"Bienvenidos a Nocti Vagus, el restaurante que agudizará sus sentidos. Antes de bajar a su mesa es necesario que apaguen sus celulares, no los vayan a poner en silencio, sino apagados totalmente. No queremos que la pantalla ilumine si reciben una llamada". Son las siete de la noche, pleno invierno, estamos sentados en la barra de un lounge de luz mortecina cuando el anfitrión, que está totalmente vestido de negro, lo dice. Le hacemos caso y nos entrega un pesado menú de cuero negro con cuatro opciones, cada una, a su vez, de cuatro platos: cena vegetariana, cena de carne, cena de pescado y menú sorpresa. Elijo el menú sorpresa. El anfitrión me pide que especifique los alimentos que en definitiva no me aguanto. Aclaro que las uvas pasas me estropearían la comida. Daniel, mi acompañante, también pide menú sorpresa, pero sin limitación alguna.
Queremos acompañar la comida con una cerveza, una botella de agua y media garrafa de vino tinto. Nos llevarán las bebidas a la mesa.
Nocti Vagus, algo parecido a "El vagante nocturno", es un local que ofrece cena y teatro a oscuras. No oscuridad a la cual los ojos se van acostumbrando. No. Esto es un agujero negro que no permite ver ni la propia mano sacudiéndose delante de los ojos. Está situado en lo que alguna vez fue, antes de la caída del muro, una fábrica de panes. Hay varios restaurantes como este en el mundo. En Berlín solo dos, y Nocti Vagus asegura ser el primero. La idea no tiene dueño. Es un concepto colectivo que aspira agudizar tacto, oído, olfato y gusto.
El anfitrión nos advierte que todas las mesas son de cuatro puestos y que existe la posibilidad de que, después de sentarnos, lleguen dos huéspedes desconocidos a hacernos compañía. "Hmm, más que desconocidos, un misterio total. puede que pasemos horas comiendo con dos personajes a quienes jamás les veamos la cara", pienso.
"Están listos para bajar", dice el anfitrión. "Su mesera se llama Yasmine, ella los recibirá, guiará y ayudará". Yasmine es una de siete meseros ciegos que atienden a unos 15.000 visitantes por año (75 por ciento alemanes y 25 por ciento internacionales). "Su mesa es la número dos, es fundamental que no se les olvide ese número".
Bajamos unas escaleras de madera, doblamos a la derecha por un pasillo con paredes de ladrillos de color cálido.
El anfitrión nos abre una puerta y pasamos a una pequeña habitación de pisos y paredes negras. Hay un cuadrado de vidrio con un bombillo tenue detrás, en la pared. Me imagino la dilatación de mis pupilas. Me empiezan a sudar las manos. "Bien, en un momento llamaré a Yasmine por un micrófono que ella tiene pegado a la oreja".
Me da miedo conocer a Yasmine. Pienso que los ciegos tienen los demás sentidos agudizados, que sienten cuando alguien entra a la habitación y que Yasmine tal vez puede percibir mi miedo. Me acuerdo de una vez que iba a entrevistar a un músico que trabajaba con discapacitados. Lo llamé para hacer la entrevista por teléfono y él inmediatamente me pasó a uno de sus amigos. Era un hombre con alguna limitación de lenguaje y no le entendí nada. Me dio pena, me sentí miserable e inepta. Conocer a alguien con una discapacidad produce una mezcla de inexperiencia y respeto durante los primeros minutos.
El anfitrión apaga el cuadrado tenue, llama a Yasmine. ¿Qué pasa si a Yasmine le molesta mi miedo? Mientras oigo que se abre una puerta, pienso que puede ser problemático que yo le tenga miedo, cuando la idea de esta cena es que ella sea mi guía. Dependo de una persona ciega, y aunque no le tengo confianza me concentro en lo que Nocti Vagus promete: que tendré una relación táctil y cálida con el mesero asignado, que desarrollaré una confianza nunca antes experimentada.
"Yo soy Yasmine, su mesera". Habla despacio y con una voz agradable: "No se asusten. Vamos a entrar al restaurante, les pido me sigan, los llevaré a su mesa. Habrá un par de franjas en relieve en el piso, no hay escaleras".
La voz del anfitrión me dice que me pare de frente (¿dónde queda el frente?), que extienda las manos y que Daniel ponga las suyas sobre mis hombros. Supongo que las he estirado en la dirección correcta porque las manos de Yasmine cogen las mías, que están húmedas, y las pone sobre un par de hombros un poco más altos que los míos. En ese momento me acuerdo que, al hablar de Yasmine, el anfitrión nos había contado que Nocti Vagus existe desde junio de 2002 y que en un comienzo trataron de emplear meseros que no fueran ciegos pero al pasar unas ocho horas en la oscuridad total, muchos experimentaban cierta depresión. ¿Será que a Yasmine le gusta su trabajo?
La sensación que tengo al dar los primeros pasos, pasos cortos, torpes e inseguros, es realmente difícil de describir. Me da frío, no capto el tamaño del recinto, oigo muchas voces, entre ellas la muy cálida de Norah Jones; creo estar agarrando los hombros de Yasmine demasiado fuerte, mis pies se rozan con los relieves que ella mencionó, siento la risa nerviosa de Daniel, oigo que los dedos y la lengua de Yasmine chasquean con cierta frecuencia, me siento abrumada. Miro inútilmente para los lados.
Llegamos a la mesa
Yasmine pide que nos quedemos congelados en donde estamos parados. Me coge las manos con delicadeza. Gracias a su suavidad me doy cuenta de que mi miedo no tiene justificación, y me las pone sobre el espaldar de una silla de madera. No entiendo hacia dónde apunta la silla y casi me siento por el lado que no tiene superficie. Mientras tanto Yasmine asiste a Daniel. Quedamos sentados del mismo lado de la mesa, con los dos puestos de enfrente desocupados por si aparecen los huéspedes misteriosos.
Daniel está preocupado: "¿Cómo hacemos si nos dan ganas de ir al baño?".
Yasmine nos tranquiliza y dice que si llegamos a necesitar el baño, o para cualquier otra cosa, gritemos su nombre y ella nos llevará. Qué bien. Y además, por fortuna, el baño sí tiene luz. Yasmine dice que pongamos la mano sobre una servilleta en forma rectangular que está en frente nuestro. La encuentro de inmediato. Dice que los cubiertos están, tenedor, cuchara y cuchillo, a la derecha, y que la cucharita del postre está al norte de la servilleta. Busco con los dedos. Esa me cuesta más trabajo. Yasmine se va a traer las bebidas. Quedamos solos, ciegos.
El ruido en el restaurante se calma un poco. Siento que alguien le ha bajado el volumen a las voces, a Norah Jones y a los latidos de mi corazón. Me estoy tranquilizando. Daniel me dice que se siente en una sala gigante, que debe haber como treinta mesas. Yo la percibo angosta, con máximo siete mesas y, no sé por qué, un techo altísimo. Pienso en murciélagos y en que la acústica del sitio nos debería ayudar a imaginarlo. Nunca lo sabré, jamás vi la sala con luz.
Oigo chasquidos de dedos y lenguas.
Decidimos que es cosa de los meseros. Que les toca hacer eso para que no se vayan a estrellar entre ellos. A Daniel le dan ganas de chasquear. Trato de darle una palmadita en el brazo para que no lo haga pero no encuentro su brazo.
"Tengo sus bebidas, les entregaré primero los vasos y las copas y luego la botella y la garrafa". Siento que Yasmine apenas me roza el hombro y brazo derecho y que encuentra mi mano. Recibo una copa y un vaso. Luego me da una botella gigantesca de agua y la media garrafa que, tal vez sea reacción psicológica a la oscuridad, me parece pesadísima. Trato de poner todo en algún tipo de orden detrás de la cucharita de postre, al norte de mi servilleta. "De izquierda a derecha, que no se me olvide, vaso, botella, copa, garrafa".
A Daniel le dan un vaso con cerveza (el único líquido que ya viene servido), la copa y el vaso para el agua. "Ustedes mismos se servirán". Se me escapa una risita nerviosa. "Les recomiendo que asomen su dedo índice desde el borde al interior de la copa para saber hasta dónde servir vino, así no se les riega".
Servimos el agua primero. Según nosotros, no regamos nada. Luego el vino. Daniel dice que le serví una cantidad vulgar, que se va a emborrachar. Tratamos de hacer un brindis. Qué idiotas. Por poco le echo todo el vino encima.

Masticando en la oscuridad

Llegan las entradas. No nos huele a nada en específico. Tratamos de no usar las manos. La meta es comer como lo haríamos si estuviéramos viendo el plato.
Encuentro mi tenedor y, con la mano izquierda alrededor del borde del plato, lanzo un trinchazo a la oscuridad. Algo piqué, eso siento. Subo el cubierto y no muerdo más que cuatro paticas de metal. Esto me pasa demasiadas veces en el transcurso de la noche. Comer a oscuras se podría volver un método de adelgazamiento: uno come mucho más despacio y después de tantos amagues termina frustrado.
De entrada creo estar comiendo una ensalada hecha de cubitos de pimentón, queso emmental, naranja o mandarina y unas lechugas que son tan grandes que llego a pensar que son decoración. me doy cuenta de que estoy pensando estupideces. ¿Para qué habría decoración en un sitio completamente a oscuras?
Le pregunto a Daniel de qué color cree que son las servilletas. Está convencido de que son rojas, al igual que el mantel. Para mí es un hecho que son blancas. No puede ser, pienso: el blanco podría reflejar algo. ¡En teoría aquí nunca necesitan cambiar los manteles! Puede que estemos comiendo sobre las manchas que dejaron otros comensales.
Vuelve Yasmine. Me huele a curry. "Aquí traigo su sopa, buen provecho". Toco una taza con dos orejas a los lados. Está bien de temperatura. Por el olor me preparo para una sustancia cremosa con sabor a curry. Pruebo y resulta ser un caldo. Me sabe a minestrone con curry y couscous. Días mas tarde me enteré de que lo que me habían dado era una sopa de zuccini con crema y hierbas provinciales.
"Sssshhhh.", dice alguien. "Por favor, les rogamos que continúen sus conversaciones en voz más baja. Entenderán que nuestros meseros necesitan chasquear con los dedos y la boca para que sus platos no terminen en el piso". Ah, nuestra sospecha era correcta.
Oí decir a alguien en la mesa vecina que el pan estaba rico. Llamo a Yasmine, trae pan. Nos advierte que viene en una canasta y que lo redondo es una vasija con un dip. Cogemos tajadas de pan, nos quedamos callados y luego, al tiempo, decimos que no pensamos tratar de atinar con el cuchillo, el pan se untará directamente en el dip. De ahí en adelante, cada vez que queremos sumergir un pedazo de pan en el delicioso dip de algo y eneldo, es necesario preguntar, como si fuera un baño: "¿Está libre?".
Mientras Yasmine trae el plato fuerte hablamos sobre ella. "Me la imagino alta y fea", dice Daniel. Yo visualizo una mujer flaca, blanca, casi transparente (¿será que asocio la palidez con la oscuridad del lugar?), ojos muy azules y una cola de caballo café-gris, de pelo esponjado. Nos da risa y nos servimos más vino. Ya dominamos, según nuestra propia ceguera, el método del dedo índice. Tal vez, con entrenamiento, lograríamos comer a oscuras de la misma forma que lo hacemos cuando vemos. La National Geographic de marzo, encima de una foto de tres personas comiendo con los ojos vendados, dice: "Pascual-Leone (vendó) a cinco videntes durante cinco días. Después de solo dos días (.) los estudios mostraron estallidos de actividad en la corteza visual de esas personas cuando realizaban tareas con los dedos, e incluso cuando escuchaban tonos o palabras". Según eso, mi corteza visual se alteró. No tengo idea de las consecuencias, y así estos estudios aseguren que no es permanente, me encanta la idea.
Llega el plato fuerte. Cortarlo mientras todo patina es complicado. Por fin logro separar un trozo, lo trincho y me lo llevo a la boca. Me llega de un cachete al otro. Dejo la carne, que tiene un sabor suave pero duradero, pienso que debe ser de res aunque a ratos me sabe a cerdo. En ese instante me acuerdo de un cuento de Stanley Ellin titulado La especialidad de la casa. En él resulta que algunos huéspedes del restaurante van desapareciendo en la cocina poco a poco. y la especialidad de la casa termina siendo carne humana. Pero no, qué absurdo, me digo que eso no pasa en la vida real e inmediatamente me dedico a explorar los acompañamientos. Es increíble, las cosas que uno piensa en la oscuridad...
Creo comer coliflor, zanahorias chiquitas y flacas y pepinos. "La harina, ¿dónde está la harina? Sé que tiene que haber!". Daniel se ríe y me dice que él ya la descubrió.
Entonces me encuentro con. ¿una bola?, ¿un cubo?, ¿un bollo gigante que le pesa demasiado a mi tenedor traidor. ¡Thump! Se me cayó y presiento haberme salpicado de salsa. Trincho. ¡Thump! Trincho. ¡Thump! Uso el cuchillo y por fin logro probar lo que resulta ser un pedazo de papa gigantesco.
Me demoro una eternidad con el plato fuerte.
Admito haber metido el dedo en la vasija del dip y en un instante de desespero hasta toqué el maldito pedazo de carne con los dedos.
Luego pienso que soy de las decentes, debe haber gente que come en Nocti Vagus como en el Medioevo. Daniel me dice: "Golpea el plato con el tenedor y así te das cuenta dónde hay todavía comida". El plato de Daniel hace ruido por todas partes. El mío hace ruidos de salsa y nunca suena a porcelana.
Yasmine se lleva los platos.
Caigo en cuenta de que nuestros compañeros de mesa, los misteriosos huéspedes, nunca llegaron. Puede que para bien. A Daniel y a mí, solos, ya nos cuesta bastante trabajo organizar la mesa sin regar cosas. Proveniente de otras mesas se ha escuchado varias veces el sonido de vidrios rotos.
De postre nos dan un helado con pedazos de fruta. Demoro tanto en subir cada trozo a la cucharita del norte que en un par de minutos me quedo con una tibia sopa sobre mi plato.
No tiene sentido pedir la cuenta. Le decimos a Yasmine que nos queremos ir. Hacemos nuestra formación de manos en hombros. Esta vez Daniel va detrás de Yasmine y yo detrás de él. Yasmine abre la puerta del cuarto de relevo, nos guía para que los tres entremos, y la cierra. El cuadrado tenue se prende lentamente, me molestan los ojos. y por primera vez después de cuatro horas veo a Yasmine. No se parece en nada a la mujer que me había imaginado. Aunque había sentido los hombros de Yasmine más altos que los míos, ella resulta ser más bajita que yo. Tiene el pelo corto, apenas debajo de las orejas, de un tono mono oscuro. La piel sí es blanca, casi transparente, a eso sí le atiné. Sus ojos, que mantiene entrecerrados, tienen las pupilas azules, muy pequeñas, en sitios desiguales. Me impresiona un poco. Le agradecemos y le decimos que ha sido una experiencia inolvidable. Después, el anfitrión de antes nos recoge y Yasmine se vuelve a sumergir en su hueco negro de chasqueos.
Subimos al lounge. Daniel tiene una mancha de salsa rosada en la nariz.

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