emoción se trasladaría a la lucha por el tercer lugar, cuando en una maniobra confusa de la segunda vuelta, el camionero aprovechó un descuido del taxista en el "sector de los mixtos" (un sector bastante exigente según los especialistas) y lo sobrepasó por fuera, condenándolo a un penoso último lugar faltando una vuelta para la finalización.

Durante toda la competencia hubo de todo, menos accidentes. El escolta y el busetero hicieron honor a su fama y terminaron en los primeros lugares. Según Justiniano Martínez, acostumbrado a manejar con rapidez un busetón Chevrolet NPR por la carrera 15, el segundo lugar se debió, en gran medida, porque tuvo miedo de emplear a fondo un carro ajeno e incrementar el riesgo de estrellarse. Opinión distinta tuvo su apoderado y dueño del Swift, quien lo vio muy bien y dijo que "esos locos que manejan buses son unos duros". Por su parte, Fernando Albarracín, pese a haber quedado en el tercer lugar, admitió que manejar el Renault 18 fue "como volar un avión", sobre todo cuando alcanzó los 180 km/h. Carlos Álvarez, el último, no tuvo ninguna excusa y más bien pareció que estuvo transportando a alguien por un servicio de horas, porque fue muy lento: terminó a 15 segundos con 34 centésimas del gran ganador de la jornada, José Gerena, quien cumplió el sueño de su vida al manejar un carro de carreras. Admitió que la victoria se debió a las instrucciones impartidas por Víctor Cuervo, quien dijo al final: "Le tenía mucha confianza, porque al fin y al cabo él tiene actividades mucho más peligrosas que conducir en un autódromo".

Terminada la competencia, los cuatro salieron felices por haber manejado un carro de carreras, alcanzando una velocidad promedio de 200 km/h. Para muchas personas ellos son los "cafres" de las vías, pero SoHo pudo constatar que, más allá de los mitos que giran en torno a ellos, son unos verdaderos duros del volante.

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