Mi primera sorpresa al indagar sobre el dopaje en el deporte es que yo, desde hace rato, sin saberlo, me vengo dopando. Por ser asmático debo usar inhaladores como el Ventilán o el Salbutamol antes y después de cualquier tipo de ejercicio, medicamentos que relajan los bronquios y que no son permitidos por la Asociación Mundial Antidopaje (WADA).

Lo mismo le pasa a un diabético con la insulina o a quienes toman pastillas para controlar la hipertensión. Ellos, como yo, también darían positivo en un examen de laboratorio por "hacer uso de métodos y sustancias prohibidas que mejoran el rendimiento deportivo", según la definición de dopaje de la WADA. Ya haríamos parte de este gran mal que está manchando cada vez más al deporte. Además, si fuera profesional me habrían suspendido para toda la vida, pues si a un deportista le detectan tres o más positivos en diferentes momentos de su carrera, la máxima sanción es inevitable, tal como le ocurrió años atrás a Diego Maradona por su adicción a la cocaína.

Si solo pasa una o dos veces, cada caso es diferente y las sanciones varían de acuerdo con los argumentos de defensa de los deportistas y sus médicos. Por ejemplo, en 1998, el tenista Petr Korda tuvo un año de suspensión por uso de nandrolona en el torneo de Wimbledon.

La nadadora china Zhong Weiyu fue sancionada dos años, en 1994, por consumo de esteroides. El mes pasado, el "rey de la velocidad", Justin Gatlin, fue suspendido ocho años por positivo de testosterona; a su compatriota la atleta Marion Jones le fue descubierta Eritripoyetina (EPO) y podrían despojarla de las seis medallas olímpicas que obtuvo en Sidney; al campeón del Tour de Francia, Floyd Landis, le quitaron su título también por muestras de testosterona y, en esa misma competencia, casi sesenta ciclistas no pudieron participar por aparecer en la lista del médico español Eufemiano Fuentes, investigado por pertenecer a una red internacional de dopaje. Entre ellos, Ivan Basso, Jan Ullrich y el colombiano Santiago Botero.

En la Vuelta a Colombia, el líder Hernán Buenahora, a una etapa del final, fue retirado por "recomendación médica", debido a altos niveles de hematocrito, que mide la relación de glóbulos rojos con respecto al volumen total de la sangre y que cuando son muy altos, como en este caso, indican posible dopaje.

Pocos deportes se están salvando de esto. Incluso, en el billar y los bolos se han descubierto betabloqueadores, sustancias que controlan la hipertensión y ayudan en la concentración y que son prohibidas, como lo advierte el Comité Olímpico Internacional, "en deportes en los que la actividad física no puede tener o de hecho no tiene importancia".

Aunque todos los deportistas tienen sus argumentos, se parte de la base de que todo profesional debe conocer lo que está prohibido y en caso de sufrir alguna enfermedad debe certificarla antes de la competencia a través de exámenes médicos, en Colombia, al Programa Nacional Antidopaje de Coldeportes, para solicitar una "excepción de uso terapéutico". Este es mi caso y para este experimento así se lo hice saber al doctor Carlos Ulloa, del Centro de servicios biomédicos del Centro de Alto Rendimiento en Altura de Bogotá. Soy asmático, ya lo advertí, y, por eso, para sentirme realmente dopado, necesito o muchas más inhalaciones de Salbutamol (nunca lo he hecho, porque solo lo uso cuando literalmente no me entra nada de aire) o ingerir uno de los casi 1.000 compuestos prohibidos por la WADA.

Mi competencia no será un Tour de Francia ni los cien metros planos. El doctor Ulloa me propone una ergoespirometría, que consiste en correr sobre una trotadora lo que más aguante a velocidades específicas que van aumentando cada tres minutos, con intervalos de treinta segundos de descanso. Es un ejercicio de resistencia que sirve para evaluar los parámetros cardíacos y respiratorios de todo tipo de deportistas. Los futbolistas antes de sus pretemporadas hacen esta misma prueba, en este mismo lugar, al igual que atletas de otras disciplinas. Es ideal porque no tengo otros competidores ni factores que alteren mi rendimiento. Solo estoy yo, nadie más.

La propuesta es correr sin tomar nada y, luego, al día siguiente, ingerir una sustancia prohibida y así ver qué tanto mejoro. Para las dos pruebas me conectan electrodos en el pecho, los hombros, la espalda y la axila, para que el corazón esté controlado. También me ponen una máscara que mide la relación entre mi consumo de oxígeno y la exhalación de CO2. Cuando hay mucha fatiga, me explica Ulloa, el deportista bota gran cantidad de CO2. Además, me chuzan varias veces en la oreja derecha para medir el lactato cada tres minutos, por medio de una cinta blanca que absorbe las gotas de sangre y que luego pasa a un analizador portátil. El lactato permite ver qué tan cansado está el cuerpo, pues mientras más acumulación de la sustancia, más fatiga.

En busca de lo prohibido
Mi intención fue tomar Daprisal, un estimulante muy fuerte, pero no lo pudimos conseguir. Algunos de los medicamentos no permitidos en el deporte se encuentran en cualquier droguería, pero la mayoría circula en el mercado negro y, principalmente, en Internet, que sin ninguna restricción ofrece todo tipo de sustancias.

Finalmente, un dealer de un gimnasio al norte de Bogotá nos ayudó a encontrar efedrina, un estimulante aún más fuerte que la pseudoefedrina (que aunque hoy no es prohibida, sigue en periodo de prueba), y que fue el positivo que excretó Maradona en el Mundial de 1994. Esta es la sustancia que realmente me pondrá a correr con todo por solo 3.500 pesos el sobre de diez pastillas.

Ninguna de estas drogas dice en sus empaques que son prohibidas para el deporte, todas tienen uso médico y son empleadas por pacientes que sufren, por ejemplo, de insuficiencia cardíaca, problemas con el crecimiento, hipertensión arterial, jaquecas, migrañas, entre otras afecciones. Las sustancias dopantes se clasifican en seis grupos: los estimulantes, que mejoran la circulación y la respiración (atletismo, natación, ciclismo, triatlón); los esteroides anabólicos, que incrementan la masa, la fuerza y la potencia muscular (atletismo, fisiculturismo, pesas, judo, karate); los narcóticos analgésicos, para controlar el dolor (boxeo, judo, karate); los betabloqueadores, para elevar la concentración (tiro, billar, bolos); los diuréticos, que ayudan a bajar de peso y a diluir orinas (boxeo, equitación, ciclismo, lucha, fútbol americano), y las hormonas, que son inyectadas para aumentar los glóbulos rojos en la sangre y el crecimiento de músculos y huesos (ciclismo, atletismo, fisiculturismo, triatlón).

A este último grupo pertenece la testosterona, una hormona que produce el cuerpo, pero que también se puede inyectar y que es uno de los positivos más frecuentes. Según el médico Orlando Reyes, director del Programa Nacional Antidopaje, otros positivos que aparecen mucho son los estimulantes y los esteroides anabolizantes y advierte que las labores de prevención e información están a su alcance, pero no el control al contrabando de estas sustancias que, también, son consideradas dopaje. El exceso de todas estas sustancias puede producir la muerte, como le ocurrió al basquetbolista Len Blas, en 1985, por consumo de cocaína (estimulante); al ciclista Tom Simpson, en 1967, en el Tour de Francia, por anfetaminas (estimulante), y al pesista Roger Rysslaere, en 1975, por esteroides, entre otros.

Además de las sustancias, también hay métodos ilegales, como el dopaje sanguíneo. Como me explica Gloria Gallo, directora del Laboratorio de Control al Dopaje, también ubicado en el Centro de Alto Rendimiento en Altura de Bogotá, el único en Colombia y uno de los tres que hay en Latinoamérica, este es uno de los sistemas más usados en la actualidad y más complejos de detectar. A un ciclista, por ejemplo, le extraen un litro de sangre antes de la competencia. Esa sangre es tratada con anticoagulantes para conservarla y después de cierto número de etapas en un Tour o una Vuelta se le extrae al deportista un litro de sangre ya gastada y se le inyecta la sangre conservada para incrementar los glóbulos rojos que son, finalmente, los que llevan el oxígeno. Aunque cada vez es más difícil descubrir el uso de este método, siempre hay alguna partícula o residuo que permite ver la anormalidad. Por esta causa, también, cuando los glóbulos rojos son muy altos y no hay pruebas de sustancias prohibidas, se suele retirar a los competidores, como sucedió con Buenahora en la Vuelta a Colombia.

También hay, según me cuenta Gallo, manipulaciones externas para cambiar una muestra de orina que generalmente se incorpora en un kit con dos recipientes: el A y el B. El segundo se emplea para la contra muestra en caso de que el primero dé positivo. Siempre hay un médico frente al deportista para tomar la muestra pero, incluso, algunos han llegado a tratar de cambiar los frascos por orina de alguien más. El Programa Nacional Antidopaje tiene veintiún médicos autorizados para recoger muestras. Los deportistas también buscan agregar otras sustancias a la orina para hacer más difícil su análisis. En los recientes juegos centroamericanos de Cartagena se recogieron 600 muestras, de las cuales nueve fueron positivas. Según Reyes, el control al dopaje no es una persecución. Solo se buscan dos cosas: equidad en la competencia y proteger la salud del deportista. Al laboratorio, al único autorizado para este tipo de análisis, llegan las muestras con un código. No hay manera de saber de quién se trata. Por esto, el fraude o el chantaje son casi imposibles. Para saber sus efectos y conocer de cerca lo que buscan, las químicas farmacéuticas del laboratorio toman estas sustancias de vez en cuando. "Este bigote que me está saliendo es por eso", me dice Gallo a manera de chiste, aunque muy en serio.

La prueba
Antes de hacer la prueba dopado, mis pulsaciones estaban en 60 por minuto. Después de mi dosis de 100 miligramos de efedrina, muy alta para cualquier deportista, con solo caminar, se me subieron a 120 por minuto (en estado normal no deben pasar nunca de 100).

Las pastillas de efedrina también son usadas para bajar de peso y, tal vez por ello, en menos de nada estaba sudando. Todo comienza a una velocidad de 4,5 kilómetros por hora. Luego pasa a 5,5 durante tres minutos; a 6,5, tres minutos más. Después a 7,5 por otros tres minutos y, finalmente, a 8,5 por tres minutos más. Sin doparme pude completar esa última "etapa" que, debo decir, para los que no corremos seguido es un pique bastante duro y por un tiempo considerable. Dopado, no solo me sentí menos cansado sino que alcancé a correr a 9,5 durante un minuto y medio más. Con las manos, porque la máscara no me dejaba hablar mucho, le advertí a Ulloa que era suficiente.

Tampoco quería que el corazón se me rompiera en mil pedazos. Las pulsaciones estaban en 200, igual que cuando terminé sin doparme, pero después de la prueba pasaron casi dos horas, y ya sentado y sin ninguna agitación, no me bajaron de 160. Estaba muy acelerado y sentía que podía irme a jugar dos partidos de fútbol completos. Seguía sudando como nunca. Me sentí muy deshidratado a pesar de que empecé a tomar agua por montones.

La garganta la tenía totalmente seca, como si el líquido no hiciera ningún efecto, y el estómago estaba cerrado, como en mis peores guayabos, con la sensación de que ya venía el vómito. Afortunadamente no fue así, pero ya en la noche, seis horas después, las pulsaciones no bajaban. Sentía ganas de llorar y aunque no sabía por qué, después me explicaron que uno de los efectos secundarios de los estimulantes es la depresión. Tampoco quería comer. Ni siquiera acostado en mi cama estaba totalmente relajado, sabía que ya era hora de dormir, pero mi cuerpo estaba en otro cuento. A la una de la mañana sentía que podía salir a correr de nuevo. Según Ulloa, por esa sensación de no tener fatiga se sobreesfuerza el corazón en una competencia y de allí el riesgo de un paro cardíaco. Seguía sudando y el agua que tomaba no detenía la resequedad. La deshidratación no me pasó hasta el otro día cuando, realmente, sí me sentí cansado. No quería saber de nada, solo deseaba quedarme todo el día en la cama. Las piernas me dolían y los brazos también.

Lo aparentemente bueno, según los resultados, es que mejoré mi rendimiento en un doce por ciento. Para mí es mucho. Para un profesional hubiera sido el uno por ciento, suficiente para alcanzar ese segundo necesario para batir un récord en los cien metros o para superar a otro ciclista en un sprint. La velocidad también subió veintiún por ciento, mientras que mi ventilación, la relación entre oxígeno y CO2, estuvo estable. En las velocidades de baja exigencia (5,5 y 6,5), mi corazón estaba sobrerrevolucionado, a diferencia de la prueba sin dopaje. Afortunadamente para mí, después de doce horas, la efedrina pierde su efecto y la tortura terminó ahí. Hay esteroides que permanecen en el cuerpo más de seis meses, en deportistas que buscan subir su masa muscular suspendiendo el tratamiento con mucha anticipación, pero aun así resultan positivos al momento de la competencia. Toda una carrera en riesgo por tapar una mentira.

A ningún deportista que ha pasado por esto le gusta hablar del tema. Es como un pecado en silencio, una gran mentira para ellos y para el mundo. La crisis del deporte en estos meses es innegable, está perdiendo su verdadera esencia de competir y ganar limpiamente. Ahora todos se preguntan si los calendarios deportivos son muy exigentes, si las etapas del Tour de Francia deberían ser más cortas. Si es imposible romper récords de atletismo o natación sin sustancias dopantes. Yo corrí dopado y aunque me sentía bien y me imaginaba así volando en los partidos de fútbol con mis amigos, sabía que todo era una farsa. Y si nadie gana tomando solo agua mineral, como dijo en algún momento el ciclista Jacques Anquetil, el deporte habrá perdido su razón de ser. Sus lecciones de vida y dignidad, para tristeza nuestra, serán solo historia.

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