La revista SoHo me invitó a bailar a Kukaramakara y les respondí que les agradecía mucho pero que yo no sabía bailar. ¿Cómo es eso que un cubano no sabe bailar? Pues no soy el único. Fidel Castro tampoco sabe. A Fidel nunca lo vi bailar, ni cantar, ni siquiera silbar. El comandante es más antimusical que yo. Debe ser porque Fidel es hijo de gallego y nadie concibe a un gallego bailando un son. Yo soy hijo de cubano pero nieto de gallego. Y, bueno, aunque les hice la advertencia, acepté visitar este lugar uno de los más concurridos de Cali en los últimos meses, según entiendo.

En la discoteca me acomodaron en una mesa a la entrada, donde podía ver el espectáculo de las caleñas que llegaban al lugar. Comprobé entonces, una vez más, una característica que ha sido poco resaltada al hablar de la belleza de las caleñas: sus formidables "colas" o "derrières", como dicen en los reinados de Cartagena. La belleza en general de las mujeres caleñas fue evidente esa noche.

Kukaramakara es un lugar grandísimo y curiosamente la gente acude a oír música con una buena orquesta y dos formidables cantantes. Pregunté a los asistentes si allí no bailaban y me contestaron que lo hacían hasta encima de las mesas. Aunque a mí no me tocó ese espectáculo. Tal vez era cuestión de esperar a que pasara mucho más tiempo del que estuve.

Los dueños del lugar me informaron que tenían otro semejante en Bogotá con el mismo nombre y que en alguna ocasión lo había visitado el ex presidente Belisario Betancur; supongo que Belisario, como yo, tampoco bailó.

El gigantesco grill de Cali, si así lo puedo llamar, me hizo recordar al famoso Tropicana de La Habana, donde acudían los clientes a oír música y a disfrutar del show, con figuras internacionales como Frank Sinatra, la italiana Catina Raineri, Nat King Cole o Pedro Vargas. También me llamó la atención la variedad del público que acude a esta discoteca. Muchas parejas adultas pero la gran mayoría es gente joven. Creo que el más viejo de los clientes esa noche era yo, y sobresalí sin duda.

Pude compartir la mesa, por un momento, con las dos cantantes de la orquesta, que por cierto estudian música operática en el conservatorio de Cali, y durante las dos horas que pasé en este lugar debo admitir que me sentí muy bien. Y si me preguntan cómo veo la rumba de hoy en comparación con la de hace treinta años, respondo que las cosas sí han cambiado. Veo que se sigue bailando salsa al igual que cuando llegué a Cali hace muchísimo tiempo, en la época que organizaba concursos. Pero ahora hay que añadirle que a las caleñas y caleños les gusta mucho el reaggetón, tan de moda por estos días, lo mismo que la música pop.

Cuando en Cuba se hablaba de salsa, hablábamos del montuno, cuando decían "échele salsita", pero lo que se bailaba era el son y el danzón. En eso sí han cambiado las cosas con el tiempo. En ese entonces había que apretar a la pareja, la mujer sentía que estaba bailando con un hombre, y la música realmente invitaba al baile. El son y el danzón eran, realmente, un placer. Por eso me acuerdo tanto de la anécdota de un eminente político español que cuando estuvo en Cuba me hizo un muy buen comentario sobre el tema: "Yo no sé bailar, pero el baile es un buen pretexto para apretar a la pareja". Eso no se ve hoy en día ni lo vi en Kukaramakara. Las parejas andan sueltas, cada quien por su lado, y por eso siempre preferiré la música del son. ¿Cómo comparar bailar solo encima de una mesa, al placer de sentir a una pareja?

Entre fotos, mujeres bellas y todo tipo de música se me fue el tiempo en medio de esta rumba juvenil que me hizo pensar en otros tiempos. ¿Que si volvería a Kukaramakara? Sin duda, me gustó y les prometo a mis amigos de SoHo que la próxima vez me quedaré hasta bailar encima de las mesas. Hasta que la rumba termine.

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