"Las cosas que a yo le pasan no le pasan sino a yo", es una  muestra del español que inventan los estratos populares bogotanos. Como ahora somos subsede de eventos mundiales del lenguaje y del libro, esa frase puede ser objeto de meditaciones de los académicos alrededor de la filosofía del habla común. Eso fue lo que hicieron con las respuestas de Sancho Panza a Don Quijote. Otra hipótesis, menos complicada,  es que la repentina expresión fue de un máistro que se resbaló de su andamio en el tercer piso y cayó suavemente en un montón de arena.  

Hoy debo ajustarme a esa frase porque hay cosas que a mí me pasan que no me pasan sino a mí. En días pasados una reportera venezolana me pidió explicarle en detalle por qué no me había muerto, siendo colombiano y además periodista. Y también la revista SoHo me invitó a medianoche a una discoteca para que presenciara la forma como se divierte la juventud actual y tratara de hacer comparaciones con la de hace muchos años.

La cita fue en Danzatoria, una discoteca moderna, sucesora de las que surgieron cuando a Bogotá llegaron los aviones, los costeños y las radiolas. Antes era una ciudad lejana, oscura y fría y de pronto se convirtió en lo que los lanudos santafereños miraban siempre con recelo: tierra caliente. Pero siempre ha tenido una juventud ambiciosa de conocimientos y con penetrante ingenio, que la hacen diferente a la de otras capitales pues trajo universidades y cultura desde Europa en barco y en mula y la llamaban Atenas Suramericana.  En cambio, de Caracas se decía que era un cuartel y de Quito que era una iglesia.

El estilo de discoteca que encontré esa noche ya lo conocía por  referencias de hijos, hijas, nietos y nietas. Además, por lo que se ve en televisión y por los fisgoneos a sitios parecidos en viajes al exterior. Las diversiones de la juventud actual son idénticas en Pekín, Sydney, Orlando o Johannesburgo.

La discoteca juvenil no tenía por qué sorprenderme, porque yo también tuve quince años. Con la diferencia de que en aquella época,  al formulárseme la pregunta eterna a esa edad  —¿estudias o trabajas? —, decía la verdad. Era un adolescente como todos, cuando la vida me llevó a hacer trabajos en El Espectador en las mañanas, alternando con estudios en las tardes. Fui jefe de redacción con poco más de veinte años, antes de que nacieran las  escuelas de periodismo y uno de mis aprendices de reportería  fue el jovencito de Aracataca que es el Gabo de hoy. Casi toda mi vida la he pasado como editor de periódicos, lo cual obliga a trabajar muy cerca de la juventud y analizando sus cambios. Los diarios tienen horas fijas para cerrarse y entrar a circular, lo cual crea el hábito de tener seis o siete noticias del momento para armar una primera página o un noticiero radial. Siempre en toda noticia está involucrada la juventud porque es la que pone los muertos en las guerras; o en la economía porque es la que más gasta; o en la política porque es la que más grita y discute. Cualquier jefe de redacción tiene que tener en cuenta primero que todo a la juventud.

Aquella noche permanecimos dos horas en Danzatoria, una discoteca pequeña en comparación con las demás, en la calle 85, corazón de la zona rosa, y cuyos propietarios y clientes son muy jóvenes y casi todos estudiantes de universidades. Me sentía como un adulto en espionaje, frente a un centenar de jóvenes moviéndose al ritmo de la atronadora y pegajosa música crossover. Pero la sensación era de seguridad y de estar entre muchachos cultos y alegres. Eso me llevó a conversar con algunos de ellos para sacar las siguientes conclusiones que se relacionan no con esa discoteca en particular, sino con el extendido negocio de las diversiones nocturnas en Bogotá:

Seguridad y rumba. Para alcanzar el éxito, una discoteca tiene que ser elitista, discriminatoria, cerrada a lo que no sea el estrato, la clase y la manera de ser de un grupo determinado. Cada cual está con su cada cual para asegurar su propia defensa y seguridad. En un extremo se aíslan los gays, los mafiosos o los swinger, que no tienen entrada a otras rumbas. En otro más amplio, los estudiantes, los ejecutivos jóvenes recién graduados, o los hijos de papi. El gran peligro está en la falta de selección y de controles que lleva a mezclas de intereses o clases humanas que entran en explosión. Es ahí donde nacen las pandillas y los brotes de violencia.

Filtros y bouncers. Los personajes decisivos para la seguridad son los encargados de decir quién entra o no a cada recinto. Una palabra que internacionalmente los identifica es bouncer, que viene del inglés para señalar a hombres o mujeres  muy rudos, parecidos a los gorilas o a los asustadores guardaespaldas de las grandes figuras. Los jovencitos les tienen terror, y los dueños de los negocios les pagan bien porque dan garantía de tranquilidad a su clientela.

Armas y drogas.  Lo que más puede llevar al fracaso de un negocio es la falta de control sobre las armas y los estupefacientes. Las autoridades han avanzado en esa vigilancia y uno de los buenos recursos es que haya en toda discoteca uno o varios policías vestidos de civil, entrenados para dominar a los perturbadores. Es más fácil descubrir las armas que las drogas. Con la amenaza de "se reserva el derecho de admisión", los bouncer son unas águilas para descubrir una puñaleta o una pistola escondidas en las mangas o en las medias, pero es más difícil localizar la droga. Los jóvenes  apelan a indecibles recursos para ocultar su edad o los estimulantes. Saben que con facilidad les encuentran las papeletas o pastillas y apelan más a las bebidas energizantes o a doparse antes de rumbear. Consumen cervezas o licores baratos, y desconfían de los que piden champaña o whisky caro. Los más preocupados por estos riesgos son los dueños del establecimiento porque saben que al menor descuido los cierran.

La mujer desinhibida. Un signo de la época es el descenso del machismo. La mujer ha alcanzado un alto nivel de respeto a sus derechos y deberes y con las transformaciones en el trabajo,  el estudio, la ciudadanía, las vestimentas  y  la vida familiar, están en plano de igualdad con los hombres. Ya no es raro ver a grupos de mujeres o de hombres bailando o conversando por separado en la discoteca. Esa desinhibición es el mayor contraste con los viejos tiempos de las parejas que vivían tratando de engañarse o de engañar a los demás.    

Las afterparties. ¿Qué hacen los jóvenes rumberos cuando a las tres menos cuarto de la mañana comienzan a cerrar las discotecas? Las autoridades fallan en el control de las casas o supuestos clubes con socios fijos, donde hay las llamadas  afterparties. De esos  amanecederos sale el mayor número de víctimas por embriaguez y accidentes de tránsito.

¿Qué leen? ¿Qué no leen? En el mundo de las comunicaciones la gran preocupación en este siglo es el alejamiento de los lectores jóvenes. La circulación de los diarios descendió en todo el mundo, porque la juventud encontró más fácil y barato informarse por la tele, Internet o el celular. Eso está cambiando porque la adicción a la pantalla aburre y el papel vuelve a ser atractivo, así sea caro, cuanto más se adapte a las nuevas necesidades juveniles.

Por esto último, a los nuevos dueños de medios les ha dado por enviar a  veteranos periodistas  a reeducarse en las discotecas.

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